El abrazo del siroco Capítulo 41
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Capítulo 41

Hay personas a las que la vida les sonríe, mientras que a otras, por algún motivo, parece empeñada en darles la espalda.

Y Olvido había sufrido demasiado a lo largo de la suya.

Una infancia de pobreza, una guerra civil, la lucha en el frente, la muerte de Luis, la explosión de mortero que le desfiguró el rostro, un exilio, el prostíbulo…

La mayoría hubiera sucumbido con menos, pero ella había resistido. Hasta entonces.

—¿Se va a poner bien?

Era la enésima vez que Estrella preguntaba lo mismo, y la enésima que recibía la misma respuesta.

—No perdamos la esperanza.

Con ayuda de María, el doctor Rafael había hecho todo cuanto estaba en su mano por Olvido. Ya solo quedaba esperar.

—Vamos, amor mío —le susurró al oído una vez volvieron a estar a solas—. Debes intentarlo por ti, pero también por mí.

Le cogió la mano y se la besó. Desde la agresión, Olvido permanecía sumida en un sueño profundo del que apenas despertaba los minutos suficientes para revivir las esperanzas de Estrella antes de volver a caer en el abismo de la inconsciencia.

El doctor le había dicho que la dejara dormir cuanto necesitara, que era la forma que tenía el cuerpo de reparar todos los daños sufridos.

Incluso la había medicado para ayudarla a mantenerse en ese estado ausente que tanto aterraba a Estrella.

—Sé que puedes hacerlo, tienes que hacerlo —continuó, la voz agarrotada por la congoja—. Vas a seguir viviendo, nos queda demasiado por hacer ahora que por fin estamos juntas. Quédate a mi lado, por favor.

* * *

—Quiero casarme contigo —anunció Rocío con resolución.

—¿Cómo? ¿Ahora? —preguntó José que, sorprendido, detuvo el movimiento de la pierna sobre la que cabalgaba la pequeña, lo que provocó una inmediata cascada de quejas infantiles.

—Ahora mismo no, pero sí pronto.

—¿Puedo preguntar a qué se debe este cambio de opinión?

Hacía un par de meses, cuando José le había hecho una propuesta semejante, ella no había reaccionado como él hubiera deseado.

Se había asustado, esa era la verdad. Les estaba yendo todo tan bien que la aterraba que pudiera estropearse.

Pero eso fue antes de lo que le había ocurrido a Olvido.

También antes de que los estadounidenses aparecieran de repente y la apacible Argel se convirtiera de un día para otro en una ciudad en guerra con soldados parapetados por las calles, buques amenazantes en la bahía, aviones sobrevolando sus cabezas y el sonido de las explosiones y los disparos acongojando corazones.

Las batallas se habían sucedido y los aterrados ciudadanos se recluyeron en sus hogares a la espera de que el temporal pasase de largo, con algo de suerte sin descargar su furia sobre ellos.

La noche del desembarco, los valientes miembros de la Resistencia Francesa —entre los que se encontraba el joven José Aboulker, que un día irrumpiera en la consulta del doctor Rafael con varias pistolas escondidas bajo la ropa— se hicieron con posiciones estratégicas, tomaron la comisaría y apresaron a varios oficiales militares, empezando por el general Juin y el almirante Darlan, lo que permitió a los estadounidenses ganar una ventaja crucial en la ciudad blanca.

Así, a finales de noviembre, los Aliados se habían hecho con el control de la colonia y se decía que el resto del África Occidental francesa, desde Senegal a Níger, se había adherido también a la causa de la Francia Libre y al general De Gaulle.

Los cambios se sucedían a una velocidad vertiginosa.

La presión obligó al almirante Darlan a dar la espalda al Gobierno de Vichy, las traiciones y nuevos acercamientos se sucedían en tanto que los Aliados avanzaban hacia Túnez para enfrentarse al temible Afrika Korps.

En tales circunstancias, nadie se atrevía a pronosticar qué sería de todos ellos en un futuro próximo.

—A que la vida es muy corta, José —suspiró Rocío dejándose caer en una silla. Señaló con la barbilla hacia el dormitorio donde descansaba Olvido; ella y la niña se habían trasladado al salón para cederle aquel espacio más íntimo y tranquilo.

Había conseguido convencer a Estrella para que saliera a tomar el aire.

Desde lo ocurrido, no se había separado de Olvido más que unos pocos minutos.

La relojería que fuera de Moatti permanecía cerrada y Estrella apenas comía ni dormía, siempre en un velar constante, ansiosa por detectar cualquier signo de mejoría.

—No sabemos cuándo pueden torcerse las cosas —insistió Rocío—, más nos vale aprovechar lo bueno que se nos pone por delante antes de que se esfume.

José se colgó a la niña de un brazo y se acercó a Rocío. La obligó a levantarse y la abrazó por la cintura para atraerla hacia sí. La pequeña aplaudió feliz.

—Me casaría contigo hoy si pudiera, pero estoy seguro de que nos quedan muchos años por delante para estar juntos.

—Ojalá sea así… —musitó antes de abandonarse entre los brazos de su enamorado—, aunque los acontecimientos se empeñen en recordarnos que nunca deberíamos dar nada por sentado.

* * *

El estado de Olvido no mejoraba y Estrella se desesperaba por no poder hacer más.

Llevaba un mes a su lado día y noche. La lavaba con una palangana y un paño húmedo y se aseguraba de secarla bien.

Le humedecía los labios, le cambiaba el camisón y la ropa de cama.

Pero, sobre todo, le hablaba para asegurarse de que supiera que no estaba sola, que nunca más lo estaría.

—Estrella…

Aquella mañana destemplada la sobresaltó una voz rota y descascarillada, que a ella le pareció el mejor sonido del mundo.

—Estoy aquí —se apresuró a agarrarla de la mano y le acercó un vaso de agua a los labios resecos—. Bebe un poco, debes de tener sed.

Olvido trató de obedecer, pero apenas fue capaz de sorber y acabó por atragantarse. Estrella la incorporó con suavidad hasta que la tos remitió.

—¿Cómo te encuentras? ¿Te duele? ¿Tienes hambre? Qué tonta soy, seguro que tienes frío. Espera, que te traigo otra manta.

Estrella hizo ademán de levantarse pero sintió que la presión en su mano se acentuaba. Entendió el mensaje.

—Sé que no quieres oír esto —susurró Olvido—, pero no puedo más.

—¡Qué tontería es esa! —protestó Estrella—. Claro que puedes, yo estoy aquí para ayudarte —volvió a intentar levantarse—. Déjame que avise al doctor Rafael…

—No te vayas. —Estrella obedeció conteniendo la respiración—. La vida ha sido muy perra conmigo, aunque no le guardo rencor. Durante muchos años, la mayoría, no me ha tratado bien, pero al final me recompensó porque me llevó a ti.

Se detuvo un instante para reunir fuerzas antes de continuar.

—Eres lo mejor que me ha pasado, Estrella. Hubiera deseado tener más tiempo a tu lado, pero el que hemos podido disfrutar ha sido tan maravilloso que hace que todo lo demás haya valido la pena.

—¿Qué estás diciendo? —Sentía que le faltaba el aliento, que algo le aprisionaba el pecho y el aire no llegaba a sus pulmones—. ¿Por qué te despides?

—He sufrido demasiado, y me consuela pensar que ahora solo me espera paz.

—No, no… —Estrella boqueó con desesperación sin encontrar las palabras adecuadas que persuadieran a Olvido de seguir a su lado—.

Todo va a ir bien, vas a recuperarte y ponerte en pie.

Luego iremos donde tú quieras, lo más lejos posible.

Te prometo que siempre estaremos juntas. No te rindas, te lo suplico.

Resultaba innegable que, a pesar de todos los cuidados, de todo el amor de Estrella, Olvido se apagaba.

Se abandonaba a una muerte que la libraría del sufrimiento.

Sucumbía a las heridas de su maltrecho cuerpo, o tal vez a las de su no menos dolorida alma.

Y a Estrella no le quedaba otra que aceptarlo.

—Tienes que dejarme ir, Estrella, por mucho que te duela, debes hacerlo.

Y entonces lo supo.

Nada que dijera o hiciera podría mantener a Olvido con ella. Con esa terrible certeza aplastando su corazón, alzó una esquina de la sábana y se acostó a su lado para abrazarla con fuerza. Quería sentir su calor y su olor, aferrarse a ellos como si así pudiera impedir que la abandonaran.

—Te quiero —dijo Estrella entre sollozos.

Y nada podía ser más cierto ni más profundo que aquellas dos simples palabras.

Porque el suyo no había sido un amor fácil, ni cómodo, ni siquiera dulce…

, pero era el suyo. El más grande, el que la acompañaría el resto de sus días porque Estrella, resignada a dejarla ir, sabía que el recuerdo de ese instante viviría siempre en su interior.

Así, entre besos suaves, caricias tiernas y palabras de amor susurradas al oído, Olvido se despidió de la vida entre los brazos de la única persona que había dado sentido a la suya.