Capítulo 44
La oscuridad amparó a Aurora en su huida.
Al alejarse de los miembros de la compañía, de Gumersindo Pineda, de Halima…
sintió cómo su pecho se iba encogiendo a cada paso.
Ellos eran todo cuanto conocía, al dejarlos atrás, sentía que abandonaba una parte de sí misma.
Su vida se fragmentaba en mil pedazos que se iban perdiendo por el camino y que ya nunca podría recuperar.
Pese a todo, se alejó de allí con tanto sigilo como presteza.
Lo hizo sin mirar atrás, consciente de que a esas alturas solo hacerlo hacia delante era una opción.
La apremiaba el convencimiento de que cada zancada la alejaba de Risto y de sus siniestras intenciones.
Al pensar en él, un regusto a bilis le subía al paladar.
Desde el primer momento en que lo vio intuyó su maldad, lo que nunca se hubiera atrevido a sospechar era que ella misma fuera a convertirse en su moneda de cambio.
Aunque Risto no le provocaba ni la mitad de terror que la prisión en la que la encerraron a su llegada.
Sus peores recuerdos la asaltaron para llevarla de vuelta a aquella sala sin ventanas y al hombre que giraba un anillo chevalier en su anular.
No podía volver ahí, no lo resistiría. Los últimos tres años habían hecho mella en ella.
Por fuera, en las pocas ocasiones en que se había parado a mirarse en un espejo, le había parecido que su rostro dejaba traslucir parte del padecimiento sufrido, como si su piel se hubiera vuelto permeable y no fuera capaz de contener tanto dolor.
La primera vez que pisó Argelia aún tenía el espíritu intacto y las esperanzas florecidas.
Todo ello se había marchitado ante la crudeza de un país que, si bien la había llevado a cruzarse con personas maravillosas, también la había enfrentado a lo más ruin y miserable de los hombres.
Como si aquel crisol humano no fuera más que una extensión de una tierra tan exuberante como inhóspita.
Como si se resistiese a la inminente primavera, el frío húmedo de la noche argelina le mordía los huesos.
Aurora se arrebujó en su tazado abrigo gris y apretó el paso.
No podía permitirse detenerse, no ahora.
Sus hermanas eran su único motivo para seguir caminando, pero la azuzaban con tal ímpetu que hubiera sido capaz de cruzar el desierto entero con tal de volver a abrazarlas una sola vez.
Al abandonar el pueblo de Lourmel se adentró en una amplia extensión de campos.
Algunos mostraban claros signos de no haber sido cultivados en años, otros no eran más que un pedregal baldío donde no crecían más que matojos esmirriados.
Trastabilló unas cuantas veces en la oscuridad y cayó al suelo un par de ellas, manchando sus manos y sus ropas del barro de las últimas lluvias. Poco le importaba.
Tardó un rato en darse cuenta de que iba murmurando algo, una especie de letanía. Sorprendida porque las palabras abandonaran su boca con voluntad propia, prestó atención a su propia voz.
—Sigue —repetía una y otra vez—, sigue.
* * *
Con la llegada del alba, tras horas de caminar sin descanso y convencida de que había recorrido una distancia suficiente como para haberle complicado el rastreo a Risto, se permitió descansar por primera vez.
Encontró el badén de una acequia seca cubierto de maleza y prácticamente se derrumbó allí para caer en un inquieto duermevela poblado de pesadillas en las que fieras salvajes corrían tras ella con las fauces abiertas.
Se despertó un par de horas después, con los músculos ateridos y el corazón desbocado.
Con cautela, asomó la cabeza desde su madriguera y la claridad hizo que entornara los párpados.
Estaba en medio de ninguna parte. Desorientada, se preguntó cómo había sido capaz de llegar hasta allí en plena oscuridad.
Sin duda, concluyó, el miedo es un gran acicate.
Un par de gestos rápidos no fueron suficientes para adecentar su maltrecho aspecto, pero tampoco podía hacer mucho más, por lo que volvió a ponerse en marcha.
Si caminar en la noche resultaba difícil por la escasa visibilidad y la humedad traicionera, el día aún podía ser peor.
Cierto que podía ver dónde pisaba, pero el sol implacable caía a plomo sobre su cabeza y la sed pronto empezó a dibujarse como la peor de las amenazas.
Trató de obviarla cuando se le aferró con saña a la lengua, también cuando empezó a arañarle la garganta, incluso cuando se hizo insoportable.
Agua. A la caída del día ya no pensaba en otra cosa.
Ese rumor interno había adquirido unas dimensiones descomunales, llenando por entero su cabeza y cada célula de su cuerpo.
Agua. Pero no había dónde conseguirla más allá de algún charco embarrado, y estaba segura de que la haría enfermar si se le ocurría beber.
Con el paso de las horas, hasta aquella inmundicia empezó a parecerle tentadora.
Sabía que sin beber no aguantaría mucho más.
La comida no le preocupaba, podía soportar el calambre de su estómago, pero la sed era otra cosa.
Desesperada, temió haber escapado a su verdugo para acabar muriendo deshidratada en medio de aquel terregal, tan cerca y a la vez tan lejos de sus hermanas.
Pero ¿qué podía hacer? Retroceder no era una posibilidad. ¿Entonces?
Una silueta recortada entre los últimos rayos se le apareció como una súbita respuesta a sus plegarias.
Aurora guiñó los ojos haciéndose visera con la mano y apostó por que sería un gurbi, tal vez, con algo de suerte, una pequeña granja.
Desde aquella distancia no podía adivinar si estaba habitada o en ruinas, ni tampoco si sería bien recibida con su aspecto desaliñado.
La necesidad la sacó de sus cavilaciones, obligando a sus pies a caminar.
Las ilusiones de Aurora fueron aumentando conforme la distancia se acortaba y sus papilas empezaron a salivar de anticipación.
Sí, se trataba de una granja. Habría lanzado un grito de júbilo de no haber tenido la garganta tan reseca que le resultaba del todo imposible articular más que lastimeros gemidos.
Allí vivía gente y, si había personas, habría agua.
La simple idea de que su calvario estaba llegando a su fin pareció insuflarle una energía que creía agotada.
La urgencia apremió sus pasos. La visión de aquella construcción aún distante acaparó toda su atención, era incapaz de apartar la mirada un solo instante como si por hacerlo pudiera desaparecer sin más.
Obcecada como estaba ni siquiera escuchó el crujido a su espalda.
Tampoco la respiración pesada, cerca del ronquido que se aproximaba.
De no haber estado tan ciega, tan sorda, tan desesperada por beber, tal vez todo habría sido diferente. Pero no lo fue.
Un brazo inmenso cayó sobre su espalda como si se le hubiera derrumbado encima una montaña entera. Ni siquiera sintió dolor. En un primer momento de incomprensión, su cerebro lo único que hizo fue lamentarse porque de algún modo ya intuía que la última posibilidad de saciar su sed se esfumaba.
—¡Maldita zorra!
Dos palabras bastaron para reconocer la voz de Risto.
Aurora fue consciente de que con su obsesión por conseguir agua había olvidado cualquier precaución, se había lanzado campo a través, donde era bien visible a plena luz.
No había vuelto la vista atrás ni una sola vez, su mirada clavada en esa promesa que suponía la granja aún lejana.
Había sido imprudente e iba a pagar las consecuencias.
—Creías que te ibas a escapar, ¿eh? ¿Qué podías dejarme sin mi recompensa?
El golpe por la espalda la había arrojado al suelo, donde él la sujetaba sin dificultad. Aurora seguía bloqueada, la deshidratación ralentizaba sus movimientos y pensamientos, sumiéndola en un estado de irrealidad parecido al de las pesadillas.
—No eres más que una furcia rastrera que se cree muy lista.
Te calé el primer día que te vi. —Gotitas de saliva de Risto caían sobre su rostro sin que lograran arrancarla de su estupor.
Lo oía, olía su aliento alcohólico, pero nada de todo ello lograba hacerla reaccionar—.
Te he cazado, ya lo ves —se jactó—. Te llevaré a Orán y me harás un hombre muy rico.
Pero antes… Antes me vas a ayudar con una cosa.
—Aurora sintió una mano que se deslizaba por debajo de la falda.
La voz de Risto se había transformado en un jadeo ansioso—.
Resulta que tu amiga Halima me la estaba jugando, la muy zorra.
Durante años me ha dado esos jodidos pitillos haciéndome creer que sin ellos se me caería la polla, pero lo que hacían era dejármela inútil.
¡Y todos pensando que era una mosquita muerta!
Me costó sacárselo, no creas, pero con un par de buenas hostias me lo confesó.
Por cómo disfrutó viéndome la cara de gilipollas que se me puso, diría que hasta lo estaba deseando.
¿Y sabes lo que hizo? Mientras le apretaba el cuello y la cara se le ponía azul, aún tuvo los cojones de echarme una maldición, qué hija de puta.
Me juró que jamás podría volver a usarla, ni matándola, pero ahora mismo tú me vas a demostrar que se equivocaba.
Y más te vale que se me ponga como una piedra porque, si no, te juro que lo vas a pasar muy mal.