Capítulo 42
Tras casi un mes de batallas y numerosas bajas en ambos bandos, los Aliados habían acabado haciéndose con el control de Argelia y Marruecos.
Aquello supuso un cambio radical en el curso de la guerra.
Las fuerzas del Eje habían sido expulsadas de Egipto tras la derrota de El Alamein, y habían quedado completamente sitiadas en Túnez.
Por primera vez, parecía que los alemanes empezaban a perder fuelle.
—Te he dicho que no me voy a ir a ningún sitio sin ti.
—Esa es la tontería más grande que te he escuchado decir desde que te conozco —protestó Halima por enésima vez.
—Tontería es que prefieras quedarte al lado de tu marido —se reafirmó Aurora.
La compañía Alegría había alargado brevemente su agonía.
Tras la victoria de los Aliados a finales de noviembre, Gumersindo Pineda y su escaso elenco continuaban anclados en Lourmel, atentos a las novedades.
Por desgracia, que los estadounidenses y británicos hubieran logrado hacerse con el control de Argelia no significaba, ni mucho menos, que desplazarse resultase seguro.
Por eso se había visto forzada a acallar aquella maldita comezón que la devoraba a la espera de que llegara el momento de reunirse con sus hermanas.
Para colmo, su querida Halima no quería acompañarla y ella sentía que el corazón se le desgarraba ante la idea de dejarla atrás. Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, se negaba a abandonar a Risto.
—Estoy por rezar a Alá, fíjate lo que te digo, a ver si nos lo quita de en medio de una vez por todas.
—¿De repente crees en Alá? —Halima no pudo disimular una sonrisa.
—Creo en lo que haga falta con tal de que vengas conmigo —sentenció Aurora.
Pero Alá no las escuchó o, si lo hizo, no las libró de Risto.
Para colmo, como si el universo se hubiera confabulado en contra de Aurora, a finales de enero unas lluvias torrenciales asolaron gran parte del Oranesado, inundando poblaciones enteras, desbordando torrenteras y destruyendo caminos.
El clima argelino era como sus paisajes y sus gentes, de grandes contrastes.
Lo mismo la tierra se cuarteaba reseca por el siroco tras meses sin beber una sola gota, que se veía incapaz de absorber una tromba violenta y repentina que arrasaba con todo a su paso.
En aquel país de extremos, cualquier cosa era posible.
La fortuna libró a la compañía de sufrir grandes daños, pero la inestabilidad climática junto con la política hacía que viajar resultara impensable, y en esas circunstancias comunicarse con las mellizas solo las hubiera puesto en peligro.
De este modo, Aurora tuvo que resignarse y, con un ánimo tan gris como el cielo de aquellos días, tragarse la impaciencia que la azuzaba.
* * *
La noche era ya cerrada cuando Halima oyó a Risto trastabillar cerca del húmedo cuartucho que les servía de vivienda.
Cerró los ojos. Jamás había sentido ni un ápice de amor por él, al contrario, lo odiaba con una intensidad que solo lograba aplacar la certeza de que Alá lo había puesto en su vida por un buen motivo.
Lo escuchó desabrocharse los pantalones junto a la puerta y la repulsión trepó por sus fosas nasales junto al olor a orina.
—Maldita sea —oyó que decía—, llegas tarde.
—Menos prisas —respondió la voz del carretero de Lourmel—. ¿Se puede saber para qué me haces venir a estas horas?
—Tengo un negocio que me va a hacer muy rico…, pero necesito tu carro.
—Entonces querrás decir que ese negocio tuyo del que hablas —afiló el tono el otro con astucia— nos hará ricos a los dos.
Risto contuvo un bufido. El carretero era casi tan alto como él y, además de corpulencia, ambos compartían un carácter hosco y peleón. Intuyó que no podría manejarlo a su antojo mediante intimidaciones y amenazas.
—Ya hablaremos de eso —respondió Risto, consciente de que tendría que repartir una parte de su pastel si no quería exponerse a perderlo al completo—. Ahora a lo que vamos: vete a preparar el trasto grande ese tuyo con el burro amarrado, listo para arrearlo.
—¿Y dónde pretendes ir, estando las cosas como están?
—A Orán.
—¿Orán? ¡Estás mal de la chaveta! —el carretero soltó una carcajada burda como el resto de sus modales—. Muchos pasos se han inundado y otros han desaparecido. Las ruedas se hundirían a cada rato.
—Si se meten en el barro cien veces, cien veces las sacaremos. Las que hagan falta, ¿comprendes?
—Sí que debe de ser bueno ese negocio…
—En tu vida encontrarás uno mejor.
El otro rumió largo rato sus palabras.
—¿Para qué quieres el carro grande? El pequeño pesa menos y será más fácil de manejar tal y como están las carreteras.
Para nosotros dos es suficiente. —Risto estuvo a punto de responder con un exabrupto, tanta pregunta lo estaba irritando.
De nuevo se le había ido la mano con el boukha y le costaba que no se le trabara la lengua.
En cambio, el otro, mucho más avispado, no había bebido una gota, estaba sobrio y con los sentidos alerta ante aquel filón—.
No hay otro carro grande en todo el pueblo, en kilómetros a la redonda si me apuras.
O me dices qué piensas subir en él o me largo y ya verás cómo te las apañas para llegar a Orán.
—Escúchame bien —concedió Risto a regañadientes—. Alguien de la ciudad tiene mucho interés en cierta muchacha, y resulta que yo la he encontrado, así que la vamos a llevar hasta allí. A cambio nos pagarán mejor que bien. ¿Contento?
—Y si tanto interés tienen, ¿por qué no han venido a buscarla?
—Tú mismo lo has dicho, los caminos están impracticables.
—¿A qué vienen tantas prisas? Esperemos a que se sequen, así no nos exponemos a hundirnos o a que el burro se quiebre una pata.
—¡Tiene que ser ahora, joder! ¿No lo entiendes? La compañía tiene los días contados, no habrá más actuaciones y en cuanto se pueda cada cual cogerá su camino. No puedo arriesgarme a que esa zorra se escape. Es mi oportunidad de…
—Nuestra oportunidad —insistió el otro.
—Que sí, joder, tú ya me entiendes —accedió Risto exasperado—. Es nuestra oportunidad de darle una patada en el culo a este maldito lugar y empezar de cero.
—¿Y qué ha hecho esa fulana para que la busquen con tanto empeño?
—Ni lo sé ni me importa. Lo único que me interesa es el dinero que nos van a dar por ella tan pronto la dejemos en la ciudad. El resto será asunto de otros.
—¿Cómo estás tan seguro de que es ella? A ver si te vas a equivocar y hacemos el viaje en balde.
—Que no, hostia, tiene la cicatriz que buscan. Es ella, te lo garantizo.
—No nos dará problemas, espero.
—De que no nos dé problemas ya me ocupo yo —siseó Risto a esas alturas embriagado también de avaricia—, tú tranquilo, que con un par de hostias hasta la fierecilla más traviesa se amansa.
Halima, que había permanecido atenta a cada palabra con el aliento contenido, sintió una punzada en el esternón. No necesitó escuchar el nombre de Aurora para sentir en lo más profundo de sus entrañas que aquel pálpito que le había robado el aire era cierto.
* * *
—¡Aurora! ¡Aurora!
—¿Qué pasa? Halima, ¿estás bien? ¿Qué haces despierta a estas horas? ¿Y cómo es que Risto te ha dejado salir?
—No hay tiempo, levanta de una vez.
La urgencia en la voz de su amiga terminó de espabilarla.
Al no haber actuaciones, cada miembro de la deshilachada compañía había buscado cobijo como buenamente pudo y Aurora se alojaba en las cuadras de una familia que se había apiadado al verla sola vagando por el pueblo.
Se incorporó en el jergón con el sabor de los malos presagios en el paladar.
—Tienes que irte, Risto va a venir a buscarte. Acabo de oírlo —explicó Halima nerviosa y vigilante—, quiere llevarte a Orán.
—Eso no tiene sentido, ¿por qué querría…?
Halima la acalló para, a trompicones, relatar todo cuanto había escuchado, haciendo súbitos silencios en los que aguzaba el oído para asegurarse de que no llegaban ruidos de fuera.
Un par de minutos después, Aurora había conseguido hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo y un sudor frío le humedeció la espalda.
—¿Tú lo crees capaz de hacer algo así? —preguntó.
—Y de mucho más.
Lo primero que se abrió paso en su mente fue la imagen de sus hermanas.
¡Con lo cerca que había estado! No podía ser que, justo cuando no faltaba nada para poder recuperarlas, el destino se le volviera a torcer.
Ya la habían encerrado una vez en la cárcel de Orán y fue dolorosamente consciente de que, si volvía a entrar, no saldría jamás.
—Vente conmigo —rogó una última vez—. Huiremos juntas.
Halima le sostuvo la mirada unos instantes y Aurora se estremeció, intuyendo la respuesta.
—Será el mismo demonio, pero también es mi esposo y mi sitio está con él.
—¿Aunque te mate? —Hubiera preferido no ser tan dura, pero no había tiempo para sutilezas.
—Aunque me mate —corroboró Halima con la sonrisa más triste del mundo.
Ambas sabían que eso sería lo que ocurriría. Risto no conocía la compasión. Su ira en cuanto se diera cuenta de que su codiciado tesoro había desaparecido sería terrible.
—No me iré sin ti. Por favor, no me obligues a dejarte atrás —suplicó Aurora desesperada.
—Por supuesto que lo harás. Huirás sola y encontrarás el modo de reunirte con tus hermanas. Luego te irás muy lejos de aquí y esta tierra acabará por convertirse en un recuerdo agridulce. Al igual que yo. Así lo quiere Alá y así ha de ser.
Aurora no pudo reprimir las lágrimas y se abrazó a Halima con fuerza. Inspiró su aroma a hierbabuena y se perdió en el tacto áspero de su chilaba por última vez. Las dos sabían que aquella despedida sería definitiva.
Halima la empujó con suavidad para separarla de su cuerpo.
—Es el momento.
Aurora se permitió aún unos segundos para perderse en los ojos amables de aquella mujer de corazón inmenso y sabiduría ancestral que la había acogido como a una hija y la había querido como una madre.
Sintió el desgarro físico, en el centro del pecho, y dio una violenta bocanada de aire para no desmoronarse.
La culpa por irse sin ella la perseguiría el resto de sus días, por eso fue Halima quien, en su infinita generosidad, le ahorró aquel trago y se dio la vuelta para desaparecer en la oscuridad de la noche.
Su silueta se desdibujó pronto y Aurora contuvo sus lágrimas gruesas y pesadas.
Adelante, tan solo podía permitirse mirar hacia delante.