El abrazo del siroco Capítulo 35 #3
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Capítulo 35 #3

El labio partido de Olvido ya no sangraba, pero una costra seca se había formado donde poco antes se había abierto, y el ojo derecho estaba tan hinchado que permanecía completamente cerrado.

—Parece más grave de lo que es —afirmó, esquivándola con su único ojo intacto—. He tropezado, ya sabes lo despistada que ando a veces.

Estrella no necesitaba escuchar más para saber que no era cierto.

—Mírame —volvió a pedir. Olvido por fin levantó la mirada y Estrella adivinó verdadero terror en ella—. Y no me mientas, te lo pido por favor.

Olvido empezó a sollozar y Estrella se acercó para abrazarla con fuerza, deseando poder transmitirle cuánto la quería, lo mucho que significaba para ella.

—Lo siento —balbuceó Olvido.

—No hay nada que sentir, pero será mejor que me cuentes qué ha pasado.

Sin levantarse del sofá, aún acurrucada contra el regazo de Estrella, Olvido relató que había salido temprano a comprar algunas cosas, feliz por el día que tenía por delante junto a la niña y Rocío, pero sobre todo junto a Estrella.

Dejándose llevar por el enrevesado trazado llegó hasta la zaouia a la que las mujeres recurrían cuando deseaban ser madres, para a continuación bordear la fuente contigua y el café maure del cruce de las calles Kléber, Anfreville y Palmier, donde árabes y algún que otro europeo bebían té con hierbabuena.

Ascendió peldaños para descenderlos después, esquivó el bullicio y se perdió en el silencio, caracoleó sobre sí misma asombrándose una vez más de la belleza y crudeza de la ciudad blanca.

Ensimismada como estaba no lo había visto, aunque debía de llevar un buen rato siguiéndola.

Aprovechó cuando atravesaba una callejuela que era poco más que un pasillo solitario de los muchos que conformaban la casbah para abordarla.

Era Chimo, su antiguo cliente de El Jardín.

La arrinconó contra la pared de una casa, le tapó la boca con una mano y con la otra le hurgó dentro del escote.

Olvido trató de revolverse, pero él, prevenido, le propinó un fuerte bofetón que la tiró al suelo con tan mala suerte que Olvido se golpeó en el ojo.

La sangre no asustó a aquel animal, pero por fortuna un grupo de mujeres con jaiques blancos y mirada de kohl encaró en ese momento el mismo pasadizo, por lo que huyó abandonándola en el suelo, aturdida y aterrada.

—Hacía tiempo que no lo había vuelto a ver. Llegué a pensar que se había olvidado de mí, pero debió de estar fuera de la ciudad y ahora ha regresado. Creo que quería hacérmelo saber.

—¡Qué hijo de puta! —exclamó Estrella fuera de sí—. Lo voy a buscar y lo voy a encontrar. Se va a arrepentir de esto, te lo juro.

Al escucharla, Olvido se incorporó de golpe.

—¡No! No tienes ni idea de con quién te metes. No es un hombre, Estrella, es una bestia. No tiene sentimientos ni humanidad. Tienes que dejarlo estar.

—¿Cómo puedes pedirme que no haga nada?

—Porque eres lo único que me importa, Estrella, por eso. De tenerte a tiro Chimo, sería capaz de hacerte cualquier cosa y yo… no podría soportarlo.

Estrella la observó con cautela. No se atrevía a preguntar qué significaba lo que acababa de decirle. Ella misma estaba atrapada en una mezcla de sentimientos confusos a los que ni siquiera sabía poner nombre y, cuando lo intentaba, un terrible vértigo la llevaba a dar marcha atrás. Pero ya no.

—¿Qué es lo que me estás diciendo, Olvido?

Despacio, Olvido alzó su mano para acariciarle el rostro.

—Que te quiero, Estrella —susurró—. Que eres el motivo por el que me levanto cada mañana. Que me has rescatado de las tinieblas y has llenado mi vida de luz. Que sin ti nada tendría sentido.

Estrella sintió la misma sensación de acercarse a un precipicio, de estar a punto de dar un paso que lo cambiaría todo. Aún no sabía si para bien o para mal.

—¿No me dices nada? —inquirió Olvido—. Necesito saber qué sientes tú o me acabaré volviendo loca.

Estrella la miró a los ojos y, en silencio, se acercó hasta sentir la humedad de su respiración.

Entonces, muy despacio para no hacerle daño, posó sus labios sobre los de ella.

Sintió cómo Olvido se ablandaba, se aflojaba y se rendía.

Sus lenguas se encontraron, acelerando los corazones de ambas.

Las manos pronto pasaron de caricias cautas a enloquecer buscando a tientas bajo la ropa.

Se desnudaron allí mismo, sin darse permiso a pensar en lo que estaban haciendo.

Sus cuerpos ardieron al entrar en contacto con el otro, como si avivaran un fuego largo tiempo adormecido.

Los susurros pronto quedaron acallados por elocuentes gemidos mientras se devoraban con un ansia que solo quienes han aguardado demasiado para saciarla podrían comprender.

Poco después, cuando yacían la una sobre la otra, aún húmedas de sudor y placer compartido, Estrella reparó en que Olvido había recuperado el sabor a tabaco rubio y caramelo de limón de su primer beso en Alicante.

Y se prometió a sí misma que haría cuanto fuese necesario para que no volviera a perderlo.