El abrazo del siroco Capítulo 44 #3
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Capítulo 44 #3

Lo peor fue cuando la cantimplora se acabó y la sed regresó para atormentarla de nuevo, esta vez sin piedad.

Si al menos volviera a llover, pensaba, pero no se veía ni rastro de ninguna nube que alentara sus esperanzas.

Aguantó dos días más, en los que recorrió la mayor distancia que sus maltrechos pies le permitieron, rezando por estar haciéndolo en la dirección correcta, pues sabía que Argel quedaba al este y ella utilizaba el amanecer a modo de brújula.

El sol, su intuición y el empeño de no morirse sin antes volver a ver a sus hermanas, esas eran todas sus herramientas.

Con todo, al anochecer de la segunda jornada sin agua, Aurora se sentía desfallecer.

Su cuerpo no coordinaba y su mente empezaba a jugarle malas pasadas, haciéndole ver cosas que solo existían en su imaginación.

Se derrumbó entre unos cepellones de esparto jadeando, con la lengua hinchada y los labios despellejados.

Cerró los ojos un instante, tentada ante la idea de rendirse.

Pero, una vez más, su tozudez la impulsó a abrir los párpados.

Fue entonces cuando lo vio. Al principio no estaba segura de si sería una especie de espejismo como los que aturdían a los incautos que se perdían en el desierto.

Al acercarse pudo comprobar que no era una alucinación.

Allí, bajo uno de los matorrales en los que se había refugiado, había un pequeño charco.

Era agua sucia y pestilente que aún no se había secado tras las últimas lluvias torrenciales y en la que se agitaba algo minúsculo parecido a renacuajos, con un color parduzco imposible de definir…

, pero agua al fin y al cabo. Sabía que no debía beber aquel brebaje insalubre, pero no había alternativa.

Aurora se aproximó, se acomodó a cuatro patas como el animal en el que se había convertido, colocó las manos formando un cuenco y bebió.

Los primeros síntomas se dejaron notar en apenas veinticuatro horas.

Unos terribles retortijones la doblaron en dos, después llegó la descomposición del vientre y unos sudores fríos que le empaparon el pelo aún con restos de sangre de Risto.

Al principio se resistió a detener su marcha, pero pronto notó una debilidad en las piernas que se negaban a sostenerla.

Se tumbó a descansar con un quejido lastimero.

Si al menos tuviera consigo el saco de remedios de su querida Halima, se dijo.

Pero lo único con lo que contaba era aquel refugio improvisado bajo un árbol, a resguardo de miradas ajenas gracias a un montículo de piedras y tierra seca.

Triste consuelo era aquel, y Aurora suplicó en silencio por que el mal que la aquejaba remitiera por sí solo.

Pronto comprobó que aquel deseo tampoco le sería concedido.

Para cuando la fiebre la asaltó sin piedad, los calambres del estómago hacía rato que la sacudían como a una hoja en medio de la tempestad.

Empezó a perder el conocimiento a ratos y, en los que se mantenía despierta, no era capaz apenas de incorporarse.

El simple gesto de abrir los párpados le resultaba doloroso y agotador.

Una neblina mental llegó para aliviar su padecimiento, sabía que no era buena señal, pero la agradeció como si lo fuera.

Al menos así el sufrimiento se disipaba.

Se dejó llevar. Entre sueños y delirios se le aparecían sus hermanas, la sobrina a la que ya nunca conocería, hasta Halima y doña Tecla la visitaron.

Cuando vio llegar a la señora Sagrario, sonriente con su cacatúa malhablada sobre el hombro, supo que se moría.

Aurora, que durante tres años había luchado incansable por seguir el rastro de Estrella y Rocío, se rindió. Lo hizo con una sensación de alivio que abrazó sin dudar. Ya no podía ni quería seguir. Todo se había acabado, y ni siquiera tuvo la tentación de rebelarse. Ya no.

Se dejó mecer por la inconsciencia, permitió que la arrullaran sus recuerdos y se abandonó a lo irremediable.

Justo cuando su respiración se había ralentizado y los calambres hacía rato que ya no la incomodaban, un ruido a lo lejos turbó la quietud de su sepulcro.

Trató de no prestarle atención, ocupada como estaba en morirse, sin embargo, cuando creyó estar a punto de conseguirlo, una presencia se reveló a su lado.

Incapaz de abrir los ojos, supuso que los campesinos finalmente habían dado con ella.

O puede que incluso fuera Risto, que acudía a su encuentro desde el infierno para llevársela consigo.

Aquella idea enajenada la enfureció, sacudiendo las últimas energías que almacenaba su maltrecho cuerpo y la hizo reaccionar.

Todavía llevaba el cuchillo de aquel malnacido consigo, así que lo blandió con saña, dispuesta a matar de nuevo a ese fantasma.

—Acabaré contigo las veces que haga falta —musitó en un murmullo inaudible.

Sintió que la hoja se hundía en la carne de su agresor.

No tuvo fuerzas más que para esbozar una última sonrisa de victoria. Y, con ese gesto grabado en el rostro, Aurora se dejó arrastrar a las profundidades de lo desconocido para no regresar jamás.