Capítulo 39
No fue un flechazo, simplemente había ocurrido.
Como si fuera una prolongación del propio José, el amor había llegado sin grandes estridencias ni vuelcos al corazón: tranquilo, pausado y calmo.
Justo lo que Rocío necesitaba para perder el miedo y recuperar la confianza en los hombres. Y en sí misma.
José la adoró sin ambages desde el primer momento, aunque a ella le costó reconocer que sus sentimientos por él se transformaban día a día.
Para ello, la paciencia y el cuidado que invirtió en conquistarla fueron decisivos.
La suya no era una relación hecha de fuegos artificiales y noches apasionadas.
Ellos más bien habían aterrizado en un amor sosegado, como el de las parejas que llevan muchos años juntos y han encontrado la manera de amoldarse el uno al otro con asombrosa perfección.
Así, con paso cauteloso, silencios compartidos y besos de ternura infinita, Rocío descubrió que había acabado por ocurrir lo imposible: se había enamorado de José.
Una de las cosas que habían terminado de inclinar la balanza fue el hecho de que José se prendara de la pequeña.
Verlo jugar con ella, persiguiéndola por el salón o levantándola en volandas hasta que la criatura no podía parar de reír, había acabado por derretir su endurecido corazón.
Para Rocío, querer a su hija era la mejor forma de quererla a ella.
Y José, que parecía tener el poder de deshacer cada uno de los nudos que habitaban en su pecho desde hacía demasiado tiempo, lo hizo con tal naturalidad que se convirtió en el padre que nunca creyó necesitar a su lado.
Por supuesto, el sentimiento era recíproco y la pequeña lo adoraba.
Lo recibía con alboroto y protestaba si besaba a su madre antes que a ella.
Eran lo más parecido a una familia que Rocío podía recordar.
Una que se había formado de pedazos en el exilio, en plena guerra, con todo en contra y una sola cosa a favor: el amor.
—¿Cómo están hoy mis chicas favoritas? —saludó José una mañana de domingo.
—Y que no me entere yo de que tienes otras —bromeó Rocío.
José la atrapó por la cintura y la levantó del suelo para besarla mientras cerraba la puerta a sus espaldas con el pie. Unos pasitos rápidos que avanzaban por el pasillo les revelaron que su breve instante de intimidad estaba a punto de terminar.
—¡Osé, osé! —exclamó la pequeña alzando los brazos en el aire para exigir su ración de mimos.
Rieron con su lengua de trapo y José, que no se hizo de rogar, la levantó con un brazo sin que el otro soltase la cintura de Rocío.
Poco después estaban desayunando juntos en la mesa junto al rinconcito de la cocina, como hacían cada domingo.
No disponían de horno y tampoco se conseguía azúcar con facilidad, pero a Estrella le habían dado una bolsita la semana anterior y Rocío decidió aprovecharlo para hacer la masa que luego coció en uno de los hornos que había repartidos por la casbah, donde hizo cola entre mujeres de toda procedencia que parloteaban sin cesar.
—Son las mejores magdalenas de todo Argel.
Estrella y Olvido habían salido, de modo que estaban los tres solos en casa.
—¡Eres un adulador! —rio ella—. Me las apaño en la cocina, pero de ahí a hacer las mejores magdalenas…
Él la miró fijamente y le propinó un nuevo bocado a la que todavía sostenía en la mano y asintió con efusividad.
—Me reafirmo: no las hay mejores.
—Desde luego, no tienes remedio. —Aún sonriendo, Rocío fue a levantarse para recoger cuando sintió que la retenía por la muñeca.
—Cásate conmigo.
Petrificada por la sorpresa, Rocío sostenía inmóvil un plato repleto de migas.
—¿Cómo dices?
—Ya me has escuchado, quiero que nos casemos —repitió José, serio de repente—.
Hace meses que estamos juntos, pero no es suficiente.
Quiero acostarme a tu lado cada noche y que al levantarme aún sigas ahí.
Quiero que desayunemos juntos todos los días y no solo los domingos.
Quiero calentarte los pies en invierno y escuchar cómo te quejas del calor en verano. Rocío, lo quiero todo contigo.
Durante un largo minuto no respondió. No esperaba algo así y tampoco sabía cómo reaccionar.
—Piénsalo bien—continuó José—. Podrías venirte a vivir conmigo, o me vendría yo si lo prefieres, ¡qué más da!
No tendrías que trabajar para Violeta. Sé que hace poco que abrí mi taller, pero tengo clientes satisfechos que me recomiendan y ya sabes eso que dicen de que no hay mejor publicidad que el boca a boca.
Yo me ocuparía de que no os falte nada, ni a ti ni a la niña.
Él todavía sujetaba su muñeca y Rocío se soltó con suavidad.
No quería ofenderlo, pero tampoco estaba preparada para aceptar una propuesta como aquella.
Por supuesto que ella también quería compartir sus días con José, pero lo que le estaba proponiendo era un paso importante y no se sentía preparada.
Era demasiado pronto. Había recuperado la confianza en los hombres, al menos en uno.
No obstante, casarse, convivir y depender económicamente de su esposo la llenaba de dudas.
—Tal vez algún día.
—¿Me estás diciendo que no?
José se mostró dolido, y no le extrañaba.
Había sido y seguía siendo paciente con ella, pero todo el mundo tiene un límite.
No quería perderlo, aunque menos aún quería perderse a ella misma.
Le había costado demasiado encontrarse. Rocío se inclinó para acercar su rostro al de él.
Inspiró el aroma de su loción de afeitado mezclado con el del serrín y las magdalenas antes de darle un beso largo.
—Solo estoy diciendo que «todavía» no.
* * *
Olvido aprovechó que Rocío iba a estar en casa para salir.
Desde que Estrella accediera a ayudar a aquel dirigente de la CNT refugiado en la casbah, se había instalado una cierta tensión entre ellas.
Maldijo una vez más la política que de nuevo se entrometía en su vida.
Pese a todo, su amor continuaba intacto, y para demostrárselo a Estrella, había encargado a un conocido un colgante idéntico al que ella llevaba.
Sabía lo que significaba, puesto que se lo había regalado su padre, pero, aun así, Estrella había insistido en que fuera ella quien lo luciera al cuello.
Así que había pedido una copia para que ambas pudieran llevarlo a juego.
Ilusionada ante la perspectiva de darle una sorpresa a Estrella, abandonó la casa de Juanjo, el muchacho al que había hecho el encargo a cambio de que ella le bordara un par de iniciales y unas flores en un pañuelo de tela que pretendía regalar a su novia.
Estaba encantada con el resultado. Cierto que el colgante era de estaño y carecía de valor material, pero el sentimental era inmenso.
Emocionada, guardó en su bolso la cajita con ambos, el suyo y el que le pensaba regalar a Estrella en Nochebuena.
Siendo ella más de Reyes Magos, por pura impaciencia estaba dispuesta a adelantarlo a la costumbre francesa.
Precisamente su error fue esa urgencia que la llevó a atajar por un pasadizo estrecho y solitario pasado el mercadillo de la rue Randon donde, entre muchas otras cosas, se vendían a buen precio prendas nuevas y otras no tan nuevas.
En otra ocasión no lo hubiera hecho, pero estaba ansiosa por llegar a casa y mostrárselo a Rocío para que le diera su opinión. No los vio acercarse.
El silbido que sonó a su espalda la sobresaltó y al girarse descubrió a Chimo, su antiguo cliente de El Jardín.
No estaba demasiado cerca, pensó Olvido, si corría, podría alcanzar el final del callejón antes que él y ponerse a salvo entre la multitud que sin duda estaría vendiendo, comprando o simplemente paseando por la concurrida casbah.
Se quitó los zapatos para ganar agilidad y, sin pensárselo mucho para no darle ventaja a aquel rufián, se lanzó a la carrera.
Se felicitó al darse cuenta de que ni siquiera se había molestado en seguirla, tal vez solo quisiera asustarla.
Ya empezaba a sonreír al ver el final de la callejuela cuando, por el otro extremo, asomaron otros dos hombres.
No los conocía, pero solo necesitó ver la oscura expresión de sus rostros para darse cuenta de que era una encerrona.
—Preciosa —escuchó a su espalda el inconfundible tono de burla al pronunciar aquella palabra—, no me digas que no te alegras de verme.
—Dejad que me marche, por favor —suplicó.
—Claro que sí, te vas a ir…, pero solo después de que nos divirtamos un rato.
Los dos secuaces asintieron con una sonrisa lobuna que la llenó de temor. Chimo se acercó y empezó a manosearla con brusquedad. Ella se revolvió cuanto pudo, pero los otros la sujetaron para impedirlo.
—Venga —jadeó—, no te resistas o acabaré creyendo que no te apetece tanto como a mí.
En ese instante, Olvido supo lo que iba a pasar.
Lo vio en su mente con tanta claridad que le resultó insoportable.
Y decidió que no lo iba a permitir. Al menos haría cuanto pudiera para evitarlo.
Ya se había rendido demasiadas veces antes, no volvería a hacerlo.
Así que arremetió con furia contra el hombre que ya tenía sobre ella.
Los otros dos no lo esperaban y aflojaron un tanto su agarre, lo que le permitió darle un mordisco en la oreja a su viejo cliente que le arrancó un buen pedazo.
El aullido de dolor fue su pequeña victoria. También la última. Enseguida volvieron a apresarla y, sujetándose la maltrecha oreja con una mano, Chimo le clavó una mirada que auguraba el infierno que le esperaba.
—Te juro que te vas a arrepentir de esto, zorra.
Los primeros golpes los recibió en la cabeza y la dejaron aturdida.
Llegaron más, muchos más, tantos que pronto dejó de gritar y de llorar, limitándose a ovillarse lo que le permitían sus captores.
Un brutal puñetazo lo volvió todo negro y ella se refugió en Estrella, en su recuerdo, en el tacto de su piel, en sus labios y su sonrisa.