El abrazo del siroco Capítulo 36 #3
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Capítulo 36 #3

En esos tiempos añoraba más que nunca el apoyo del doctor Galindo.

Aún sentía un estremecimiento al recordar la madrugada, antes de que las primeras luces acariciaran los racimos gruesos que aguardaban pacientes ser recogidos, en la que el pobre Ibrahim acudió a su encuentro con el espanto pintado en su rostro moreno.

Habían encontrado al médico en la bodega, estaba muerto.

Al escucharlo, Rodrigo acudió raudo, pero al descubrir aquel cuerpo inerte colgando del borde de la cuba, supo que nada podía hacerse ya.

El temido tufo del vino, que se producía durante la fermentación alcohólica de la uva y que desplazaba el oxígeno, era silencioso pero mortal.

Todos allí lo sabían y lo temían. Por eso mismo, las normas de ventilación y precaución eran estrictas en todo el recinto.

No se explicaba cómo Galindo había podido ser tan imprudente de adentrarse en la bodega él solo en plena noche, menos aún de asomarse a la cuba.

Se había repetido esa misma pregunta un millar de veces y ninguna de las respuestas que se le ocurrían lograba aplacar su ánimo.

Como si la ausencia de su viejo amigo no fuera suficiente, la incorporación de Michel como nuevo médico del Soleil d’Oran había sido un error catastrófico.

Y no solo por su inexistente simpatía, su escasa profesionalidad o su dudosa integridad; por desgracia, era mucho peor que todo eso.

Se consolaba pensando que lo había contratado porque no le quedó otra, desbordado como estaba en plena vendimia y sin nadie que atendiera el dispensario, aceptó aliviado al primer candidato que llamó a su puerta.

Claro que entonces no sospechaba lo que ahora.

Desde que Michel se paseaba por el viñedo a sus anchas, apenas podía dar un paso sin sentirse observado.

Aun sin poder demostrarlo, no le cabía duda alguna de que el galeno era una extensión de Bruno Blanchard, una especie de marioneta colocada a conciencia para que vigilara sus movimientos de cerca.

El que había estado a punto de convertirse en su suegro era ahora una de sus mayores amenazas.

Por desgracia, deshacerse de Michel hubiera sido peor que tenerlo cerca, y es que a los enemigos es mejor tenerlos controlados.

Lo más inteligente era continuar con sus rutinas…

a excepción, por supuesto, de su colaboración en las fugas de los presos del desierto que, para exasperación suya, debió suspender.

Aquello era algo que le hacía hervir de impotencia las entrañas, más si cabe tras la inauguración en diciembre del primer tramo del transahariano que unía Bou Arfa con las minas de Kenadsa; para celebrar tan señalada ocasión, además de las autoridades coloniales de Vichy, cuarenta y siete trabajadores fueron obligados a asistir ataviados con uniformes militares que a malas penas disimulaban sus cuerpos consumidos y sus miserias.

Al menos a Rodrigo le quedaba el consuelo de que Aurora seguía fuera del alcance del commissaire.

Ahora que sentía el aliento de Michel en su cogote, no podía continuar tras su pista sin ponerla en peligro, por lo que se vio en la necesidad de dejar aquel asunto en manos de Bernabé Toca.

Sin embargo, en esos días el cónsul tenía sus propios problemas, que no eran pocos.

La policía de Vichy había elaborado listados de todo aquel que supusiera una amenaza para la colonia: falangistas que pretendían recuperar el Oranesado para España, miembros del Auxilio Social, comunistas, anarquistas…

En Orán se señalaron más de quinientos nombres y se llevó a cabo una redada gracias a un chivatazo en la que se desmanteló gran parte de la organización comunista, cuyos miembros resultaron ser trabajadores de una pequeña fábrica de jabón.

—Para esto me insistía tanto el commissaire en que le pasara el nombre de mis empleados —protestó Rodrigo, dando un largo trago a su copa—. Parece que últimamente ser español es llevar una diana en la espalda.

—Suerte que tú no lo eres —respondió Bernabé—, al menos sobre el papel.

—Pero tú sí.

—Eso no importa, ya sabes que tengo inmunidad diplomática. Y si las cosas se pusieran feas, siempre puedo subirme a un avión para refugiarme bajo las faldas de Franco.

Estaban en el Gandía, donde el cónsul lo había citado con cierta urgencia.

—No deberías beber tanto —advirtió Bernabé al ver cómo Rodrigo apuraba su vino y se pedía otro—, no vas a conseguir arreglar mucho con eso.

—Ahora va a resultar que querías que nos viésemos solo para darme un sermón.

Bernabé levantó los brazos, dejando claro que no era aquella su intención.

—En realidad, quería decirte algo —anunció—. Antes o después te ibas a enterar y prefiero que lo sepas por mí.

Rodrigo clavó en él una mirada vidriosa, a la espera del golpe que sin duda estaba a punto de recibir.

—El commissaire Blanchard no solo no se ha olvidado de Aurora —soltó a bocajarro Bernabé, consciente de que no había manera de suavizar la noticia—. Además, ha prometido una recompensa a quien pueda darle información de su paradero.

Rodrigo, desoyendo los consejos de su amigo, vació de un trago el vino. Sintió náuseas y supo que no era por culpa del alcohol.