Capítulo 46
Cuando al fin despertó, lo hizo con un terrible dolor en todo el cuerpo, como si le hubiera pasado por encima un tranvía.
No había ni un solo centímetro de piel libre de aquella sensación.
Aunque lo primero que pensó cuando logró despejar su mente fue que no tenía sed.
Tragó saliva y se deleitó en la suavidad de su garganta: era maravilloso no sentir la lengua hinchada pegada al paladar.
—Aurora… —Una voz masculina la sacudió de su letargo para traerla de vuelta desde un lugar muy lejano. No recordaba nada más allá de la sed, luego solo había oscuridad—. Aurora…
¿Quién podía llamarla con tanta insistencia?
Ni con un descomunal esfuerzo conseguía abrir los ojos, pesaban demasiado.
Entonces una mano se posó sobre la suya y aquel contacto imprevisto la llevó de vuelta a un campo pedregoso en el que se retorcía con desesperación.
Había un hombre sobre ella. Era grande y no la dejaba respirar.
¡Risto! Como un fogonazo, aquel nombre se iluminó en su cabeza.
La había intentado forzar, quería llevársela… , pero ella lo había matado. ¿O no?
—Despacio, no te levantes todavía. —La voz volvió a hablar y la misma mano que un segundo antes descansaba sobre la suya trató de sujetarla por un hombro.
De inmediato todos los músculos de Aurora se tensaron ante el peligro, preparados para defenderse.
Se revolvió, rabiosa, manoteó al aire, a ciegas, en un triste intento de ponerse a salvo—.
Soy yo, Rodrigo. Tranquila, estás en un lugar seguro.
Como si hubieran pulsado un interruptor, Aurora cejó en el acto en su resistencia. Su cuerpo, blando de nuevo, se hundió en el colchón con alivio.
—¿Rodrigo? ¿De verdad eres tú?
—Abre los ojos —le pidió, y ella hizo un gran esfuerzo por obedecer.
Estaba sentado junto a ella, al borde de una cama vagamente conocida.
Parpadeó varias veces. La luz mortecina le provocó un intenso dolor de cabeza.
Aun así, Aurora barrió con la vista cuanto la rodeaba.
Pese a que las contraventanas estaban entornadas y reinaba la penumbra, descubrió que se encontraba en la misma habitación del Soleil d’Oran en la que ya se había alojado antes.
Todo estaba en su sitio y aquello le provocó una cálida sensación de hogar.
O quizá la causa del calor en su pecho fuera el hombre que no se movía de su lado.
—¿Qué ha pasado? —preguntó aturdida—. ¿Qué hago aquí?
Rodrigo le acercó un vaso de agua a los labios y ella bebió con avidez.
—Te encontré —dijo Rodrigo—. No me lo has puesto fácil, pero te encontré.
A continuación, él le resumió todo lo ocurrido desde la última vez que se vieron en Orán.
Le habló de Paloma y cómo el commissaire Blanchard la había torturado para conseguir la información que lo había puesto tras su pista, una pista difícil de seguir, lo cual la había mantenido a salvo durante un tiempo.
Hasta que Risto olió el dinero. Tan pronto Rodrigo se enteró gracias a su amigo Bernabé Toca, quien tenía oídos en todas partes, de que el commissaire estaba organizando con aquel malnacido los detalles de la entrega, supo que debía adelantarse.
Cada minuto contaba. Por eso se había lanzado sin reparar en las inclemencias del clima y los caminos anegados.
Lo único que importaba era encontrarla antes de que lo hiciera Blanchard.
—Pero ¿cómo diste conmigo?
—Tirando del hilo contacté con tu antigua compañía en Lourmel —aclaró él—.
En cuanto el director supo lo que estaba ocurriendo, se ofreció a colaborar.
Me explicó que habías desaparecido en plena noche y, sabiendo que tus hermanas están en Argel, no tuve dudas acerca del rumbo que habrías tomado. La suerte hizo el resto.
—¿Viste a Halima? —se alborozó Aurora, aferrada a una esperanza imposible.
Rodrigo calló un instante, calibrando hasta dónde sería capaz de resistir Aurora. No había forma de suavizarlo. Negó con la cabeza y la elocuencia de aquel simple gesto fue devastadora.
Un largo silencio se hizo en la habitación.
Al final había resul tado cierto: su querida Halima había pagado el más alto precio por ayudarla.
Lo que Aurora no podía imaginar era la satisfacción que la amazigh había sentido al revelarle a Risto cómo lo había engañado durante años.
El espanto que asomó a los ojos del hombretón fue su mayor recompensa y ella se dejó ir con una sonrisa a sabiendas de que aquel ser que tanto despreciaba jamás encontraría sosiego en este mundo, y ya se encargaría ella de que tampoco lo hiciera en el otro.
No se libraría de ella en toda la eternidad.
Si bien no conocía los detalles, Aurora tuvo la certeza de que el sacrificio de Halima no había sido en balde. Al fin comprendió.
—Cuando encontraron su cuerpo, él ya no estaba. Hasta donde sé, no han podido localizarlo.
—Ni lo harán —murmuró Aurora, la mirada perdida en la débil línea de luz anaranjada que se colaba entre los postigos y que anunciaba que del otro lado debía de estar atardeciendo, la mente enredada en los recuerdos de su querida amiga—. Al menos vivo no.
Rodrigo la observó, no estaba seguro de a qué se refería, pero algo en su voz lo disuadió de indagar.
Recordaba el estado en el que la había encontrado, más parecida a una alimaña salvaje que a un ser humano.
Fuera lo que fuese que hubiera ocurrido en los días que Aurora había vagado en solitario por los campos argelinos, lo mejor sería enterrarlo en los recovecos más profundos de su memoria.
Con un poco de suerte, no saldría de allí más que para atormentarla en sus pesadillas.
—Me alegro de verte —dijo ella al fin.
Como respuesta, Rodrigo sonrió y Aurora sintió una agradable tibieza en lo más hondo del pecho, una sensación muy parecida a la de estar en casa.
—¿Qué va a ocurrir ahora? —quiso saber.
Rodrigo necesitó inspirar hondo, o tal vez solo estuviera ganando algo de tiempo. Le hubiera gustado decir que ya todo había acabado, que estaba a salvo…, pero no era cierto. Bruno Blanchard no iba a rendirse, estaba convencido de ello.
—¿Qué te parece si dejamos para luego los planes de futuro?
—sugirió—. Necesitas descansar. Cuando te encontré tenías una fiebre altísima y delirabas.
Por suerte, Lourmel no queda lejos, así que te traje al viñedo.
¿Te acuerdas de Dunia? Fue ella quien me sugirió que probablemente habrías bebido agua en mal estado, así que cogí unas medicinas del dispensario y te fui humedeciendo los labios con cautela para que no te deshidrataras.
Llevas en esta cama tres días y ya estabas empezando a preocuparme —bromeó tratando de aligerar la tensión del ambiente.
Aurora asintió, advirtiendo que una inmensa debilidad se apoderaba de sus extremidades y a continuación reptaba por su tronco en dirección a sus ojos, que debía hacer verdaderos esfuerzos por mantener abiertos.
—Te dejo descansar —anunció Rodrigo—, aún estás débil. Voy a pedirle a Dunia que prepare algo de comer para cuando te despiertes. Y… —dudó, antes de añadir—: yo estaré en la habitación de al lado. No me moveré de allí, si necesitas que venga, no tienes más que llamarme.
No lo vio marcharse porque los párpados le pesaban tanto que se le habían cerrado solos.
Escuchó los pasos alejarse de la cama y a continuación el clic del resbalón encajando en la cerradura.
Luego el silencio la acunó hasta que se dejó vencer por el sueño.
¿De verdad estaba con Rodrigo Morague de regreso al Soleil d’Oran?
Tal vez aquello no fuera más que un nuevo delirio.
* * *
—¿Estás despierta? Te traigo un poco de hervido y queso tierno. No es gran cosa, pero Dunia ha insistido en que lo mejor es que empieces por comer cosas suaves.
Aurora se sorprendió de sentir apetito. Ni siquiera recordaba la última comida decente que había hecho.
Había perdido la noción del tiempo y no sabría decir cuánto había dormido, bien podían haber sido un par de horas o de días.
Al otro lado de los postigos el día se había apagado definitivamente.
Para entonces había podido asearse con un aguamanil dispuesto a tal fin y se había vestido con una muda limpia que encontró sobre una silla y que supuso sería cosa de Rodrigo, como todo lo demás.
Saberse aseada la hizo sentir mucho mejor.
—¿Y esa herida? —preguntó al advertir un vendaje en el antebrazo de Rodrigo cuando este le acomodó una bandeja sobre las piernas.
—No es nada, solo un rasguño, ya casi está curado.
De repente, por la memoria de Aurora desfilaron unas confusas imágenes en las que un demonio la atacaba y ella se defendía blandiendo un cuchillo. Sacudió la cabeza para ahuyentarlas.
—Lo siento, yo no quería… Pensé que eras otra persona.
—Solo tratabas de defenderte, no hay nada que disculpar —cortó Rodrigo con un gesto que dejaba claro que no quería hablar más del tema.
Aurora ocultó su turbación removiendo con el tenedor las zanahorias, patatas y judías hervidas. Había sido terriblemente injusta con Rodrigo y la vida le ofrecía una oportunidad de repararlo.
—De hecho, sí que tienes que perdonarme por algo.
—A continuación le habló de su encuentro con el joven Felipe, quien, con su espalda marcada por los latigazos, le demostró lo errada que había estado—.
Me siento abochornada. Creí que solo te interesaba tu negocio, que estabas dispuesto a traicionar a los tuyos a cambio de vender más vino a los alemanes…
Llegué a pensar cosas muy feas, soy una persona horrible.
—Tal vez no anduvieras del todo desencaminada.
—No te entiendo.
—Te mentí, Aurora —confesó Rodrigo con un hondo suspiro—. O al menos me guardé cosas que debería haberte contado.