El abrazo del siroco Capítulo 43
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Capítulo 43

Paloma había vagado durante mucho tiempo por aquella tierra que no era la suya.

Estaba desmoralizada, cansada y asustada.

Sobre todo, asustada. Su mano izquierda, a la que le faltaba el meñique, se encargaba de azuzar un pavor que la atormentaba día y noche.

Si seguía allí, si no había abandonado Argelia, no era solo porque no tuviera otro lugar adonde ir, sino porque allí era donde estaba Ginés, con toda probabilidad preso en uno de aquellos malditos campos en los que ella siempre pensaba con un estremecimiento.

La certeza de que, si se marchaba, el único hilo que aún los mantenía unidos se acabaría por romper y ya nunca lograría reunirse con el hombre que amaba, la anclaba a un lugar que, de otra forma, hubiera deseado olvidar.

Pero no, Paloma no olvidaba, y cuando tenía tentaciones de hacerlo, una sola mirada a su mano mutilada la impelía a recordar.

Cuando se vio forzada a abandonar la pensión de doña Tecla para escapar de la persecución del commissaire Blanchard, lo hizo con mucha prisa y escasos medios.

De no ser por el dinero que Rodrigo Morague le ofreció, no lo hubiera conseguido.

Durante su época en Orán había escuchado que la mayoría de sus vecinos valencianos habían recalado en la capital, Argel, así que, sin familia ni amistades a las que recurrir, no lo pensó demasiado y encaminó sus pasos en esa dirección con su hijo bien agarrado de una mano y una pequeña maleta de cartón con su desarraigo además de sus tristes pertenencias en la otra.

De su llegada a la ciudad blanca habían pasado ya un par de años.

Se había establecido en casa de unos vecinos de Enguera, un matrimonio mayor sin hijos que le alquilaban un cuarto a un precio más que razonable en el quartier de Bab El-Oued.

Isidre había sido un hombre grande en su juventud, pero una vena del cerebro le estalló sin avisar, dejándolo de un día para otro postrado en cama como un vegetal.

Cisca, su esposa, se desvivía en sus cuidados y lo atendía con la misma devoción de una quinceañera enamorada.

—Mira si era cabezón que cuando se enteró por el periódico de que a los vascos les estaban castellanizando el nombre, dijo que por ahí no pasaba.

Que a él su madre le había puesto Isidre por su abuelo cuando nació y que no lo cambiaría por Isidro por muchos cojones que tuviera el Generalísimo.

¡Ya ves tú qué más le daba si era solo una letra!

Pues nada, que tan pronto se empezó a intuir la victoria de Franco, dijo que nos marchábamos y aquí estamos —le había explicado a Paloma con voz emocionada—.

Es el amor de mi vida, ¿sabes? Mientras yo viva, a mi Isidre no le faltará de nada.

Y cuando me muera… bueno, ya me ocuparé yo de que nos vayamos juntos.

Así me aseguro de que tampoco le falte nada en el otro mundo.

Adivinando una cruda firmeza en su mirada, Paloma no se atrevió a preguntar cómo pensaba doña Cisca cerciorarse de que su esposo no la sobreviviría.

Debía de haber pasado los setenta y atender a un hombre de aquella corpulencia no era sencillo, por eso la buena mujer se había decidido a alquilar un cuarto libre a buen precio a cambio de que le echaran una mano a la hora de mover a Isidre.

Además, Cisca tenía los dedos de las manos retorcidos por una artritis dolorosa y persistente, por lo que Paloma no tuvo reparo en ayudarla con algunos remiendos y arreglos que se amontonaban en el cesto de costura.

La mujer quedó tan satisfecha con la habilidad de su nueva inquilina pese al dedo ausente que no dudó en correr la voz por el barrio entre conocidas y vecinas.

La sorpresa de Paloma fue mayúscula cuando, en cuestión de pocas semanas, se le acumularon los pedidos que atender.

Su entusiasta casera le prestó una vieja máquina Singer que acumulaba polvo desde que dejara de ser capaz de enhebrar la aguja, y ella dejaba a Ginesito al cuidado de una Cisca que se derretía con sus ocurrencias para coser sin descanso.

Dos mujeres sosteniéndose mutuamente ante los envites del exilio, una con los dedos como sarmientos y la otra con nueve en lugar de diez.

—Estoy esperando a una clienta, doña Cisca. No creo que tarde.

—Entonces mejor me llevo a este granuja a casa de la vecina, que no te va a dejar trabajar.

—No sabe cuánto se lo agradezco.

—Calla, si sabes que a mí este niño me da la vida —rechazó la mujer levantándose del sofá con un quejido—. No dejes de echarle un ojo a mi Isidre, no creo que despierte de su siesta, pero no sea…

—Vaya tranquila —prometió Paloma—, que yo me quedo al cargo.

Para Paloma, Cisca se había convertido en una extensión de doña Tecla, a quien extrañaba con un hondo pesar.

Nunca olvidaría a aquella mujer que la acogió cuando pisó Orán por primera vez.

Los cuidados y preocupaciones de una se difuminaban con los de la otra hasta convertirse en lo mismo.

Se sentía en deuda con la vida por las grandes mujeres que había puesto en su camino.

Cierto que le había arrebatado mucho, pero a cambio había podido conocer la solidaridad más sincera, la determinación más feroz y la protección de una y mil madres.

Una vez sola, ahuecó los cojines del salón, descorrió las cortinas para que la luz natural inundase la estancia y, delante del espejo de cuerpo entero que había instalado en una esquina, se aseguró de estar bien peinada y de que su blusa no tuviera rastro alguno de las manos de Ginesito.

Al punto, sonó el timbre y acudió a abrir con su mejor sonrisa.

—Buenos días, ¿Rocío? Yo soy Paloma. Adelante, pasa.

Una mujer joven, más o menos de su edad, obedeció tras responder a su saludo.

—¿Puedo ofrecerte algo de beber? ¿Un té con hierbabuena, una limonada?

La primera toma de contacto era algo que seguía poniendo nerviosa a Paloma.

Desde que el negocio había arrancado y gracias a las recomendaciones a los cuatro vientos de doña Cisca, había conseguido una buena clientela, las cosas habían cambiado mucho.

De pasar a coser a ratos aprovechando que Ginesito dormía, a verse en la necesidad de habilitar el salón como sala de recepción donde mostrar tejidos, hacer pruebas y tomar medidas.

Pronto no quedó en la casa rincón alguno libre de retales, hilos o patrones, hasta el dormitorio de Isidre se había visto invadido por los bártulos de aquel improvisado taller que permitía salir adelante a Paloma con esfuerzo y tesón, olvidados los jabones como tantas otras cosas de su época de Orán.

—Me caso —anunció la joven de cabello casi rubio y unos preciosos ojos almendrados, con la limonada entre los dedos— y me gustaría llevar algo bonito.

—¿Un vestido? —inquirió Paloma con prontitud.

—La verdad es que preferiría algo… menos convencional.

—Dime, ¿qué idea tienes en mente?

Pasaron la siguiente hora eligiendo telas, revisando modelos, sopesando distintos acabados y detalles.

—No sé qué hubiera hecho sin tu ayuda —reconoció al fin la futura novia—. Este asunto me tenía algo inquieta, pero veo que no puedo estar en mejores manos.

—Agradezco tu confianza y haré todo posible porque cuando llegue el día te sientas la mujer más hermosa de Argel.

Rocío asintió con una sonrisa que le pareció algo triste. Paloma se preguntó qué hacía que una novia cubriera su mirada con aquel velo gris en los días previos al momento más importante de su vida.

Paloma y Rocío volvieron a verse en otras ocasiones.

Durante el proceso de corte y confección era necesario ir comprobando que todo salía según lo previsto, por lo que las pruebas del traje, junto con el carácter afable de ambas muchachas fueron propiciando las charlas y confidencias.

En una ocasión, Rocío acudió acompañada.

—Perdona, no he podido dejarla con nadie.

—¡No sabía que tenías una hija! Menuda preciosidad, debe de caérsete la baba con una princesita así en casa.

—Eso no te lo voy a negar. —Rocío agradeció el tono despreocupado de la modista, quien parecía hacer suyas las costumbres francesas, mucho más relajadas que las españolas. Nadie se escandalizaba ante una madre soltera o porque una novia no acudiera virgen al matrimonio.

Sin dejar escapar ni uno solo de los alfileres que pellizcaba con los labios, Paloma se lanzó a hablarle de Ginesito.

—Al lado de tu niña el mío parece más bien un terremoto. Mira qué tranquila la tienes… Ginesito no para quieto un segundo, no sé de dónde saca la energía.

—¿Qué edad tiene?

—Cinco.

—Mujer, si no tiene energía ahora, ¿cuándo la va a tener?

—En eso tienes razón —concedió, tras lo que se animó a preguntar—: Dime, ¿y no tienes más familia?

La mirada de Rocío se perdió durante un instante entre los pespuntes del que sería su traje de novia.

Luego se centró en la imagen del espejo, allí se encontró con una mujer desconocida.

Las finas arrugas del rostro desvelaban que había sido vapuleada por la vida una y mil veces, que se había caído y vuelto a levantar, que, a pesar de todo, seguía avanzando, aunque solo fuera porque no tenía más remedio.

—Tengo dos hermanas —logró articular al fin.

—Eso es estupendo. —Paloma quiso quitarle hierro al asunto, consciente de pronto que había tocado un tema que removía el silencioso dolor de su clienta—. Las hermanas son un regalo que nos hace la vida.

—Lo son, pero la mayor no podrá venir a la boda y la otra… bueno, hace poco sufrió una gran pérdida y no está pasando por un buen momento.

—¿Por qué no le pides que te acompañe a la próxima prueba? —propuso Paloma retirándose un par de pasos para valorar con ojo experto lo que sus manos habían estado haciendo—. Esto está casi listo, solo falta que vengas una última vez para ver el resultado final. Quizá eso la anime.