El abrazo del siroco Capítulo 38
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Capítulo 38

Hacía unos meses que las fuerzas alemanas en el norte de África habían entrado en Egipto y todo apuntaba a que Hitler sería el vencedor de la sangrienta contienda.

Si bien el calor podía resultar aplastante durante los meses estivales en aquel rincón del mundo, cuando se retiraba era para dar paso a un frío feroz y despiadado que Aurora sentía que se le había asentado en el alma.

La compañía Alegría resistía a duras penas los envites de aquellos tiempos difíciles que les tocaba vivir.

El habitual elenco se había visto diezmado tras el abandono forzoso de más de la mitad de sus miembros.

Ya no contaban con el payaso que hacía malabares ni con el equilibrista, tampoco con varios de los mejores actores.

La escasez de actuaciones los había empujado a buscar otras formas de ganarse el sustento.

Aurora los había visto marcharse uno a uno.

Todos con una genuina tristeza grabada en el semblante por abandonar la que, en cierto modo, era su familia.

Si Aurora no se había planteado la posibilidad de imitarlos, era porque ni siquiera lo consideraba una opción.

Al menos no para ella. Con tan pocas representaciones a duras penas salía adelante, pero ella había vivido una guerra civil en la que aprendió a subsistir con estrecheces parecidas cuando no peores.

La compañía era lo único que tenía, lo único a lo que aferrarse cuando sentía que su soledad la asfixiaba hasta casi impedirle respirar.

Además, mantenía la esperanza de que aquella vida itinerante acabaría, tarde o temprano, por llevarla junto a Estrella y Rocío… donde fuera que estuviesen.

Esa noche esperó a que todos durmiesen para agarrar el saco confeccionado con piel de camello y adentrarse en la oscuridad.

Hacía casi un año que había reemplazado a Halima como curandera y, si había de ser sincera consigo misma, aquel era otro de los motivos que la ataban a la compañía de Gumersindo Pineda.

Desde que Risto descubriera los trajines que su esposa solía llevar a cabo cuando él dormía la borrachera, Halima no había vuelto a curar a nadie.

Aurora seguía viéndola, pero siempre de día, siempre con la sombra de aquel bruto rondándolas cerca, vigilante.

Su control era opresivo, pero poco podía hacer ella más que acompañar a su amiga en su infortunio y tratar de mitigar el castigo con su presencia.

Aurora caminó con el sigilo aprendido tras muchas noches como aquella.

Había desarrollado una destreza asombrosa para integrarse entre las sombras como una más.

Del mismo modo, sus habilidades a la hora de atender a las personas que la requerían durante las estancias en las diferentes poblaciones se habían afinado con rapidez.

Al principio sintió verdadero pavor a enfrentarse sola ante un enfermo con la única compañía de los ungüentos y polvos que transportaba en su saco.

Ella, que había aprendido a atender pacientes en una casa de socorro con instrumental, instalaciones y médicos que la respaldaban.

No obstante, pronto comprendió que la gente tan solo necesitaba sanar los males que los aquejaban, y poco importaba que para ello se sirviera de la ciencia que había estudiado en Europa o de las tradiciones del norte de África.

Además, bien podía unir ambas en su propio beneficio y en el de sus pacientes.

—¿Cuándo le hicieron esto?

—Hace tres días —murmuró con un hilo de voz apenas audible la mocita que le había abierto la puerta, no debía de llegar a los ocho años y aún no se cubría con el velo—. La sangre paró, pero ahora la fiebre ha subido mucho. Está delirando.

Aurora observó a la mujer que tiritaba en la cama, víctima de un frío que iba más allá del propio de la época.

Empapada en sudor, la piel se veía tan pálida que casi parecía estar ya en tránsito hacia el otro mundo.

Colocó las manos sobre su cabeza. Ella no escuchaba a Alá susurrar, tal y como hacía Halima, pero había adoptado aquel gesto como una forma de serenarse, de conectar con cada nueva persona que iba a tratar de ayudar.

Tomó aire un par de veces y enseguida se dispuso a hacer su trabajo.

Levantó la sábana para examinar hasta dónde alcanzaba el daño y se le encogió el corazón.

—¿Quién ha sido capaz de realizar semejante carnicería?

La niña no la escuchó, o tal vez sí, pero prefería no responder.

—Vamos a ver, para empezar hay que bajar esta fiebre —murmuró para sí misma, luego rebuscó en el saco—. Vamos a probar con jengibre para inducir la sudoración y algo de menta para aliviar los síntomas. Esto ayudará.

Ordenó a la niña que preparara un cazo con agua y lo pusiera a hervir.

—Y tendremos que controlar la infección, así que añadiremos albahaca y también equinácea —continuó bisbiseando, concentrada en la respiración y el ritmo cardíaco de la paciente.

Al filo del alba, Aurora estaba exhausta pero satisfecha.

Con un poco de suerte la mujer sobreviviría.

Por el momento, ella no podía hacer más.

Se despidió de la muchachita con la orden de que la alimentara con caldo de huesos; le hubiera gustado que comiera hígado para recuperarse de la anemia que le habría provocado la hemorragia, pero bien sabía ella que en aquellos tiempos de escasez y desabastecimiento era poco realista.

Pidió que la mandara avisar si empeoraba y, ante su cara de susto, prometió volver la noche siguiente para comprobar cómo evolucionaba.

Durante los siguientes cinco días, Aurora regresó a la casa una vez que el sol se había ocultado para vigilar los pequeños cambios que se iban produciendo en su paciente.

Pasó muchas horas velándola, preguntándose cómo una mujer podía pasar por algo así de forma voluntaria.

—Esto está mejor —se congratuló Aurora al entrar en la casa la sexta noche—, mucho mejor.

La mujer parecía haber desistido de su empeño por cruzar al otro mundo, al menos por el momento. Había recuperado el color y estaba consciente. Aurora comprobó que la fiebre, sin desaparecer por completo, había bajado ligeramente.

—¿Puedo?

Era la primera vez que la encontraba despierta y, aunque había hecho eso mismo en cada visita, en esa ocasión pidió permiso para examinarla bajo el camisón. La mujer se lo concedió con un débil asentimiento.

—Me llamo Aurora —se presentó con intención de distraerla de la incomodidad más que otra cosa.

—Filomena… Gracias por no dejarme morir.

—Eres fuerte y tienes ganas de vivir, el mérito de tu recuperación es solo tuyo.

Se hizo un silencio mientras Aurora se limpiaba las manos tras la exploración.

—¿Cuándo estaré bien? —preguntó Filomena—. Ya sabes… para volver a trabajar.

Hasta ese instante, Aurora no había caído en la cuenta, pero el tono le hizo comprender que era prostituta.

—Ahora solo debes pensar en ponerte bien —respondió—, el resto irá viniendo. Eres joven y verás que muy pronto todo esto no es más que un mal recuerdo.

—No creo que pueda olvidarlo nunca…

La mano de Filomena viajó hasta colocarse sobre el vientre y una tímida lágrima rodó por su sien para perderse en su pelo enmarañado. Aurora supo sin lugar a dudas a qué se refería y la compadeció en lo más profundo de su ser.

—No lo harás, pero aprenderás a vivir con ello.

Permaneció un rato a su lado en silencio, acompañando su dolor. Cuando se percató de que empezaban a cerrársele los ojos, se levantó para dejarla descansar.

—¿Volverás mañana? —inquirió la joven con esfuerzo.

Filomena ya había superado lo peor, pero Aurora intuyó que lo que más podía entorpecer su recuperación era la inmensa soledad en la que parecía ahogarse.

Excepto la niña árabe que pululaba por la estancia con la discreción de una sombra, no había visto a nadie aparecer por allí en todo el tiempo que estuvo visitándola. Asintió, no tenía corazón para negarse.

Aurora regresó esa noche y también la siguiente. En cada ocasión apreciaba los avances en el estado físico de Filomena, pero le seguía preocupando la apatía en la que parecía sumirse tras la pérdida.

—Lo había dejado, ¿sabes? —Ante la mirada de incomprensión de Aurora, aclaró—: Lo de ser puta, lo había dejado. Incluso llegué a comprar un pasaje a Marsella para instalarme en la metrópoli, tengo una tía allí.

—¿Qué pasó?

—Que soy idiota, eso pasó. En los días que esperé a que zarpara mi paquebote conocí a un hombre.

No uno cualquiera, no te vayas a pensar…

¡Era tan guapo el muy cabrón! Tiene guasa que yo, con lo harta que estaba de hombres, me fuera a enamorar hasta las trancas del primer chulo que se me cruzó por el camino.

Pero así fue. Ahora, que además de guapo era listo, eso hay que reconocérselo, porque bien que me engañó.

Me hizo creer que bebía los vientos por mí, que quería comenzar una vida juntos, formar una familia…

¡Ja! Ahora me escucho decirlo y suena tan ridículo…

No sé cómo pude picar el anzuelo. Pero lo hice, bien que lo hice.

Por unos instantes se perdió en sus recuerdos, al poco volvió a hablar.

—Una mañana me desperté desnuda después de toda una noche fundiendo nuestros cuerpos y él no estaba.

Mi pasaje de la Compagnie Générale Transatlantique y los ahorros con los que iba a empezar una nueva vida, tampoco.

¿Sabes lo peor? Que las sábanas todavía olían a él y, mientras me deshacía en llanto al darme cuenta del engaño, hundía la cara en la almohada buscando su olor.

—Si te consuela, no eres la única que ha hecho alguna tontería por un hombre —contestó Aurora, pensando en Rodrigo y en que, en su caso, la mayor tontería había sido desconfiar de él como lo había hecho y, por supuesto, alejarse de su lado.