Capítulo 39 #2
Olvido no fue consciente de la brutalidad con la que la violaban, uno detrás de otro, ni de que, al terminar, su viejo cliente la orinaba encima antes de propinarle una última patada en la cabeza que podría haberle dolido si no fuera porque hacía ya rato que no sentía nada.
* * *
Al llegar a casa, Estrella se sorprendió al encontrar a la enfermera María al cuidado de su sobrina.
—¡Hola! No te hacía aquí. ¿Qué tal estás?
—Bien, ya sabes, la consulta cada día está más llena. Es una locura…, pero es nuestra locura, así que estamos felices de poder ayudar a tanta gente.
—Lo que hacéis es maravilloso.
—Solo hacemos nuestro trabajo.
—Yo creo que hacéis mucho más.
—¿Vosotras bien? Fíjate que viviendo justo encima de la consulta casi ni nos vemos. Eso no puede ser, vamos a tener que quedar un día para comer y poder ponernos al día —le guiñó un ojo—. Si es necesario lo apuntaré en la agenda del doctor, como si de una cita médica se tratase.
—Me parece una idea estupenda —rio Estrella. Luego paseó la vista por la estancia y añadió—: Por cierto, ¿no está Olvido en casa?
María negó sacudiendo su melena rubia.
—Al parecer salió para hacer algún recado y estaba tardando en volver, así que tu hermana me pidió que cuidara de la niña mientras tanto.
—Pero ¿cuándo fue eso? —preguntó extrañada. Sabía que Rocío salía a trabajar a primera hora de la tarde y ya era noche cerrada.
—No sabría decirte, a ver… —María consultó su reloj y lanzó una exclamación—. ¡Casi tres horas! Vaya, hay que ver lo rápido que va el reloj cuando estás con una criatura tan adorable —añadió con el tono cantarín con que solía hablarle a la pequeña—, ¿verdad?
Estrella sintió un inmenso vacío a sus pies. No quería pensar, no quería imaginar, sin embargo, estaba claro que había ocurrido algo. Y temía que no fuera bueno.
—Sé que es mucho pedir, pero ¿te importaría quedarte un rato más? —rogó con un nudo en la garganta—. No será mucho, lo prometo.
María, que por su profesión era una experta en las mareas que provocan las emociones humanas, captó al vuelo la angustia de Estrella y asintió.
—Tarda lo que necesites, yo me quedo al cuidado.
Estrella se lo agradeció encaminada ya hacia la puerta.
Fuera hacía frío y se subió el cuello del abrigo.
En realidad, no sabía por dónde empezar a buscar, pero estaba segura de que el tiempo apremiaba.
Entonces recordó que días atrás habían comentado que aquellos pañuelos que estaba bordando eran para Juanjo, el chico que trabajaba el estaño.
Le había parecido extraño, pero Olvido no parecía dispuesta a dar más explicaciones, así que no insistió.
De lo que estaba segura era de que la noche anterior los había terminado.
Tal vez hubiera salido para entregárselos.
De cualquier modo, aquella era la única idea que se le ocurría y, a falta de otra mejor, dirigió sus pasos hacia allí.
Al dejar atrás la mezquita Sidi Ramdane estuvo a punto de sortear un callejón estrecho que le dio mala espina.
Por lo general, la casbah era un lugar seguro, pero en todos lados había maleantes y aquella zona era perfecta para que ocurriera cualquier desgracia.
Ese pensamiento detuvo sus pasos. No, se dijo, Olvido nunca se habría metido allí, no era tan imprudente. ¿O tal vez sí?
Con un suspiro contenido se asomó a la entrada del pasadizo.
No se veía más allá de una decena de metros, pero aquello no la iba a detener.
Empezó a caminar despacio y poco a poco sus ojos se fueron adecuando a la penumbra.
Ya iba por la mitad cuando sus pupilas distinguieron un bulto en el suelo.
Sintió la bilis subirle por la garganta.
Se dijo que podía ser cualquier cosa: un perro callejero, un montón de basura abandonada, un vagabundo…
, pero por mucho que lo intentó, no logró engañarse a sí misma.
En algún lugar de las entrañas sabía lo que iba a encontrar.
—¡Olvido!
Al llegar a su lado la encontró desmadejada como una muñeca rota.
Casi agradeció la oscuridad porque, si inmersa en ella lo que pudo ver era demasiado terrible para ser cierto, no quería ni imaginar lo que desvelaría la luz del día.
La sangre seca cubría un rostro tan hinchado que resultaba casi irreconocible.
Sin saber lo que hacía, Estrella se arrodilló a su lado y levantó la cabeza para que descansara sobre sus rodillas.
—Por favor, no me hagas esto —sollozó balanceándose como si acunara a un bebé—. No me dejes, no puedes dejarme ahora que te he recuperado.
Conmocionada, Estrella le acariciaba el pelo como si Olvido pudiera sentir sus caricias.
Agarró su mano y se la llevó a los labios para besarla una y otra vez.
Se inclinó para rozar su mejilla y la notó tibia.
Contuvo el aliento unos segundos y comprobó que Olvido respiraba.
Cada exhalación no era más que un soplo tenue que parecía a punto de extinguirse, pero eso, lejos de arredrarla, la alentó.
Respiraba. Olvido todavía respiraba.