El abrazo del siroco Capítulo 37
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Capítulo 37

Las últimas semanas habían estado llenas de desasosiego para Rocío.

Después de lo ocurrido con José, no había vuelto a verlo.

Él no había regresado por El Jardín y ella no se atrevió a preguntarle a Violeta si ya había terminado allí su trabajo o si acaso había algún otro motivo que lo mantuviera alejado del burdel.

—Arnau vuelve a estar en la ciudad y quiere verte —anunció Violeta esa tarde—. Te espera mañana donde siempre.

No le dio más explicaciones, tampoco eran necesarias.

Hacía tiempo que Rocío acudía a las llamadas del comerciante cada vez que este pasaba una temporada en Argel.

No había llegado a acostumbrarse, pero sí que había aprendido a evadirse mientras ocurría lo que debía ocurrir.

Gracias a esas visitas habían conseguido salir adelante y eso era lo único que importaba. Al menos, eso se repetía Rocío.

Al día siguiente, Rocío no faltó a su cita en el hotel Albert.

Encontró a Arnau más viejo y más grueso, o tal vez fuera ella, que lo miraba distinto.

Se dejó adular con la cortesía de siempre y accedió a beberse el café al que él la invitaba al inicio de sus encuentros, cuando aún parecía que eran un par de amigos y nada más.

Sin embargo, cuando Arnau se incorporó para acercarse y le acarició el pelo, Rocío se puso rígida.

Sintió la mano del hombre bajar por la curva de su cuello hasta el hombro, allí cambió de rumbo para bajar hacia el pecho y empezar a desabotonarle la blusa.

En ese instante algo relampagueó en su interior.

Fue como un fogonazo que lo iluminó todo.

Una claridad que jamás había tenido antes se instaló en su pecho y, de ahí, al resto de su ser, que le gritaba en silencio que no iba a seguir permitiendo que los hombres la utilizaran.

Ya había tenido bastante. Su cuerpo le pertenecía y no iba a volver a compartirlo si no era su deseo. No se vendería nunca más.

—¡No! —La fuerza de su propia voz la sorprendió y dejó la mano de Arnau en suspenso sobre su escote.

—¿Disculpa?

—He dicho que no. —Esta vez la voz le flaqueó, pero no iba a dar un paso atrás. Apartó la mano de Arnau y devolvió los botones a sus ojales con movimientos ágiles.

—¿Acaso estás en tus días? —le preguntó, todavía sin comprender lo que estaba sucediendo—. Porque si se trata de eso…

—No estoy en mis días —aclaró—. Simplemente he decidido que no voy a acostarme contigo.

Arnau arrugó el entrecejo.

—Piénsalo bien, no vayas después a arrepentirte de este arrebato —argumentó él—. Tenía entendido que te hacía falta.

—¿Y por eso decidiste aprovecharte? Te beneficias de mis miserias para poder meterte bajo mi falda cada vez que vienes por aquí. ¿Te has parado a pensar qué pienso yo de todo esto? ¿Qué es lo que siento?

El rostro de Arnau mostró a las claras su contrariedad.

—No necesito que me des lecciones de moral. No es por eso por lo que pago.

—Sé muy bien por lo que pagas, y ¿sabes qué? —alzó la barbilla temblorosa—. Que de mí no volverás a conseguirlo.

Cuando Rocío se marchó de la habitación del hotel donde perdió la última pizca de su inocencia, pero también donde había sido capaz de recuperar su dignidad, lo hizo con el corazón en un puño porque sabía que su decisión traería consecuencias.

No solo significaba que dejaría de contar con aquella importante fuente de ingresos, sino que Violeta se molestaría, tal vez hasta la despediría de El Jardín.

Pero no estaba dispuesta a dar marcha atrás.

Ya no. Por primera vez en su vida, Rocío estaba decidida a pensar en ella.

Una vez fuera, el sol amable de aquella media mañana de comienzos del invierno la ayudó a templar sus ánimos.

Pero se dijo que, ya puesta, bien podía rematar otro asunto que no la dejaba tranquila.

Así fue como se encaminó al edificio de la Grande Poste sin dejarse impresionar por su escalinata de mármol, su triple arcada en herradura, sus columnas o las tres cúpulas octogonales tan blancas que resplandecían desde las alturas.

Allí subió a un tranvía que la llevó pasando primero por la place Sarrail y después, bordeando el puerto, por el Jardín d’Essai, donde por dos francos y medio se podía visitar el pequeño zoológico con la fauna propia de África del norte para, a continuación, recorrer el último par de kilómetros hasta la barriada de Hussein Dey, donde se concentraban gran parte de las fábricas y naves industriales de Argel.

Conocía el nombre de la carpintería en la que trabajaba José, así que solo necesitó preguntar a un par de trabajadores por el atelier de menuiserie Alcaraz, y en la callejuela de atrás lo encontró en su pausa para el almuerzo.

—No te levantes, seré rápida —le dijo deteniendo el gesto instintivo del muchacho al verla.

Y, sin darle tiempo de reaccionar, continuó—: He venido solo para decirte que no quiero sentirme en deuda contigo.

Así que hoy mismo desmontaré la cama que me regalaste para que te la puedas llevar.

—Rocío, que no tenía ni idea de cómo lo haría si ni siquiera sabía manejar un destornillador, se detuvo un instante para coger aire, pues había soltado aquello de carrerilla—.

Ya está, eso es todo, espero que te aproveche.

Satisfecha con haber conseguido en un mismo día sacar de su vida a dos hombres que habían pretendido aprovecharse de su vulnerabilidad, Rocío fue a darse la vuelta.

—No lo hagas.

—No me digas lo que tengo que hacer.

—No es eso —reculó José con prudencia—. Solo pretendo decir que era un regalo sincero, no tienes que devolvérmelo.

—¿Y pasarme el resto de mi vida pensando en cuándo vas a volver para intentar cobrártelo? No, gracias.

—Yo no intentaba cobrarme nada, yo solo…

—Tú solo, ¿qué? ¡Si sois todos iguales! —explotó al fin con toda la tensión contenida tras su desencuentro con Arnau—.

Los hombres pensáis que las mujeres somos un pedazo de carne sin sentimientos, que podéis hacer con nosotras lo que os venga en gana si pagáis por ello.

Y te digo una cosa, ¡yo no estoy en venta! Ya no, ¿me oyes? Ya no.

Las lágrimas de rabia que afloraron a sus ojos no le impidieron a Rocío ver, por cómo cambiaba la expresión de José, que fue en ese preciso instante cuando él empezó a comprender. Se había equivocado, Violeta no le había contado lo de su cliente especial. Sin pretenderlo, acababa de hacerlo ella.

—Rocío, lo siento… —balbuceó José—, no sabía…

—Da igual —contestó secándose las mejillas, aunque no era cierto. Se arrepentía de haber hablado demasiado, pero ya era tarde—. Es mejor que lo olvides.

—¿Olvidarlo? De haberlo sabido jamás habría intentado acercarme a ti de esa manera —afirmó pasándose la mano por el pelo—. Ahora no me extraña que pensaras esas cosas horribles de mí. Si pudiera dar marcha atrás…

—¡¿Qué?! Si pudieras dar marcha atrás, ¿qué harías? —preguntó Rocío levantando los hombros, de pronto sintiendo un cansancio infinito.

—Te habría confesado desde el principio que estoy enamorado de ti —le respondió mirándola a los ojos—. Que me enamoré en un cuarto para las escobas y no he dejado de pensar en ti desde entonces.

—José, por favor… —trató de interrumpirlo.

—Te diría —continuó él acercándose a ella— que jamás haría nada que tú no quisieras. Que estoy dispuesto a esperar lo que haga falta, a darte todo el tiempo del mundo si es eso lo que necesitas. Pero, sobre todo, te diría que te quiero.

Rocío boqueó. Miró a su alrededor, como buscando una salida, una vía de escape a los sentimientos que las palabras de José removían en ella.

Porque, ¿qué era lo que sentía? Ya ni siquiera estaba segura.

Un leve roce la sacó de sus angustiosas cavilaciones y al bajar la vista vio la mano de José acariciando la suya, con suavidad, casi con temor a que ella saliera huyendo de su vida para siempre.

Aquel contacto trajo consigo el recuerdo de los besos que se habían dado en el umbral de casa, del reconfortante calor del cuerpo de José tan cerca del suyo, de su olor a madera y cuero.

Rocío no sabía lo que era estar enamorada, a decir verdad, no sabía nada del amor más allá del que sentía por su hija y sus hermanas.

Había llegado a convencerse de que podía vivir sin ese amor romántico por un hombre, que no lo necesitaba.

Pero ¿y si estaba equivocada? Algo en su interior le decía que José era el adecuado para ayudarla a sanar sus viejas heridas.

Quizá no fuera capaz de hacerlo, pero ¿estaba dispuesta al menos a intentarlo?

Rocío suspiró y volvió a levantar la vista para mirar a José a los ojos.

* * *

Para disgusto de Estrella, sus deseos no se habían cumplido y finalmente monsieur Moatti, quien se resistió hasta el último momento a malvender un negocio al que había dedicado toda una vida, perdió la relojería, que pasó a manos de un francés remilgado imposible de contentar.

El nuevo patron lo desconocía todo del preciso y delicado mundo de los segunderos y las sonerías, andaba de acá para allá dando órdenes a voces y manoseando sin cuidado piezas que requerían de una delicadeza exquisita y que, por el contrario, trataba con una irritante indiferencia.

Por el momento, Estrella solo le había descubierto una virtud: era extraordinariamente hábil cuando de sacarla de sus casillas se trataba.

Con todo, necesitaba aquel empleo, así que se guardó sus ganas de mandar al cuerno al nuevo patron y dejarle bien claro que no le llegaba ni a la suela de los zapatos a monsieur Moatti.