Capítulo 40
Se trataba de una maniobra que debía llevarse a cabo en el mayor de los secretos. Las localizaciones elegidas fueron Casablanca, Orán y Argel. La intención, clara: expulsar a las fuerzas del Eje.
No todo salió según lo previsto.
Además de dificultades con las mareas, los errores de frecuencias y un sinfín de imprevistos, los Aliados se tropezaron con la abierta oposición de la Francia colaboracionista de Vichy.
Llegó entonces el turno de los bombardeos aéreos, los buques de guerra con sus cañones apuntando a tierra e incluso los disparos a pie de calle.
Lo que debía haber sido una toma rápida de Marruecos y Argelia para, a continuación, avanzar hacia Túnez sin dar a los alemanes tiempo para reaccionar se convirtió en una lucha cuerpo a cuerpo en la que los muertos se contaban por miles.
Lo que muchos habían ansiado y temido a partes iguales al fin estaba ocurriendo: los alemanes habían tropezado con quien les plantaba cara y el destino del mundo se veía un poco menos oscuro, aunque la luz aún estuviera lejos de brillar.
Sin embargo, aquel débil atisbo de esperanza tenía un precio.
Desde el suelo fue reptando una frustración que invadió a Aurora instalándose en su garganta. La sintió crecer hasta que no pudo contenerla más y acabó dejándola salir con un grito que espantó a un puñado de gallinas que picoteaban bajo la sombra de una vieja palmera datilera.
—¡Maldita sea!
Desde que Alá, el destino o simplemente la casualidad había querido que una prostituta llamada Filomena le diera razón de sus hermanas, vivía con el alma en vilo.
¡Sus hermanas! Había anhelado tanto esa noticia que le resultaba complicado digerirla.
Ahora solo podía pensar en acudir a su encuentro cuanto antes.
Necesitaba verlas, tocarlas, olerlas… ¡conocer a su sobrina!
Dios santo, solo con pensarlo se le ablandaban las piernas.
Pero entonces había tenido lugar el desembarco, todo pendía de un hilo y aquella euforia había dado paso a una inmensa desolación.
Hasta que la tormenta amainase y se supiera con certeza si los americanos se hacían o no con el Gobierno de la colonia, lanzarse a cruzar el país era una absoluta locura.
De un manotazo rabioso, Aurora se apartó las lágrimas que no dejaban de fluir.
—Ten.
Desde algún lugar a su espalda, la mano amable de Gumersindo Pineda apareció para tenderle un pañuelo.
—Gracias.
El director se sentó a su lado con un quejido de sus articulaciones.
Llevaba consigo su manoseado ejemplar de La casa de Bernarda Alba, que colocó con mimo sobre sus rodillas.
Así, con su sencillez habitual, se dispuso a acompañar su rabia en silencio.
Que no lo llenara todo de palabras huecas lo agradeció más que el pañuelo.
—Es injusto —se quejó Aurora, cuando al fin se sintió capaz de hablar sin ahogarse en el oleaje de su propia pena.
—La vida lo es. Nadie que haya saboreado su lado bueno y, en especial, el no tan bueno puede decir lo contrario.
—Es que… no me creo que estén tan cerca y a la vez tan lejos.
Más allá de las últimas casas se extendía una infinidad de tonalidades ocres que abarcaban todo el espectro imaginable.
Se encontraban en Lourmel, una pequeña localidad como tantas otras de Argelia, con casas modestas y gentes sencillas, palmeras, chumberas y con un monumento en la plaza al general que le daba nombre.
Ella no había sabido querer a aquella tierra ruda y áspera, con un clima despiadado y un paisaje abrumador, que con tanta crueldad la había acogido.
No obstante, no podía abstraerse de su belleza indómita, con la que se tropezaba cada vez que levantaba la vista.
—Mis hermanas —aclaró, consciente de que Pineda no sabía a qué se refería. Y, al decirlo en voz alta, volvió a sentir que se le cortaba el aliento—, al fin las he encontrado.
—Siempre supe que lo harías.
—¿Y de qué me ha servido? —Gumersindo no respondió—. Ni siquiera puedo llamarlas o escribirles una carta. Porque, ¿y si se empeñaran en venir hasta aquí? No podría perdonarme que les ocurriese algo por mi culpa.
Ese era su mayor temor. Conocía bien a sus hermanas, en especial el carácter impetuoso de Estrella, y la posibilidad de que al recibir noticias suyas se lanzaran a cruzar el país en su busca era aterradora. Debía protegerlas por encima de todo, incluso de ella misma.
—Sé que ahora todo se ve negro, pero nada dura para siempre. Esto tampoco lo hará —la consoló Pineda—. Antes o después, la situación se estabilizará, las aguas volverán a su cauce y podrás reunirte con ellas.
Aurora inspiró hondo con los ojos cerrados. Necesitaba creerlo.
—¿Y cuándo será eso?
—Ojalá pudiera darte una respuesta.
—Dígame al menos cómo se supone que voy a aguantar mientras tanto —suplicó sintiendo que sus ojos volvían a inundarse y que nada podía hacer por evitarlo.
—Igual que has hecho hasta ahora. El amor por tus hermanas es tu mayor fortaleza; aférrate a él y no lo sueltes. El resto llegará solo.
Agotada, Aurora dejó descansar la cabeza sobre el hombro de Gumersindo.
Tenía razón. Estrella y Rocío eran el viento que impulsaba sus velas, acabaría por dar con la manera de acudir a su lado, aunque se preguntaba lo que sería de ellas después.
Las mellizas estaban en Argel, pero ignoraba si eran felices allí, si su deseo era permanecer en la ciudad que se las había tragado o si, por el contrario, anhelaban huir de ella.
El futuro era una línea imprecisa que se difuminaba más allá del reencuentro.
—Tengo miedo.
—Todos lo tenemos. ¿Has visto el mundo en que vivimos? Lo insensato sería no tenerlo.
Aun en las peores circunstancias, Gumersindo era poseedor de un fino humor y la carcajada que le provocó el comentario sirvió como bálsamo.
—Bien, será mejor que regrese —anunció dándole una palmada en la rodilla—. Como me quede mucho más aquí sentado, la humedad se me acabará por meter en los huesos y no habrá quien me levante.
Aurora observó su marcha. Le pareció que arrastraba los pies, que iba más encorvado. De la Alegría apenas quedaba ya ni el nombre. Los tiempos en los que los aplausos y las risas sonaban en sus oídos habían quedado atrás. La compañía agonizaba y nadie podía hacer nada para impedir su triste final.
Deseó que la vida fuera un poco más amable con Gumersindo. Entretanto, ella solo debía seguir su consejo y aguantar un poco más.
* * *
Risto estaba eufórico, no todos los días descubre uno que tiene la gallina de los huevos de oro justo delante de las narices.
Gracias al recorte del periódico que le arrebató a aquel palurdo, había realizado unas cuantas averiguaciones.
Todo apuntaba a que, en efecto, Aurora Robles era la mujer que con tanto ahínco buscaban en Orán.
Después de todo, ¿cuántas jóvenes tienen una cicatriz con forma de medialuna junto a la boca?
Risto era retorcido, pero no estúpido. No se le escapaba que, si ofrecían tan suculenta recompensa por atraparla, no era porque la joven fuera comunista. Tenía que haber algo más, algo que tal vez pudiera utilizar en beneficio propio para, llegado el caso, obtener aún mayor rentabilidad.
Para empezar, ya se había puesto en contacto con la ciudad.
Con todo el revuelo que habían ocasionado los jodidos americanos le había costado que lo tomaran en serio, pero tras varias llamadas finalmente consiguió que le pusieran al habla con el commissaire.
De primeras le pareció un hombre sin escrúpulos.
En el timbre de su voz apreció la avidez que le producía el saberse tras la pista de su ansiada presa.
Casi podía oírlo salivar al otro lado de la línea telefónica.
—¿Y cuándo va a pagarme? —le había soltado Risto a la mínima oportunidad.
—Primero tendrá que decirme dónde está la chica —lo presionó Blanchard.
—¿Se piensa que soy idiota? —gruñó. El silencio helado que se hizo al otro lado de la línea hubiera puesto la piel de gallina a más de uno, no a Risto, quien decidió que era el momento de reafirmarse—. Si no hay francos, no hay chica. Usted la quiere y yo sé dónde está. Me necesita.
Hubo más silencio durante un largo minuto.
—¿Cómo sé que hablamos de la persona correcta? —dijo al fin Blanchard.
—Tiene una cicatriz.
—No sea estúpido, eso lo sabe cualquiera, lo pone en el anuncio. Tiene que darme algún dato que pruebe que puedo confiar en su palabra.
Risto meditó un instante. Aquel cabrón era listo, pero lo que pedía era lógico, después de todo.
—Va como loca buscando a sus dos hermanas, creo que son mellizas —expuso jugando su única baza—. Según cuenta, las separaron en la prisión de Orán.
Al otro lado de la línea se escuchó una especie de gruñido.
—Está bien —masculló el commissaire —. ¿Cómo propone que lo hagamos?
Risto sonrió triunfante. Intuía que el final de la Alegría estaba próximo.
Hacía días que no se cerraban contratos y, con la situación tal y como estaba en la colonia, resultaba evidente que no iba a mejorar.
Tan pronto como todo se asentase, aprovecharía para largarse de allí y, por supuesto, se aseguraría de arrastrar a Aurora consigo.
Blanchard tampoco pareció contento ante la perspectiva de esperar unas semanas hasta poder hincarle los dientes a su presa, pero ambos hombres eran conscientes de que no había alternativa. Colgó con la promesa de ponerse en contacto tan pronto las aguas amainasen y pudieran dirigirse a Orán.
—No la pierda de vista —lo había advertido el commissaire —. O se arrepentirá.
Aquella advertencia resultaba del todo inútil. Risto no estaba dispuesto a dejar correr la oportunidad de hacerse rico y, de paso, librarse de una esposa a la que no consideraba más que un lastre.
Aurora Robles se había convertido en su billete para una nueva vida.