Capítulo 38 #2
—Después de aquello no me quedó más remedio que buscarme la vida de la única manera que sé —continuó Filomena—.
Mi orgullo me impidió volver a mendigar el trabajo que hacía poco había despreciado, por eso me lancé a los caminos.
He ido de acá para allá, de hombre en hombre, de cama en cama, hasta que…
—le confesó a continuación a media voz—.
¿Quién querría encamarse con una puta que se queda preñada y encima decide continuar adelante?
Aurora la dejaba hablar sabiendo que lo que necesitaba era desahogarse, sacar todo aquello que la estaba carcomiendo.
—Yo no quería ser madre, pero ahora que sé que no está, que ya no va a volver…
—Se sorbió la nariz—. No paro de preguntarme si sería niño y si tendría los ojos de mi padre, o tal vez fuera una niña con la sonrisa de mi madre…
¡Qué tonta soy! Si ni siquiera llegué a notarlo, ¿sabes?
, debía de ser muy pequeño, poco más que un garbanzo.
Yo no lo vi, le dije a esa horrible mujer que prefería no verlo.
Ahora me arrepiento. ¿Qué culpa tenía esa criatura de cómo había sido concebida?
La pena y la culpa se irían difuminando con el tiempo, pero acompañarían a Filomena de por vida. Tendría que aprender a convivir con ambas, porque el vacío que deja un hijo que no ha llegado a nacer es infinitamente más grande que ese cuerpecito diminuto que ya nunca se podrá abrazar.
—Vaya, debes de estar harta de mí. Hace días que vienes y no se me ocurre otra cosa que ponerme a hablar de mis cosas… pensarás que soy un latazo.
—No digas tonterías. Eres mi paciente y me preocupo por ti.
—Pero tú no me has contado nada, aparte de tu nombre y de que eres un ángel caído del cielo, no sé nada.
Aurora rio su desparpajo y se dispuso a satisfacer la curiosidad de la joven con la intención de distraerla. Quedaba noche por delante, así que le fue desgranando su vida y las peripecias que la habían llevado a estar allí.
—Espera, espera —la detuvo Filomena con los ojos muy abiertos—. ¿Has dicho que tienes dos hermanas y que son mellizas?
—Así es —empezó a responder Aurora confusa—, Estrella y…
—¡Rocío! —exclamó Filomena incorporándose de golpe—. ¡Dios santo! ¿Eres la hermana de Rocío?
—Pero tú cómo sabes…
—¡No doy crédito! Al final va a ser verdad eso de que el mundo es un pañuelo —continuó parloteando Filomena, gesticulando excitada por el inesperado descubrimiento—.
Tu cara me quería sonar, pero como siempre te veo en la penumbra, pues claro…
¿Cómo iba yo a imaginar que eres tú la Aurora de la que tanto he oído hablar?
Aurora calló. Calló porque no podía encontrar la voz, perdida entre el torbellino de emociones que la invadían.
¿Acaso podía ser cierto? ¿Tenía frente a ella a alguien que conocía a sus hermanas?
¿Alguien que, tal vez, pudiera decirle dónde encontrarlas?
Cerró los ojos, sintiendo un súbito vértigo aterrador.
Hacía tres años que había llegado a Argelia, tres años desde que la separaran por la fuerza de lo único que le quedaba en el mundo, tres años de angustia e incertidumbre.
¿Y si se estaba haciendo ilusiones para nada?
No se sentía capaz de soportar otra decepción.
Tragó saliva y reunió un hilo de voz para despejar sus dudas.
—Filomena, ¿conoces a mis hermanas? ¿Sabes dónde están?
La prostituta la miró con sus ojos bien abiertos.
—Aurora, será mejor que te sientes.
No fue consciente de haberse levantado de la silla, ni de que tenía los puños cerrados con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas de las manos. Tampoco de que su corazón brincaba ya anticipando lo que ni siquiera su mente se atrevía a imaginar.
Durante la siguiente hora, Filomena le habló a Aurora de Estrella y de Rocío.
Le contó de su llegada a El Jardín, de cómo su hermana pequeña había accedido a trabajar allí, pero solo como limpiadora, de cómo su vientre había ido creciendo poco a poco con el paso de los meses…
Aurora no podía evitar interrumpirla a cada poco, ¡era tanto lo que ansiaba saber!
Tras todo ese tiempo sin saber de ellas, buscándolas sin descanso…
ahora, por primera vez, las sentía cerca de nuevo.
—Soy… ¿soy tía de una niña?
—Una niña preciosa, todo hay que decirlo.
Aurora, que hasta entonces había mantenido a raya el llanto, no pudo contenerse más y permitió que las lágrimas fluyeran a su antojo.
Por una vez, no las recibió como algo que le encogía el corazón, al contrario, con cada una de ellas era como si se fuera aligerando el inmenso peso que había cargado sobre sus hombros desde su llegada a Orán.
Y aquella ligereza tan novedosa era sencillamente maravillosa.
—¡Dios mío! No puedo creerlo… Llevo tanto buscándolas y ahora de repente…
Se detuvo para tratar de recuperar la compostura.
Casi le costaba aceptar que al final hubiera sido una de sus pacientes quien le proporcionara las respuestas que tanto ansiaba.
Por un instante, la voz de Halima se coló en su mente con su habitual «Alá es grande».
Puede que, después de todo, su amiga estuviera en lo cierto, quizá todo lo que había ocurrido: su llegada a la compañía Alegría, seguir a la curandera con la caída de la noche, aceptar relevarla cuando ella no pudo continuar, acudir a la llamada de una prostituta a punto de morir tras un aborto clandestino…
Puede que todo aquello hubiera tenido que ocurrir exactamente como lo había hecho.
Tal vez. Aunque lo importante era que la pesadilla al fin había terminado. O casi.
—Filomena, necesito reunirme con ellas —carraspeó para que su voz sonara firme, no podía flaquear, no ahora—. ¿Podrás ayudarme?