Capítulo 36 #2
Tras su boda, Halima abandonó su hogar con el corazón encogido.
Atrás quedaba cuanto había conocido o amado.
Por delante, lo desconocido, lo temido, pues a partir de ese día caminaría tras los pasos del hombre que la había deshonrado.
Su padre se lo había recalcado en la escueta despedida: así debería ser hasta el final de su vida.
Halima, poco más que una niña, sentía verdadero pavor por quien se había convertido en su esposo.
Por más que le aterrara su sola presencia, cuando llegó la noche no puso objeción alguna a acostarse a su lado, educada como estaba en la sumisión.
Esperaba otro envite como el ocurrido durante su primer encuentro, el que había supuesto su condena pese a haber sido forzado.
La sorpresa llegó cuando Risto ni siquiera la miró.
Lo escuchó durante varias horas mascullando y maldiciendo hasta que en un momento dado agarró su petate y salió del gurbi, la destartalada casa de pastores abandonada en la que se habían refugiado al atardecer.
—Al cuerno con ese maldito moro y sus maldiciones de pacotilla —farfulló con rabia—.
No pienso cargar con esto. ¡No pienso cargar contigo!
—añadió dándole un puntapié al pasar por su lado—.
¿Me oyes? Ya se lo puedes decir a tu padre, que sus conjuros no valen una mierda conmigo. ¿Qué cojones se habrá creído…?
Halima no movió un músculo. Dejó que la ristra de improperios se fuera desvaneciendo conforme Risto se alejaba.
Con los ojos acostumbrados a la oscuridad, vio su figura inmensa desaparecer en dirección al pueblo.
Acomodó su cabeza sobre el saco de piel de camello donde había metido sus escasas pertenencias con el presentimiento de que pronto volvería a verlo. Acertó.
—¡Joder, joder!
La voz de Risto la arrancó del duermevela en el que había caído. Al abrir los ojos descubrió que era noche cerrada y que su esposo estaba de vuelta.
—¡Haz algo para arreglarlo! ¡Venga!
Aturdida todavía, lo vio bajarse los pantalones ante ella y sacudir su miembro mustio con rabia.
—El cabrón de tu padre tenía razón, lo que sea que me hizo funciona y no consigo que se me levante. ¡Joder! ¿Me estás oyendo, vacaburra? ¡Vamos! Eres su hija, de alguna manera podrás arreglarlo. Como se me acabe poniendo como una berenjena y se me caiga a pedazos, te juro que te muelo a palos.
Halima comprendió al instante. No necesitó que le contara cómo en su huida se había cruzado una joven moza con la que le pareció buena idea desahogar la frustración acumulada.
Ni cómo la tumbó sin dificultad entre unos matorrales al borde del sendero.
Tampoco que cuando ya se había bajado los calzones, descubrió con horror que su pene no era más que un colgajo inerte.
Risto era grande y fuerte, pero también analfabeto y supersticioso, y la sugestión puede llegar a ser muy poderosa.
Seguramente el propio miedo a que las palabras del chamán resultaran ser ciertas había sido la causa de que no lograra su objetivo.
Ella sabía que su padre, aun siendo un gran conocedor de plantas y remedios, nada podía hacer para comprometer la virilidad de ningún hombre desde la distancia.
Aunque, por supuesto, no se lo dijo a su esposo.
En cambio, una idea tomó forma en su cabeza.
Tal vez, después de todo, su vida se había unido a la de él por alguna razón. Una más importante que cualquier otra.
Recordó que las había visto por el camino poco antes de llegar al gurbi.
Las conocía de sobra, pues desde que le fallara la vista, su padre le había pedido en numerosas ocasiones que las recolectara para luego usarlas en sus preparaciones.
La adormidera tenía múltiples usos, bien lo sabía ella gracias a las veces en que se asomó sin permiso cuando los pacientes acudían en busca de alivio a sus males.
Podía desde acabar con una tos persistente o aliviar un dolor hasta cortar diarreas.
Sin embargo, no era en eso en lo que estaba pensando.
La impotencia masculina era uno de los efectos que podían aparecer tras fumar aquella pasta que ella sabía elaborar con los ojos cerrados.
Sobre todo si se adquiría la costumbre de consumirla con cierta frecuencia.
Miró al hombretón a los ojos por primera vez desde que se conocían y la voz no le tembló lo más mínimo.
—Sé lo que hay que hacer —asintió, al tiempo que se hacía la firme promesa de que a partir de entonces ninguna otra mujer sufriría lo que ella a manos de Risto.
—Pues hazlo, burra estúpida, y más te vale que funcione para que mi polla siga en su sitio.
Esa noche, antes de cerrar los ojos, Halima se perdió en aquel firmamento repleto de estrellas titilantes, comprendiendo al fin por qué su vida se había unido a la de aquel cristiano.
«Alá es grande».
* * *
Con los años, Halima había aprendido a disfrutar de la agonía que suponía para Risto vivir bajo la constante amenaza de una maldición que no existía más allá de su cabeza.
A veces le había hecho creer que escaseaban las flores, solo para regodearse en la expresión de pánico que se apoderaba de su esposo.
Por supuesto que podría haber acabado con él aumentando la concentración del preparado, solo que eso supondría un final demasiado compasivo para un ser tan despreciable.
Él se merecía más; más sufrimiento y más miedo.
Y ella simplemente se lo daba en pequeñas dosis, como el más efectivo de los venenos, para mantenerlo justo donde ella quería.
Puede que, después de todo, Halima no tuviera un alma tan limpia como Aurora creía.
—No llores —la consoló Halima secándole una lágrima—, piensa en toda la gente a la que vas a ayudar.
Aurora se marchó preguntándose de qué le servía ayudar a tantas personas si no podía hacerlo con las que de verdad quería.
* * *
A comienzos de 1942, el panorama era desolador.
Un mes antes, los japoneses bombardearon el lejano puerto de Pearl Harbor, lo que provocó que Estados Unidos entrara a formar parte del conflicto.
Los soviéticos habían expulsado a los alemanes de las afueras de Moscú en una sangrienta contraofensiva en tanto que los nipones desembarcaban en la Indochina francesa dispuestos a ocuparla.
El mundo entero parecía haber perdido hasta el último ápice de cordura y, en medio de aquella vorágine, Rodrigo Morague se encontraba haciendo malabares para garantizar la supervivencia de su viñedo.
Los tratos con los alemanes habían resultado mejor de lo esperado.
Apreciaban el buen vino, eran educados y compraban sin preocuparse demasiado de los precios.
Todo habría sido perfecto de no ser porque, pese a sus uniformes impecables y sus saludos corteses, eran despiadados, crueles incluso.
No podía confiarse con ellos. No debía hacerlo.