Capítulo 43 #3
Paloma no respondió de inmediato. No les había contado todo. El recuerdo de Bruno Blanchard hizo que el meñique de su mano izquierda, el que ya no tenía, le ardiera como si de pronto volviera a estar en su lugar. No podía callárselo. Estrella y Rocío merecían saber toda la verdad.
—No sois las únicas que queréis encontrar a Aurora.
* * *
La boda fue civil y tan sencilla que apenas parecía una boda.
Rocío había estado casada antes, aunque fuera en otras circunstancias muy distintas y con un hombre más distinto aún, pero el mal recuerdo de aquella primera experiencia la llevó a buscar todo lo contrario en la segunda.
Para empezar, no lucía el típico vestido largo y blanco, sino el traje de chaqueta y falda por la rodilla en color gris marengo que le había confeccionado Paloma, con una blusa con chorreras de un tono marfil.
Ni siquiera había querido llevar ramo de flores, prefería caminar hacia José de la mano de su hija, que lo miraba todo con los ojos muy abiertos.
Los invitados tampoco podían ser más diferentes.
Además de la pequeña y de su hermana Estrella como única familia, no faltaron Paloma con Ginesito, que tras el descubrimiento de su amistad con Aurora había pasado a ser amiga de las mellizas de forma inmediata, ni madame Violeta acompañada por todas sus chicas.
Si resultaba rocambolesco aquel mosaico de jóvenes con nombres de flor, tan exuberantes y desinhibidas en sus vestidos escotados y faldas demasiado cortas para el recato, nadie comentó nada.
Rocío hubiera dado cualquier cosa porque Aurora hubiera podido acompañarla.
Le dolía su ausencia como el primer día y solo esperaba que se mantuviera a salvo hasta que pudieran reunirse.
A su lado, Estrella le apretó la mano. Su melliza no podía ocultar el duelo que vivía en su interior desde la muerte de Olvido, pero estaba decidida a que aquello no enturbiara la celebración.
—Sonríe —le pidió Rocío—, seguro que te estará viendo.
Estrella no tuvo que esforzarse por obedecer, realmente estaba feliz por su hermana.
—Me pidió que la dejara ir, ¿sabes? —confesó a media voz, con el recuerdo de Olvido atravesado en la garganta—. Justo antes de cerrar los ojos por última vez, eso fue lo que me pidió.
Rocío la miró con ternura. No podía imaginar el dolor de perder para siempre a quien se ha amado tanto. Cuando habló, lo hizo con la mayor suavidad posible.
—Tal vez se refería también a su recuerdo —dijo cauta, y Estrella le hurtó una mirada húmeda—. Si te empeñas en vivir aferrada a él, será como enterrarte a su lado.
Estrella suspiró con fuerza, como si le costase, y respondió:
—Quizá tengas razón —musitó y luego se esforzó por cambiar el tono por uno más alegre—. Creo que tienes al hombre más enamorado de Argel esperándote ahí dentro. ¿Vamos?
Rocío le devolvió el apretón con la mano mientras que con la otra sujetaba la de su pequeña. Sonrió.
—Vamos.
Como suele ocurrir en las ocasiones en las que más felices somos, el tiempo voló raudo y, cuando ya habían dado cuenta del modesto banquete junto a sus invitados, cuando habían apartado las mesas a un lado y ya les dolían los pies de tanto bailar al son del mismo disco del gramófono prestado por el doctor Rafael una y otra vez…
entonces llegó la noticia, la que se convertía en el mejor broche final para la celebración: siguiendo lo que había comenzado con la exitosa operación Torch en noviembre, al fin británicos y estadounidenses habían llevado a cabo el cierre de los campos del desierto, con lo que centenares, tal vez miles de presos españoles habían recuperado su libertad.
Aquello supuso la locura colectiva. Los Aliados avanzaban en sus posiciones y no les temblaba el pulso en sus acciones.
Se sucedieron los abrazos, las lágrimas y las frases que prometían un final de la guerra cada vez más cercano.
Incluso alguna voz se atrevió a hablar de la caída de Franco y del regreso a casa.
La celebración se llevaba a cabo en el nuevo taller que gracias a sus esfuerzos y talento José había abierto recientemente, en la misma barriada de Hussein Dey, pero en un local mucho más modesto que el de su anterior patron.
Allí, en la intimidad de saberse en compañía de amigos, cada cual dejó salir emociones que llevaba demasiado silenciando.
Los ánimos estaban por las nubes, pero Rocío se percató de una mujer que no se sumaba al jolgorio.
Sentada en una esquina, con su pequeño en el regazo, lloraba sin consuelo.
—Paloma, ¿te encuentras bien?
La aludida levantó la vista y, sin soltar a Ginesito, sonrió.
—Mejor que nunca —contestó con voz firme pese al llanto—. Esto significa que Ginés es libre. Por fin. Mañana mismo empezaré a mover los hilos que haga falta para que nos reunamos… Muy pronto podré decirle que tenemos un hijo.
Rocío asintió comprensiva, pero no respondió.
No podía preguntarle qué ocurriría si las respuestas que encontraba a sus pesquisas no eran las que ella esperaba.
No tenía intención de romper la burbuja de felicidad en la que flotaba Paloma, pero temió que, si estallaba, el golpe contra el suelo fuera tan duro que no pudiera recuperarse.