Capítulo 44 #2
Puede que fuera la mano que reptaba por su piel como una culebra, o tal vez la angustia por la suerte que habría corrido Halima, o el peso de ese cuerpo monstruoso aplastando el suyo…
El caso es que algo en su mente al fin se despertó.
Fue como si accionaran un interruptor y de repente, en medio de la más absoluta oscuridad, se hiciera la luz.
Aurora supo lo que iba a ocurrir. Risto la violaría y después la arrastraría hasta la prisión donde el hombre del anillo acabaría con ella.
Y un rugido sordo, que solo ella podía escuchar, empezó a gestarse en la boca de su estómago.
No, no iba a permitirlo. El rugido creció en intensidad y fue subiendo por su esófago.
Había sufrido demasiado, no se lo merecía.
Se abrió paso entre las amígdalas para llenar su paladar, expandiéndolo de una forma dolorosa, pugnando por salir.
Incapaz de contenerlo por más tiempo, abrió los labios y lo liberó.
Antes prefería morir.
Tal vez fue ese aullido animal, o puede que el estar tratando de bajarse los pantalones mermara su capacidad de atención, el caso es que no lo vio venir.
Risto no se percató de que Aurora había logrado deslizar una mano por el suelo para agarrar una piedra de las muchas que se encontraban en aquellos caminos.
No la vio alzar el brazo sobre su cabeza y dejarlo caer con fuerza una, dos, siete veces.
No supo que se deslizó con dificultad por debajo de él para escabullirse.
Tampoco la vio observarlo de pie, a su lado, con la piedra aún firmemente agarrada, la mirada enajenada y la respiración entrecortada.
Risto no vio nada porque desde el primer y certero golpe en la sien ya estaba muerto.
Aurora lo sospechaba, pero no se atrevía a comprobarlo.
Lo rozó con el pie y el cuerpo inerte del hombretón no respondió.
Luego lo empujó con más fuerza, hasta que lo hizo rodar.
La mirada congelada de párpados abiertos y pupilas dilatadas en aquel rostro que tanto odiaba le confirmó lo que ya intuía: no respiraba.
Durante unos eternos minutos, Aurora no hizo más que contemplar a Risto, con los pantalones desabrochados y aquella cara de bruto, con toda su maldad tan muerta como él, y no sintió nada.
No derramó ni una lágrima. Como si estuviera seca también por dentro.
Por mucho que rebuscó en su interior, no había pena ni culpa.
Solo aquella maldita sed que había vuelto sin piedad.
Un súbito ruido proveniente de la granja la devolvió a la realidad.
Fue dolorosamente consciente de que acababa de asesinar a un hombre y, aunque hubiera ocurrido en defensa propia, sería improbable que alguien la creyese, sobre todo cuando se supiera que la buscaban desde Orán.
Debía huir, alejarse del cadáver cuanto antes; quizá así, para cuando lo encontrasen, nadie podría relacionarla con él.
Ya se daba media vuelta cuando una idea la hizo volverse.
Venciendo su repulsión, se agachó junto al muerto y rebuscó en los bolsillos de su pantalón.
Encontró un cuchillo y un paquete de tabaco con dos cigarrillos arrugados.
Desechó estos últimos, pero se quedó con el cuchillo.
A continuación, arrancó de un tirón el zurrón de tela que Risto llevaba aún cruzado sobre el pecho.
No pudo inspeccionar su contenido porque escuchó unas voces que se aproximaban.
Supuso que serían los campesinos de la granja, pero no estaba dispuesta a quedarse para comprobarlo.
Agazapada, con el zurrón sujeto contra el pecho, se fue alejando con sigilo hasta que las voces se volvieron gritos y supo que la habían descubierto.
Se olvidó de su andar cauteloso y se lanzó a una loca carrera sin detenerse ni mirar atrás ni una sola vez.
Solo respiró al comprobar que no la habían seguido.
La noche era cerrada y la oscuridad absoluta cuando se topó con una de las zonas arboladas que salpicaban el fértil Tell argelino.
Allí, Aurora se acurrucó entre la maleza como un animal herido.
Llevaba dos noches sin dormir, había caminado sin descanso, en sus pies se habían formado ampollas que se abrieron y supuraban, tenía la cara y el pelo cubiertos con sangre seca…
pero lo peor era la sed. Creía que se volvería loca si no conseguía saciarla pronto.
En ese momento recordó la bolsa de Risto.
Se la había llevado sin llegar a abrirla y no lo demoró más.
Un trozo de pan duro y una cantimplora fueron su recompensa.
Desesperada, Aurora se abalanzó sobre la cantimplora, por el peso parecía llena, solo esperaba que no fuera de boukha.
Al abrirla descubrió que no se había equivocado, estaba a rebosar y, por una vez, la suerte le sonreía.
¡Agua! Quitó el tapón con las manos tan temblorosas que temió volcar el contenido, luego bebió con ansia y lo habría seguido haciendo hasta vaciarla de no ser porque en un repentino destello de lucidez recordó que ignoraba cuándo volvería a tener ocasión de beber.
Haciendo un gran esfuerzo, se obligó a guardar la cantimplora.
Aun siendo insuficiente, aquel trago la hizo revivir.
A partir de entonces, Aurora extremó las precauciones.
No olvidaba que Risto le había hablado de ella al carretero; Halima se lo había contado y no podía descartar que, sabiendo que ofrecían una suculenta recompensa, estuviera también buscándola.
Había llegado demasiado lejos como para dejarse cazar como una liebre.
No volvió a caminar a la luz del día, aguardaba a que cayera la noche, cuando se lanzaba a un vagar dificultado por la escasa visibilidad y lo abrupto del terreno, con el recuerdo de su amiga y su negro destino royéndole el alma.
Evitaba poblaciones y aldeas. A esas alturas ya habría corrido la voz de que un hombre había sido asesinado a pedradas y no estaba segura de si los campesinos de la granja habían llegado a verla.