Capítulo 37 #3
—Descuida —prometió Estrella sosteniéndole la mirada—, pase lo que pase, tus hijos no se quedarán solos.
* * *
Olvido jugaba con la niña a hacerle cosquillas. Se perseguían por toda la casa y luego se revolcaban por el suelo muertas de risa. Ni siquiera oyeron llegar a Estrella.
—¿Pero qué está pasando aquí? —exclamó al encontrarse con el salón revuelto sembrado de cojines por el suelo.
—¡Es la guerra! —respondió Olvido, que corría detrás de la pequeña. No se dio cuenta del sobresalto que sus palabras causaron en Estrella—. ¡La guerra de las cosquillas!
Poniéndose de acuerdo, ambas cambiaron de dirección para asaltar a Estrella a traición.
—¡Quillas, quillas! —gritaba encantada la niña con su lengua de trapo.
Olvido percibió que algo ocurría.
—Vamos, pequeña, ya está bien de tanta carrera —dijo, cogiéndola de la mano y llevándola hacia la cocina—. ¿Te apetece un vaso de leche con un sobao?
La niña palmeó entusiasmada. Mientras las dos mujeres observaban con deleite cómo se llenaba de migas la barbilla, un silencio reposado lo envolvió todo.
—Soy muy feliz —dijo Olvido de repente. Estrella la miró sorprendida, alzando una ceja—. Solo quiero que lo sepas.
Lo que no dijo es que tanta felicidad la aterraba, y ante el temor de que ocurriera algo que la destruyera, quería asegurarse de que Estrella conocía sus sentimientos.
—Tengo algo que contarte —anunció Estrella, recuperando la seriedad—. ¿Recuerdas a Encarna, la mujer que daba el pecho a la niña?
En pocas palabras le resumió el encuentro en la relojería y la petición de la mujerona de alimentar al refugiado político hasta que las aguas volvieran a su cauce.
Olvido apartó su mirada para enfocarla en la niña que, ajena a todo, disfrutaba del dulzor del sobao remojado en leche. Así permaneció unos minutos, como si no hubiera escuchado a Estrella. Al cabo, dijo:
—Por fin puedo dormir, ¿sabes? Te parecerá una tontería, pero hacía tanto tiempo que no descansaba una noche entera que casi había olvidado lo que era.
Ya no me acechan mis viejos fantasmas, aunque sé que nunca se marcharán del todo.
No me puedo confiar. El recuerdo de Luis y lo que le hice…
—Cerró los párpados un instante—. Su recuerdo vivirá conmigo para siempre.
¿Y sabes por qué? Porque ciertas personas se creyeron con derecho a dirigir nuestro futuro, a que el mundo girase al son que ellos marcaban.
Porque ellos lo decidieron, nos vimos en medio de una guerra fratricida sin sentido.
Porque ellos lo decidieron, jóvenes como Luis no fueron capaces de soportar el miedo.
Porque ellos lo decidieron, personas como yo los traicionamos.
—Olvido…
—Y ahora que consigo dejar de mirar hacia atrás para hacerlo hacia delante, cuando me había atrevido a pensar que yo también merezco pertenecer a algo, a un hogar, a una familia, me dices que vas a ayudar a esa misma gente. A los que me destrozaron la vida a mí, a Luis y a tantísimos otros.
Olvido no dijo más, estaba a punto de echarse a llorar y no quería hacerlo delante de la niña. Se dejó abrazar por Estrella, pero aquello no alivió su angustia.
—Sé lo que opinas de la política y lo entiendo después de todo lo que has vivido —dijo Estrella—.
Pero se trata solo de echar una mano a un hombre que lo necesita.
Encarna me ha prometido que serán unos días, solo hasta que encuentren cómo sacarlo de Argel.
Sería nuestra forma de colaborar con la causa.
—¿Qué causa es esa? Sea cual sea, ¿no crees que nosotras ya hemos aportado mucho? ¿Demasiado?
—Se trata de un hombre importante con planes importantes. Si entre todos conseguimos que salga de Argelia, se enfrentará a la dictadura y tal vez así recuperemos lo que es nuestro. ¿Acaso a ti no te gustaría volver a casa?
—Tú eres mi casa, Estrella, no necesito nada más.
Estrella suspiró.
—Sabes que te quiero, pero no podemos conformarnos con esta vida de migajas para siempre.
Nos merecemos más. Nos lo merecemos todo.
Y yo quiero volver a España. Quiero recuperar nuestra casa, abrir de nuevo el taller de mi padre, dormir contigo cada noche en mi dormitorio, subir las escaleras de San Rafael…
—Suena bonito —respondió Olvido sin querer discutir.
—Sabes que mientras siga Franco en el poder no hay espacio para ti ni para mí —continuó Estrella—. Ya sabes lo que hacen con las que son como nosotras.
Olvido asintió, sabía perfectamente lo que ocurría. No era ningún secreto que el régimen castigaba e incluso ejecutaba homosexuales y lesbianas, entre muchos otros, sin que le temblara el pulso. Pero no se le escapaba que una guerra le arrebató a Luis y otra podía hacer lo mismo con Estrella.
—Por eso tengo que ayudar, Olvido, porque quiero un futuro en paz.
Olvido volvió a mirar a la pequeña que, ajena a los dilemas de los adultos, mojaba el último trocito de sobao antes de llevárselo a la boca. Se había mojado entera de leche y tenía restos del bizcocho por el pelo. Sonrió con ternura.
—Ojalá lo consigas.