Capítulo 37 #2
Hacía meses que Estrella no acudía a las reuniones de los viernes.
A veces extrañaba la camaradería y los cafés a deshoras, pero desde que su relación con Olvido había cambiado, sus escasos ratos libres quería dedicárselos a ella.
La vida las había mantenido separadas demasiado y estaba dispuesta a recuperar ese tiempo perdido.
Por eso, la visita de Encarna a la relojería en uno de los raros momentos en que el patron se ausentaba y no le andaba respirando en el cogote la sorprendió.
Había dejado de amamantar a la hija de Rocío meses atrás y luego habían perdido el contacto.
—Me ha dicho mi marido que no se te ve el pelo por casa del doctor.
—Buenos días, Encarna —la saludó, haciéndole notar que se había saltado cualquier cortesía.
Encarna no contestó, en cambio, cruzó los brazos sobre su generoso busto, aguardando una respuesta. Estrella se rindió con un suspiro.
—He estado muy ocupada.
—Como todos.
—¿A qué has venido, Encarna?
—A pedirte que arrimes el hombro, pimpolla —respondió la mujer—. No sé si te acuerdas, pero estamos en medio de una guerra.
—Yo no.
—Tú también. Aquí no se libra nadie, esta guerra nos afecta a todos, ¿entiendes?
Lo entendía, y tanto que lo entendía, por más que últimamente hubiera preferido permanecer sorda y ciega a cuanto ocurría más allá de la piel y los labios de Olvido. Ese era todo su mundo ahora, el resto no importaba.
O tal vez sí.
—Yo no te di la espalda cuando viniste a pedirme ayuda —le recordó Encarna—, no me la des tú ahora.
—Te escucho —concedió Estrella, vencida.
Bajando el tono a un murmullo quedo, Encarna le habló de una buhardilla en el quartier de Agha. Le habló de hombres viviendo en la clandestinidad, de redadas nocturnas, de miedo e incertidumbre.
—No lo comprendo. ¿Qué han hecho esos hombres para que los busquen?
—Lo mismo que tú y que yo… ser españoles y tener muy mala suerte en esta jodida vida.
Así fue como Estrella supo de una extensa red de personas anónimas que colaboraban en las sombras para que unos pocos prisioneros de los campos de trabajo lograran una segunda oportunidad.
—Algunos salen escondidos dentro de vagones cisterna, con el agua al cuello, otros, en vagones frigoríficos o en las calderas de la maquinaria que la Compagnie Méditerranée-Niger envía al depósito general para su reparación.
Aquí la imaginación se exprime al máximo, todo vale.
Aunque la mayoría de las evasiones fracasan y los pobres diablos acaban regresando al infierno del que intentaban escapar, a veces, solo unas pocas veces, la fortuna los pilla de cara y alguno lo consigue.
—Así que esos amigos de tu marido que llevaba a las reuniones… —Recordó a aquellos hombres escuálidos que acompañaban al Tato y que nunca hablaban.
—Nosotros solo somos una pequeña pieza de este engranaje, una insignificante —confirmó Encarna.
—¿Y qué es lo que pretendes al contarme todo esto?
Dos noches atrás la policía había llevado a cabo una redada y desmantelado la buhardilla del quartier de Agha.
En el diminuto cuartucho se alojaban a veces cinco, a veces quince hombres.
Unos dormían una sola noche y marchaban hacia un futuro incierto, otros se quedaban con la esperanza de conseguir unos papeles que les permitieran circular y trabajar.
En aquella ocasión sus ocho ocupantes habían sido apresados y estarían ya de regreso al desierto.
Todos salvo uno, que había logrado escapar.
—Es un antiguo dirigente de la CNT, un pez gordo, de los que tuvo cojones para plantarle cara a Franco hasta el final.
Pensábamos que se lo habrían cargado, pero hoy hemos sabido que está refugiado en la casbah, cerca de donde vives.
—Estrella pensó que la intrincada red de callejuelas y pasadizos, con recovecos y terrazas en las azoteas que se comunicaban unas con otras, era el lugar ideal para desaparecer—.
Necesitamos que le lleves comida, al menos en lo que organizamos cómo sacarlo de la ciudad.
Lo están esperando fuera para retomar la lucha.
—¿Y por qué no vais vosotros?
—Porque sospecho que nos están vigilando. En cambio, tú no le interesas a nadie. No creo que se les ocurra averiguar adónde vas o en qué ocupas tu tiempo.
Estrella no se lo tomó a mal. Estaba demasiado ocupada sopesando lo que le acababa de pedir. Observó a Encarna detenidamente y, por primera vez, le pareció percibir grietas en su fortaleza. No había llegado a aceptar, pero Encarna parecía dar por sentado que lo haría.
—Bastará con que le lleves algo de fruta, pan y queso.
Por la mañana y por la noche —enumeró esta sin detenerse, consciente de que cada minuto de más que pasaba dentro de la relojería resultaría sospechoso si, como temía, vigilaban sus pasos—.
Y agua, claro, no se nos vaya a deshidratar.
Y una manta, que debe de estar pelado de frío, ya sabes tú cómo es esta tierra.
—Estrella procuraba seguirla para no perderse nada—. Y una última cosa…
—Tú dirás.
Se la veía cansada y unas profundas ojeras oscurecían su rostro. A pesar de su mal genio, tenía hijos pequeños y sin duda la preocupación de lo que les ocurriría si ella acababa detenida debía de robarle el sueño.
—Si nos cogieran al Tato y a mí…
La fiereza descarnada que bailaba en las pupilas de Encarna era demoledora. Estaba claro que era una mujer de principios, de las que no se amilanaban y sacaban pecho cuando tocaba. Pero, además, era madre, y toda aquella fortaleza se tambaleaba ante el temor de faltarle a quienes más quería.