El abrazo del siroco Capítulo 38 #3
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Capítulo 38 #3

La joven la observó con sus grandes ojos felinos durante unos eternos segundos. Después sonrió.

El sol aún no había asomado por el horizonte, pero la calidez de su luz ya iluminaba los contornos de aquella barriada humilde como tantas que abundaban en aquellas tierras.

Aurora no caminaba por las calles de tierra pisada, no rodeaba la esquina de una casa modesta ni dejaba atrás palmeras solitarias.

No hacía nada de eso porque, en lugar de caminar, flotaba.

Lo hacía desde el momento en que tenía en su poder un pequeño pedazo de papel con un par de líneas escritas a mano con letra torpe, unas señas de Argel.

Se aferraba a él con determinación, pero en realidad ella había memorizado aquella dirección conforme había ido saliendo de los labios de Filomena.

Aquel era el lugar donde debía acudir para olvidar de una vez aquella angustiosa búsqueda, donde por fin podría volver a abrazar a sus hermanas.

Aurora apretó fuerte el puño en el que guardaba el papel y sonrió. Sonrió de verdad por primera vez en mucho, demasiado tiempo.

* * *

Risto no podía creer su suerte. Jamás hubiera creído que una noche de borrachera, como tantas otras hubo antes, pudiera acabar siendo la solución a sus problemas.

El forzudo detestaba a Gumersindo Pineda y su compañía itinerante, si continuaba con ellos era porque no tenía otra forma de subsistir, por humillante que ello le resultase.

A él, un hombre que había sido temido por tantos y que ahora estaba condenado a permanecer unido a aquella maldita amazigh.

Y es que Risto no lo reconocería ante nadie, ni siquiera ante sí mismo, pero la verdad era que seguía temblando ante la amenaza con que el padre de Halima había hecho peligrar su bien más preciado: su miembro viril.

Su primera tentativa de huir al poco de la boda había acabado con una impotencia de la que no se había recuperado.

Después de aquel aviso no estaba dispuesto a ver cómo su hombría se marchitaba hasta caérsele, por eso se aferraba con desesperación a los asquerosos cigarros que cada noche le preparaba Halima, aun cuando eso lo obligaba a cargar con la mora coja de por vida.

Si al menos tuviese dinero, se lamentaba.

Ruin como era, estaba convencido de que si se presentaba ante el curandero con una buena suma, este no tendría reparos en retirar la maldición que mantenía en vilo su existencia.

En todo esto pensaba Risto a esas alturas de la noche en que el alcohol ya lo había adormecido lo suficiente como para sentir otra cosa que no fuera ira por su maldita suerte. Entonces, pese a su ebriedad, unas palabras llamaron su atención.

—Repite eso que has dicho —gruñó al parroquiano dueño de una ridícula perilla que bebía a su lado.

—¿Acaso estás sordo? —espetó el otro, pero una furibunda mirada de Risto bastó para que cambiara el tono y replegara velas—.

Están buscando a una muchacha española, dicen que por comunista.

A lo mejor se escapó durante la última redada que hicieron en Orán, vete a saber, porque una recompensa así no la ofrecen todos los días.

—¿Recompensa?

—Quince mil francos. Quién les hincara el diente, ¿verdad, amigo?

El amistoso codazo que le propinó a Risto para enfatizar su pregunta fue recibido con una advertencia en las pupilas del hombretón que lo hizo desistir en el acto de su tono jocoso. Pero no por ello cejó en su charla y la apoyó mostrando una hoja de L’Écho d’Oran que guardaba en el bolsillo.

—Soy comerciante y voy de acá para allá, por eso lo llevo conmigo. Nunca se sabe cuándo a uno le puede sonreír la fortuna. —A continuación leyó en voz alta—: Chica joven, de pelo castaño claro, ojos almendrados, constitución menuda…

—Menuda mierda de descripción. Como esa hay cientos, si no miles —protestó Risto perdiendo el interés en la conversación.

—Puede —concedió su terco interlocutor agitando el anuncio ante sus ojos—, pero esta además tiene una pequeña cicatriz en la mejilla en forma de medialuna. Algo así no se ve todos los días, ¿verdad, amigo?

El hombre de la perilla enmudeció cuando aquella mole malencarada le arrebató el pliego del periódico de un manotazo.

—Yo sí —murmuró Risto que, de pronto, sentía la mente milagrosamente clara.

Dejó unas monedas sobre la barra y al hombre de la perilla con la palabra en la boca y el pasmo en la mirada.

Risto no podía creer su suerte. A él, que tanto lo había esquivado, ahora se le ofrecía con la docilidad de una jovencita solícita con las faldas levantadas y las piernas abiertas.

Y él la iba a hacer suya, de eso no le cabía la menor duda.

Apretó los dientes y el paso para regresar cuanto antes.

Aún debía asegurarse de que no se equivocaba, que sus sospechas eran correctas.

Y debía hacerlo con cuidado de no levantar la liebre antes de tiempo.

Si su instinto no le fallaba, esa pequeña zorra de Aurora iba a recibir su merecido y, de paso, solucionarle a él la vida. ¿Qué más se podía pedir?