El abrazo del siroco Capítulo 36
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Capítulo 36

—¡No te consiento que vuelvas a ponerme en evidencia! Joder, debo de ser el hazmerreír de la compañía —la voz de Risto tronó con tal fuerza que unos gorriones que descansaban cerca alzaron el vuelo asustados—. Ahora mismo vas a decirme dónde vas por las noches.

Observado por su esposa, recorría la choza con pasos vigorosos y resoplidos furiosos. Todo su cuerpo estaba en tensión, como probaba una palpitante vena del cuello que parecía a punto de estallar. Halima respondió en un tono calmado, en un vano intento de que el temido estallido no se produjera.

—Solo salgo a pasear, eso es todo.

—¿Me tomas por idiota?

—Claro que no.

Si las continuas borracheras a las que Risto se mantenía fiel no fueran suficientes, los pitillos de cada noche lo sumían en un sueño tan profundo que nada lo hubiera podido despertar, manteniéndolo así ajeno a las entradas y salidas de su mujer.

Pero la mala fortuna quiso que un parroquiano tan amante del boukha como él, solo que algo más avispado, le dejara caer que había visto a Halima vagando entre las sombras la noche anterior.

—Pero pretendes que me crea que sales a caminar de madrugada sin más motivo que tomar el aire.

—Es que es lo que hago.

—Lo que haces es mentirme como una bellaca y dejarme en evidencia delante de todos. Pero ahora mismo te voy a quitar las ganas de seguir haciéndolo. Por mis muertos que sí.

Risto se desabrochó el cinturón y de un tirón lo deslizó por las trabillas con un siseo aterrador.

Halima no hizo amago alguno de escapar, bien sabía ella que no había escapatoria posible.

Cerró los ojos y recibió el primer golpe con los labios apretados para no gritar.

Estaba bien entrenada y sabía cómo no sucumbir al dolor.

Sin embargo, aquella vez fue diferente.

* * *

Aurora asistía al derrumbe progresivo de la Alegría con el temor agarrado a las entrañas.

Para el resto de integrantes de la compañía la situación tampoco era sencilla, pues solo se cobraba si se actuaba, lo que cada vez ocurría con menor frecuencia.

Pese a que se sentían como una gran familia, algunos ya empezaban a comentar la posibilidad de buscar suerte lejos de los escenarios.

Les dolía, pero de algo había que comer.

Y Aurora no dejaba de preguntarse qué sería de ella si lo que más temía acababa por ocurrir.

Sin el respaldo ni la protección de Gumersindo se encontraría completamente sola en medio de aquella tierra hostil que, además, estaba en el punto de mira del mismísimo Hitler.

Se encontraban en Orleansville, varados como ballenas desde hacía días en tanto Gumersindo se devanaba los sesos tratando de decidir qué nuevo rumbo tomar, adónde dirigir sus pasos y los de la compañía en busca de mejor suerte.

Aburridos y angustiados a partes iguales, el elenco se había repartido como había podido por el pueblo para dejar pasar las tediosas jornadas en tanto aguardaban la orden de continuar hacia un nuevo destino.

Orleansville era una ciudad amurallada con avenidas rectas y arboladas que contaba con hospital militar, palais de justice, iglesia, mezquita y un mercado cubierto.

Allí, cerca de la place Victor Hugo, Aurora dormía en una de las habitaciones de una familia que, amablemente, le cedió el espacio junto con un plato de comida al día y la posibilidad de asearse en el barreño por las mañanas a cambio de que les echara una mano con algunas tareas de la casa.

Sabía que Halima y Risto se habían retirado al quartier Sud, poblado por árabes en su mayoría.

A él no le gustaba la gente, sentimiento que solía ser recíproco, por lo que optó por instalarse en una especie de corral en ruinas con solo medio techo y mil corrientes.

Al menos por el día su amiga se acercaba a la plaza y allí podían hablar al sol mientras la amazigh remendaba la ropa de las representaciones, más por costumbre y por mantener las manos ocupadas que por necesidad.

Pero llevaba dos jornadas sin verla y un mal presentimiento se le había instalado en la boca del estómago.

Esperó a que anocheciera. Sabía que Risto no perdonaría su cita en la taberna de turno, jamás lo hacía.

Allí era donde gastaba hasta el último franco y, cuando esto ocurría, no dudaba en ganarse un trago apostando con quien se atreviera a retarlo a un pulso o a puñetazos.

Lo vio abandonar el corral y, arrebujada en su chaqueta, sintiendo el frío erizarle la piel, aguardó aún unos minutos para cerciorarse de que no regresaba.

—¿Halima? ¿Estás aquí? —preguntó tanteando las paredes, con cuidado de no tropezar—. No se ve nada aquí dentro.

—Aurora —Halima respondió entre las sombras—, ¿qué estás haciendo aquí?

Su voz la ayudó a orientarse. Su amiga estaba en un rincón, ovillada sobre el suelo, envuelta en sus sayas blancas de las que solo asomaban sus pies.

—¿Cómo que qué hago aquí? ¿A ti qué te parece? Hace días que no sé nada de ti, estoy preocupada.

—No deberías haber venido, si él regresa…

—Aquí hace un frío terrible.

—Eso no tiene importancia.

—¡Y tanto que la tiene! ¡Vas a coger una pulmonía!

—Alá tiene otros planes para mí, no te inquietes por eso. —En esa ocasión Aurora no disimuló un resoplido de impaciencia al oírla—. Él te ha traído aquí con un propósito…

—Por supuesto que sí —concedió por una vez—, convencerte de que salgas de este maldito agujero y te vengas conmigo.

En ese preciso instante, el cielo nocturno se despejó lo suficiente como para permitir que la débil luz de las estrellas iluminara la escena.

—Cielo santo… —A Aurora se le heló la sangre.

La visión de Halima era estremecedora. Numerosos cardenales recientes marcaban su piel de aceituna.

Heridas con mal aspecto abundaban en las escasas zonas que quedaban visibles.

Aquel cuerpo maltratado dejó sin respiración a Aurora, que se había llevado la mano a la boca para ahogar un grito de espanto.

—¿Cómo ha podido hacerte esto? ¡Es un monstruo!

—Tú no lo entiendes…

—¿Que no lo entiendo? —se ofuscó—. Lo que no entiendo es cómo puedes estar tan ciega, ¿acaso vas a esperar a que te mate para darme la razón? No puedo permitirlo, ahora mismo voy a hablar con Pineda. Él sabrá qué hacer.

—No harás nada de eso —la detuvo Halima sujetándola con firmeza.

Aurora notaba el frío de la noche calándole en los huesos, entumeciéndole el cuerpo y la mente. No comprendía a su amiga. Por mucho que esta le hablara de Alá, ¿qué sentido tenía dejarse machacar así? La siguiente, porque estaba segura de que la habría, podría ser la última.

—Mi saco está en aquel rincón, tráelo.

La voz de Halima estaba revestida de determinación, Aurora obedeció.

Conocía el contenido de aquel saco de piel de camello como la palma de su mano, buscó una bolsita con un ungüento a base de árnica y aloe vera mezclados con grasa de oveja.

Con extrema delicadeza ayudó a Halima a desnudarse y se mordió el labio para contener la rabia que pugnaba por salir al ver cómo aquel bruto se había ensañado.

Tomó una bocanada de aire para apartar la ira creciente y se concentró en la tarea que tenía por delante.

Puso especial cuidado en no provocarle más sufrimiento y, despacio, lavó cada uno de los cortes ayudándose de una garrafa de agua que Halima le indicó y un pedazo de tela que arrancó de su propio vestido.

A continuación, aplicó el ungüento sobre las heridas notando cómo el escozor encogía a Halima.

Sopló para aliviarle el dolor y también para aplacar su propia frustración.

—Estás preparada —fue el veredicto de Halima, con la voz agotada por el sufrimiento—. Lo sé desde hace tiempo, ha llegado el momento.

—¿El momento de qué?

—De que tomes el relevo.

La amazigh no dijo más, no fue necesario. Aurora comprendió que no se refería a sus funciones en la compañía, sino al trabajo que desempeñaba cada noche, el que de verdad le importaba.

—No digas bobadas, tú —objetó—, tú…

—Yo no puedo continuar, por eso Alá te mandó a ti.

—Todo esto es absurdo, te vas a recuperar y volverás a visitar a los enfermos.

—Me recuperaré —concedió—, pero Risto no permitirá que vuelva a moverme con libertad.

—¡Pero él no puede retenerte! Halima, por favor, tienes que entrar en razón.

—Así es como deben ser las cosas y está bien que así sea. —Aurora no era capaz de responder, abrumada por la resignación de su amiga—. No te estoy pidiendo que me comprendas, tan solo que respetes mi decisión. ¿Serás capaz?

¿Lo sería? Aurora no estaba segura. Halima era la única persona que se preocupaba por ella, que la cuidaba y protegía. ¿Debía abandonarla en manos del salvaje de su marido? Tragó saliva y asintió despacio.

—Eso está mejor. —Halima no podía distinguir su gesto en la oscuridad, pero debió de intuirlo, como hacía siempre con todo.

Sin más, le dio un pequeño empujón al saco que estaba entre ambas, para acercarlo hasta Aurora, quien lo estrechó con fuerza contra su pecho.

—Las cosas no tienen por qué ser así —murmuró en un último y desesperado intento—, puedes deshacerte de Risto y librarte de sus torturas. ¿Por qué no le damos una dosis definitiva de adormidera? Se acabarían todos tus problemas.

—Júrame que no harás nada parecido —exigió Halima.

—Pero…

—Sin peros. Risto es mi marido, nuestra unión es sagrada y solo Alá decidirá cuándo se debe romper.

Aurora accedió a regañadientes, no era la primera vez que se adentraban en esa misma conversación y sabía bien que su amiga no cambiaría de opinión.

Lo que no sospechaba era que Halima no estaba dispuesta a ofrecerle un final tan rápido al hombre que le había destrozado la vida desde el momento preciso en que agitara un puñado de cintas de colores ante sus ojos.

* * *