Capítulo 45
En Estrella y Rocío, Paloma había encontrado el asidero que necesitaba en medio de la tempestad.
Tras conocer su amistad con Aurora, las mellizas no habían dudado en acogerla como si de una vieja amiga se tratase.
Le propusieron trasladarse al apartamento que las hermanas habían compartido, al fin y al cabo, había espacio libre tras la boda, puesto que Rocío y la niña se mudaron con José.
Le entristecía marcharse de casa de Cisca e Isidre, así que Paloma habló con su casera y acordó mantener allí su taller de costura.
Después de todo, el apartamento de Estrella no era tan grande y aquella solución le permitiría no perder el contacto con la buena mujer por la que sentía un sincero aprecio.
Pronto pareció que Paloma, con su carácter afable y su sonrisa franca, siempre hubiera estado allí.
Ella, y también Ginesito. El niño había despertado una absoluta devoción en la pequeña hija de Rocío, que lo seguía a todas partes convertida de pronto en su sombra.
Por su parte, él había adoptado un papel protector de hermano mayor que hacía las delicias de las tres mujeres.
—¿Tenemos noticias? —voceó Rocío desde la puerta, cerrándola con un golpe de cadera. Traía una bolsa con beignets recién hechos que había comprado a una mujer con manos de alheña en un puesto callejero, la niña salió disparada entre sus piernas en busca de Ginesito.
Lo cierto era que, aunque Rocío se había mudado con José, vivían apenas a dos calles y la flamante esposa pasaba en su antigua casa la mayor parte del tiempo.
En el rincón de la cocina se encontró con su hermana y Paloma, que ya terminaban de preparar el café para completar el desayuno. El rostro de su nueva amiga le dio la respuesta antes incluso de que lo hicieran sus labios.
—Tranquila —la consoló—, llegarán.
—Lo sé —suspiró Paloma, consiguiendo retener una lágrima traicionera—. Es solo que me cuesta esperar de brazos cruzados.
—No puedes hacer nada más. —Estrella dejó tres tazas sobre la mesa—. Ya sabes que el doctor Rafael está moviendo todos los hilos posibles.
Paloma asintió cogiendo aire. Lo sabía. Aquel médico que tanto parecía apreciar a las mellizas se había apiadado nada más conocer su historia y se comprometió a averiguar cuanto pudiera acerca de la suerte de Ginés tras la liberación de los Aliados.
Hasta el momento solo habían sabido que la mayoría de los campos del desierto habían sido desmantelados.
Pero ella aún no tenía idea acerca de dónde había ido a parar el padre de su hijo. Ni siquiera si estaba vivo.
—Venga, vamos a comernos estos beignets antes de que se enfríen —cambió de tema Paloma en un intento de no desmoronarse—. Huelen de maravilla.
Al volverse hacia la mesa donde Rocío había dejado los dulces, se encontraron con que los niños no habían podido resistirse.
Los pillaron con la cara y los dedos pringosos de aceite y azúcar.
Sin poder contenerse, las mujeres estallaron en unas carcajadas que tuvieron el poder de aliviar sus pesares. Al menos, por el momento.
* * *
—Buenas noches, ¿está Paloma?
La visita de María alertó a la casa entera.
No era extraño que la enfermera acudiera a compartir un rato de charla entre paciente y paciente, pero que lo hiciera entrada la noche era extraordinario.
El corazón de Paloma se lanzó a un galope descontrolado, aunque trató de reprimir el impulso de acosarla a preguntas mientras Estrella la invitaba a pasar.
María saludó a Rocío, quien esperaba a que José terminara un trabajo que lo mantenía ocupado hasta tarde en su recién estrenado taller para que la acompañara a casa.
Los niños se habían dormido sobre el sofá, acurrucados como cachorros después de haber corrido, saltado y reído hasta hartarse, ajenos a las preocupaciones de los mayores.
A continuación, se dirigió a Paloma, que esperaba de pie en el centro del salón, abrazada a su propio cuerpo y el temor de saber junto con el de no hacerlo bailándole en la mirada.
—Lo hemos encontrado —soltó María a bocajarro, a sabiendas de que cada segundo de demora suponía una tortura—. Hemos encontrado a tu Ginés.
Paloma boqueó desorientada unos instantes.
—Y está… —Se aclaró la garganta para evitar que la voz se le quebrara.
María dibujó esa sonrisa suya, con un incisivo partido y que lo mismo servía para aliviar a un paciente que para devolver la esperanza a una joven madre desesperada.
—Vivito y coleando.
Paloma siempre había creído que si algún día recibía aquella noticia, lloraría mares enteros, pero se equivocaba.
Se mantuvo serena, navegando una calma que casi había olvidado.
Miró a su hijo, que dormía tranquilo, con la respiración pausada y el cuerpo blando, y supo que se acababa de escribir el punto final de una historia. Tendría que empezar otra.
Sin embargo, si de primeras Paloma había acogido la noticia con una templanza digna de admirar, los siguientes días esta se fue diluyendo hasta desaparecer por completo. En su lugar, la inquietud y la incertidumbre se apoderaron de ella, devorándola a mordiscos lentos pero implacables.
—¿Por qué tarda tanto en venir? ¿Acaso no quiere saber nada de mí? —preguntaba en voz alta, sin importarle que nadie tuviera la respuesta—. ¿Y si no quiere conocer a su hijo?
—No digas tonterías —la regañaban Estrella o Rocío indistintamente sin conseguir aplacar su nerviosismo—. Ya sabes que estas cosas no son rápidas.
Las gestiones corrían a cargo del doctor Rafael, y aunque Paloma se sentía inmensamente agradecida por su ayuda, temblaba de impaciencia.
Hacía seis años que no se veían. De aquella muchacha atolondrada que solo anhelaba bailar en la verbena del pueblo con las sandalias prestadas de su prima no quedaba nada más que un recuerdo.
Su lugar lo había ocupado una mujer cincelada en la adversidad a golpe de soledad y de desvelos.
¿Qué pensaría Ginés cuando la viera? ¿Le seguiría gustando?
Desde que supo que estaba vivo y aguardaba impaciente el momento del reencuentro, se había sorprendido a sí misma con semejantes reflexiones.
Ya no era la misma, cierto, pero si de algo estaba segura, es de que tampoco él lo sería.
Las vivencias nos tornean sin remedio, y seis años era mucho tiempo. Tal vez demasiado.
En realidad, había sido gracias a doña Tecla, con quien Paloma mantenía una correspondencia regular, que finalmente se pudo localizar a Ginés entre la horda de presos liberados de los campos por los americanos.
Con su tesón y sus muchos contactos, se estaba tramitando su traslado a Argel.
Paloma sintió una inmensa gratitud hacia aquella mujer que, aun en la distancia, continuaba velando por ella.
Fue un domingo soleado de marzo. Paloma no había pegado ojo y unas sombras violáceas eran bien visibles en su rostro, para su disgusto.
—¿De verdad crees que va a fijarse en algo así? —dijo Estrella al verla acudir al espejo de la entrada por enésima vez y resoplar disgustada como cada una de las anteriores.
—Estás muy guapa —trató de consolarla Rocío.
No era verdad. Paloma no era guapa, nunca lo había sido, pero tampoco antes lo había deseado tanto como en aquel instante.
Un crujido proveniente de las escaleras las sobresaltó.
—Ya llega —anunció Estrella, contagiada del nerviosismo de su amiga—. Ve a abrir, nosotras estaremos dentro, por si necesitas algo.
Rocío le apretó la mano al pasar por su lado.
Paloma ni siquiera se percató, puesta toda su atención en aquellos pasos que se acercaban.
Lo habían acordado así con anterioridad.
Rafael, probablemente alertado por doña Tecla, había sugerido que, dado el estado de Ginés, lo mejor sería que la pareja se reencontrara en la casa, donde dispondrían de la intimidad necesaria que un momento como aquel requería.
De este modo, en vez de acudir a la estación, Paloma se había estado deshaciendo entre nervios en el salón del apartamento.
Un par de golpes en la puerta la arrancaron por la fuerza de su inmovilidad; caminó hacia la puerta como si del canto de una sirena se tratase. Allí, se pasó una mano por el pelo y respiró hondo antes de abrir.
Al otro lado se encontró con un desconocido que la observaba con unos grandes ojos azules en un rostro consumido por el sufrimiento y el hambre.
Se ayudaba de una muleta de madera para sostener el peso de su cuerpo maltrecho, llevado hasta más allá de los límites de la resistencia humana.
Los labios eran apenas pellejos secos en un rostro curtido por la intemperie.
Su gesto tenso y distante se le hizo extraño, pues no se ajustaba al recuerdo de él al que se había aferrado noche tras noche.
—Hola, Paloma.
Tantas veces había soñado con ese momento, imaginado las palabras, los gestos, incluso los sentimientos que, llegada la hora, Paloma sentía haber vivido aquello una y mil veces.
No obstante, en ninguno de esos sueños lúcidos a los que se abandonaba durante la larga espera había podido sentir el calor de la piel añorada.
Y eso fue lo primero que hizo. Sin pronunciar palabra, Paloma se acercó temblorosa para comprobar que lo que tenía enfrente era un hombre de verdad y no un mero producto de su imaginación.
El primer contacto lo sintió como una descarga eléctrica y tuvo que retirar la mano.
Pero esta, terca tras la eterna espera, repitió el movimiento con mayor decisión.
—Pasa, quiero presentarte a alguien.
Con tiento, adaptando su paso para que él y su muleta no se quedaran atrás, Paloma lo condujo al salón, donde Ginesito había estado jugando entretenido bajo la atenta mirada de las mellizas, que tan pronto intuyeron a la pareja se esfumaron como si nunca hubieran estado allí.
—Ginesito, ven, hijo —lo llamó Paloma para que dejara el cochecito de hojalata a un lado—. Ven a saludar a tu padre.
El niño, repeinado y aleccionado por ella los días previos, acudió obediente y se plantó frente a Ginés con la espalda muy recta para mirarlo a los ojos desde su escasa altura.
—Me alegro mucho de conocerle, padre —recitó de carrerilla y luego miró a su madre. Las lágrimas que vio aparecer en el rostro de esta lo confundieron—. ¿Me he equivocado, mamá? ¿No lo he dicho bien?
Paloma tomó aire pero, por mucho que lo intentó, no logró dejar de llorar.
—Lo has hecho muy bien, cielo —aseguró. Luego, al ver la inmovilidad en la que parecía anclado Ginés, añadió—: Anda, vete con las tías Estrella y Rocío y les preguntas si les quedan almendras garrapiñadas de esas que tanto te gustan.
Conquistado por la dulce promesa, el pequeño salió raudo dejando a los dos adultos clavados en el suelo viéndolo marchar.
—No tienes de qué preocuparte —dijo Paloma y, por primera vez, su tono sonó frío—. Yo me he ocupado de todo hasta ahora y seguiré haciéndolo, no seremos una carga. Solo quería que conocieras a tu hijo.
Abrumado, Ginés se dejó caer en el sofá, la muleta olvidada a un lado, tan inerte como su dueño. Mantenía la mirada clavada por donde el niño había desaparecido hacía unos instantes, como si una fuerza invisible le impidiera apartarla.
—Mi hijo…
Y, de pronto, aquel hombre alto como una torre, que había sobrevivido a una guerra, a una derrota y a un campo en mitad de la nada, se derrumbó ante sus ojos. Sus hombros convulsionaron y un sollozo desgarró su garganta seca como el lugar del que provenía.
—Mi hijo —repetía dejando correr unas lágrimas que trataba de ocultar en vano entre unas manos grandes y ásperas.
Paloma comprendió que llevaba tanto en el desierto que ahora no encontraba su lugar fuera de él. Tomó una de aquellas manos callosas y se la acercó a los labios.
El reencuentro no fue sencillo; había demasiadas piezas que encajar, demasiadas aristas por pulir, demasiados huecos que quedarían en blanco para siempre, demasiadas heridas que nunca cicatrizarían del todo.
Paloma pudo leer en aquel cuerpo torturado el sufrimiento de los años de cautiverio, hambre y desesperación.
Ginés estaba vivo, aunque sin duda había pagado un alto precio por ello.
En ese instante él sintió el vacío de su meñique y, ante su mirada inquisidora, ella negó con la cabeza sin dejar de sonreír.
Ya habría tiempo de hablar y, con suerte, de olvidar.
Ahora lo único que importaba era que volvían a estar juntos y que, de un modo u otro, aprenderían a recomponer su historia.
—No he venido solo —anunció Ginés y, ante la mirada de asombro de Paloma, añadió—: Es un compañero de infortunios. Ha preferido quedarse abajo, está esperando en la consulta del médico que me ha traído hasta aquí.
Paloma asintió. Doña Tecla no le había comentado nada de aquello. Tal vez hubiera sido cosa de última hora, pero no necesitó ni medio segundo para decidirse.
—Será mejor que le digas que suba —dijo—. Yo voy a avisar a Estrella y Rocío de que ya pueden salir, las pobres llevan una hora encerradas en el dormitorio y Ginesito debe estar que se sube por las paredes.
Paloma se incorporó con él y solo entonces reparó en lo alto que era, pese a que el hambre hubiera transformado la corpulencia que ella recordaba en una delgadez que lo hacía parecer frágil como una rama.
Él también la observaba y, antes de que llegara a dar un paso, la agarró por la cintura y la alzó para besarla.
No fue un beso apasionado, aún debía pasar tiempo para ello, pero sí fue tierno y dulce, como la promesa de la vida juntos que les aguardaba.
—Anda, ve —rio Paloma, sorprendida del sonido de su propia risa, que parecía la de cuando tenía diecinueve años y aún no sabía de miserias ni de ausencias—. No hagas esperar más a tu compañero, debe de estar deseando descansar después del viaje.
Ginés se resistió a soltarla unos deliciosos instantes en los que ambos se perdieron en los ojos del otro, buscando lo que un día fueron y que sabían ya no volverían a ser. Al final, cedió y se dio media vuelta.
—Oye —lo detuvo Paloma—. No me has dicho cómo se llama ese amigo tuyo.
—Martín —contestó Ginés, sin sospechar la intensidad con la que aquel nombre iba a sacudir los cimientos de las vidas de las mujeres que habitaban la casa—. Le debo la vida y se llama Martín.