Capítulo 43 #2
Paloma vio cómo Rocío le sostenía la mirada a la mujer del espejo con determinación, como si en silencio se prometiera a sí misma no dejarse vencer por el desánimo.
No tenía forma de imaginar las incontables adversidades que había debido sortear, pero de algún modo intuyó que a sus espaldas cargaba con malos recuerdos y dolorosas ausencias.
—Tal vez sea buena idea.
Una semana después, Paloma abrió la puerta a Rocío para comprobar que no solo venía acompañada de su hija. Su clienta le dirigió una elocuente mirada, a la que respondió con un guiño casi imperceptible.
—Te presento a mi hermana Estrella.
Paloma sonrió con desenvoltura para darles la bienvenida.
Había trabajado muy duro en aquel encargo.
Un traje de novia era una gran responsabilidad, una que, de salir bien, podía llevarla a conseguir nuevos pedidos.
Desde hacía meses venía dándole vueltas a la idea de ampliar el negocio.
Si bien es cierto que eran tiempos revueltos, no faltaban familias a quienes les iban bien las cosas, sobre todo aquellos que habían sabido adaptarse a las necesidades de los americanos que ahora campaban a sus anchas por la ciudad.
Le empezaba a resultar difícil atender el volumen de encargos que le llegaban, por eso se preguntaba si no sería el momento de buscar una ayudante, alguien que se ocupara de las tareas más sencillas como hilvanar o planchar mientras ella hacía los cortes de los patrones, asesoraba sobre tejidos o confeccionaba las piezas más complejas.
Pensaba en todo aquello a la vez que conducía a las hermanas hasta el salón, donde el fruto de su trabajo descansaba pulcramente planchado colgado de una percha, sin embargo, había algo más que cosquilleaba en su mente.
Algo que no sabía ubicar aún, pero que le provocaba una sensación de desasosiego desde que había abierto la puerta.
—Siempre has sido la más guapa de las tres.
—Eso lo dices solo para halagarme.
Estaban instaladas en el salón. Rocío enroscaba su cuerpo frente al espejo para tratar de observarse desde distintos ángulos y su hija jugaba en el suelo con una caja llena de bobinas de colores que le habían dado para entretenerla.
Saltaba a la vista que Paloma había hecho un trabajo impecable, aquellas prendas se adaptaban a su figura como un guante.
—Lo digo porque es verdad, estás deslumbrante.
—Debo darle la razón a tu hermana —intervino Paloma, con la confianza adquirida tras varias semanas de pruebas y revisiones—.
Y eso que cuando me comentaste que no deseabas un vestido blanco, como casi todas las novias, tuve mis dudas, lo reconozco.
Pero resulta que no necesitabas más que un sencillo traje para parecer Venus caída del cielo.
—¡Sois unas aduladoras! —protestó Rocío entre risas, sin disimular su satisfacción ante lo que veía en el espejo.
Aprovechando que su clienta se desvestía tras un biombo, Paloma se dirigió a la cocina en busca de la limonada aromatizada con hierbabuena fresca que tenía preparada para celebrar el momento.
Había dejado a las dos hermanas cuchicheando entre susurros emocionados acerca del cercano evento.
Ella también se sentía feliz, estaba orgullosa de cada acabado de aquel traje que tantas horas de sueño le había robado y estaba convencida de que sería muy comentado entre las invitadas, lo cual se traduciría, si todo iba bien, en que su sueño de ampliar el negocio estuviera más cerca.
Tal vez fuera el momento de ir buscando un local al que trasladar su taller de costura, no podía seguir invadiendo el salón de doña Cisca para siempre.
Rumiaba sus planes cargada con una bandeja de vuelta al salón cuando las voces de las hermanas se volvieron inteligibles para sus oídos.
—José se va a quedar sin palabras cuando te vea —decía Estrella.
—¡Eso espero! —bromeó Rocío—. Si no es así, con las mismas me doy la vuelta y no me caso.
—No digas tonterías —rio Estrella, que enseguida se puso seria—. Cuánto desearía que Aurora no se perdiera este momento…
El estallido de cristales interrumpió la conversación de las hermanas, que se volvieron sobresaltadas para descubrir a Paloma tras ellas, las manos aún en el aire, como sosteniendo una bandeja invisible, pues la de verdad había acabado en el suelo, rotos los vasos en mil pedazos. La pequeña empezó a llorar.
—¡Dios mío! —musitó la modista con el rostro descompuesto. Las piezas que le habían provocado esa inexplicable desazón empezaban a encajar en su mente.
Las mellizas no comprendían la mirada desorbitada ni el temblor de los labios de aquella joven que hasta hacía poco parecía totalmente cuerda y de repente se les aparecía como ida.
Rocío había abrazado a su hija contra sí, lo que podía ser un gesto para evitar que se cortara con los vidrios, para consolar su llanto o bien para protegerla de Paloma.
Aunque la modista apenas reparó en ello, puesto que su cabeza trabajaba a toda velocidad, recuperando datos de la memoria y atando cabos para dar respuesta a una pregunta que llevaba años rondándole.
—¿Tenéis una hermana que se llama Aurora? ¿Aurora Robles?
Tras unos largos segundos de silencio, las mellizas asintieron a la vez, empezando a contagiarse del mismo cosquilleo que había embargado a Paloma.
—No puede ser. ¡Dios mío! Todo este tiempo…
Si Aurora… No, no puede ser… —Paloma balbuceaba palabras sin sentido, pisando los vasos rotos sin prestar atención al crujido de estos.
La niña se había callado de improviso, presintiendo tal vez la trascendencia de aquel instante que cambiaría sus vidas para siempre.
—¿Tú conoces a Aurora? —la voz trémula de Estrella parecía a punto de quebrarse, como si temiera permitirse un atisbo de esperanza.
Por fin, Paloma pareció aterrizar de nuevo en el salón de doña Cisca y sus músculos se destensaron de golpe.
Se desplomó en una de las sillas del comedor.
Miró a su alrededor, aún aturdida por el inesperado descubrimiento, y al encontrarse con tres rostros pendientes de ella, incluido el de la pequeña, sonrió.
—Así es —dijo soltando el aire contenido—, conozco a vuestra hermana.
La tarde pasó volando. Paloma les contó cómo la casualidad había querido que coincidieran en la pensión Valencia y se hicieran íntimas amigas.
—Hablaba mucho de vosotras —les relató una vez los ánimos se templaron y los restos de cristales se recogieron—. Nunca dejó de buscaros, erais su obsesión.
Rocío besó la cabecita de su hija, que se había dormido en sus brazos, y sin querer la humedeció con sus lágrimas.
—Pobre Aurora —murmuró—. No quiero ni imaginar el infierno que habrá sufrido estando sola. Al menos nosotras nos teníamos la una a la otra, pero ella…
—Es fuerte —replicó Estrella, aferrándose a algo que aplacara la angustia.
—Es una mujer asombrosa, de eso no cabe duda —corroboró Paloma—. Y de que os quiere con toda su alma, tampoco.
El llanto callado de las mellizas apenas era capaz de liberar una mínima parte de aquel dolor enquistado en sus pechos desde el mismo momento en que las separaron.
Habían añorado a su hermana durante días y noches que se sucedían sin fin, habían barajado todas las hipótesis imaginables acerca de su suerte, se habían puesto en lo mejor, pero también en lo peor.
Y ahora, por fin, tres años después de su separación, volvían a sentirla cerca.
—Entonces, ¿Aurora está en Orán? —preguntó Estrella, poniéndose en pie de pronto, espoleada por una idea—. ¡Pues vayamos! Quiero decir, Orán no está tan lejos. Si nos das la dirección de esa pensión solo tenemos que subir a un tren y…
—No es tan sencillo —la detuvo Paloma.
Su voz ya no sonaba ligera, enredada en las cuerdas vocales una noticia que sabía supondría un nuevo golpe para las mellizas. Decidió no retrasarlo más.
—Aurora se marchó para unirse a una compañía de teatro ambulante con la esperanza de que, si recorría Argelia entera, antes o después acabaría por encontraros.
—Pero tú sabrás qué compañía es, debe de haber alguna forma de contactar. No puede ser tan difícil dar con ella.