Capítulo 35 #2
José tenía razón, además de ser una camita preciosa y confortable para su pequeña, cada vez que la viera lo tendría a él presente, y de repente la idea le pareció a Rocío de lo más agradable. Rio su osadía, lo que ayudó a relajar al carpintero.
—Entonces, ¿me prometes que lo harás?
—¿El qué?
—Pensar en mí.
Antes de responder, Rocío se asomó durante unos instantes a los profundos ojos castaños de José y lo que descubrió en ellos le gustó tanto que hubiera deseado quedarse a vivir allí para siempre. Le gustaba su forma de mirarla, le gustaba lo que él veía en ella y le gustaba que se lo hiciera saber.
—Lo prometo —concedió sonriendo con picardía.
Al fin, José, que se había mantenido en todo momento en su lado del umbral, lo cruzó para acercarse con todo un futuro enredado en las pestañas mientras la sujetaba por la cintura para atraerla hacia él.
Cuando sus labios se encontraron, Rocío creyó levitar.
Jamás la habían besado así, con ternura, casi con dulzura.
Se abandonó a aquella deliciosa sensación, convencida de que el paraíso existía y estaba justo ahí mismo, entre aquellos brazos.
Fue un beso largo, al que siguió otro. Y luego otro más.
Cuando José, con la sangre ardiéndole en las venas, empezó a acariciarla por encima de su vestido, todo se torció.
De repente, Rocío ya no se sentía flotar en el cielo, sino arrastrada de vuelta a los infiernos.
El roce de las manos fuertes y masculinas en su cuerpo activó sus viejos temores.
Una mejilla rasposa por la incipiente barba, la aspereza de la piel, un jadeo ronco…
Hasta entonces, los acercamientos de los hombres que había vivido Rocío habían sido forzados, de un modo u otro.
Y de improviso José había acudido allí con algo que ella necesitaba y por lo que se había negado a cobrarle.
Pero ¿y si no era tan altruista como pretendía aparentar?
Tal vez estuviera informado de lo que hacía cada vez que visitaba a Arnau en su hotel y hubiera decidido que él también podría conseguirlo.
Puede que tan solo se tratara de un intercambio más, en el que se vería obligada de nuevo a aceptar lo que fuera que un hombre quisiera hacer con ella.
En ese instante, el contacto físico con José se le hizo de pronto insoportable.
Asqueada, lo apartó de un fuerte empujón que lo dejó descolocado. El desconcierto de José dio paso a la preocupación al percatarse de que Rocío respiraba con dificultad, boqueando desesperada con ambas manos sobre el pecho.
—¿Estás bien?
No llegó a responder. Todo empezó a darle vueltas y, por mucho que se esforzara en llenar de aire sus pulmones, apenas lo lograba. José, angustiado por aquel repentino sofoco, trató de sujetarla para evitar que cayera al suelo desvanecida.
—Rocío, dime algo, por favor, que me estás asustando.
—¡No me toques! —aulló fuera de sí—. No vuelvas a tocarme, ¿me oyes? Eres igual que todos… ¡te odio!
Sus propios gritos habían despertado a la pequeña, que ahora berreaba en el salón, reclamando a su madre.
Rocío se encerró en casa y, con la llave echada en la puerta, se deslizó hasta el suelo rota en llanto.
No pudo ver cómo José, al otro lado, se llevaba las manos a la cabeza con desesperación, preguntándose por qué, cuanto más cerca tenía a Rocío, más empeño ponía ella en alejarse de él.
* * *
Estrella se sentía feliz. Al menos más de lo que recordaba haber sido desde hacía mucho.
Después de las calamidades sufridas durante la guerra, el exilio forzoso a Argelia y la separación de Aurora, aquel era un momento en el que la vida parecía premiarla con un pequeño rayo de luz.
Cierto que añoraba a su hermana y no había día en que no se preguntase dónde estaría.
Solo esperaba que, fuera donde fuese, aguantase.
Estaba segura de que se volverían a encontrar.
Su modesto trabajo en la relojería no se podía comparar con el viejo taller de su padre, donde el amor por el tiempo se destilaba con cada tictac de los relojes a reparar, pero no estaba mal.
Su patron, Émile Moatti, era un judío minucioso de carácter afable y estatura escueta que, tras la derogación del decreto Crémieux un año atrás, parecía empequeñecer día tras día.
A Estrella no le extrañaba: el Gobierno de Vichy había abrazado el antisemitismo nazi con fervor, despojando de un plumazo a los judíos de Argelia de la ciudadanía francesa y sus derechos.
Lamentablemente, no se conformaron con eso.
Primero fueron los funcionarios públicos quienes se vieron empujados a abandonar sus empleos, seguidos de los oficiales y suboficiales de la Armada, que también fueron destituidos de manera fulminante.
Aunque lo más triste era ver por las calles a los centenares de niños y jóvenes que ya no eran admitidos en las escuelas, los lycées o incluso en las universidades por el simple hecho de ser judíos.
Más tarde fueron los abogados, médicos, arquitectos o banqueros quienes se sumaron a la larga lista de profesiones vetadas sin miramientos.
Pese a ello, lo más temido era la inminente expropiación de bienes y negocios.
La Administración francesa estaba elaborando ya listados e informando de la obligatoriedad de la cesión amistosa en la que, como venía siendo costumbre, tenían todas las de perder.
Estrella se consolaba pensando que, con un poco de suerte, algo así no llegaría a suceder.
Había acabado por cogerle aprecio a monsieur Moatti y a un empleo que le servía para mantenerse activa y en contacto con los relojes que tanto adoraba, así que se había impuesto la tarea de mantener el ánimo alto en el taller mientras esperaba que los nubarrones que anunciaban tormenta pasaran de largo, permitiendo la llegada a días mejores en los que el sol brillara para todos, sin distinciones de raza o religión.
Por suerte, contaba con Rocío y con su sobrina, que era la alegría de la casa.
Crecía a un ritmo vertiginoso y cada día aprendía algo nuevo que la extasiaba y maravillaba a partes iguales.
Pero, si era sincera consigo misma, debía reconocer que la verdadera causa de aquel estallido de felicidad no era otra que Olvido.
Su vieja amiga no había vuelto a ser la que conoció en Alicante y con toda seguridad nunca lo sería.
En cambio, se había convertido en una mujer más madura, juiciosa y pausada que sabía valorar lo que de verdad importaba en la vida.
Lo que por fortuna sí había recuperado era su carácter risueño, con el que le sacaba una sonrisa hasta en los momentos más oscuros.
Su transformación no había finalizado, seguía haciendo avances día a día, paso a paso, pero los resultados eran ya evidentes.
Tanto que Estrella empezaba a permitirse hacerse ilusiones, soñar con que, con paciencia y cariño, era posible para ella un futuro en el que no habitaran esas sombras que durante los últimos años la habían acechado en sueños.
Estrella se vestía en el dormitorio cuando escuchó la puerta de la calle.
—¿Te has acordado del pan? —voceó terminando de abotonarse la blusa—. ¿Olvido?
Rocío se había acercado con la pequeña hasta el boulevard Carnot, inconfundible por sus arcadas que se alzaban sobre el mar, para entretenerla con el ir y venir de los barcos en el puerto.
Estrella y Olvido tenían previsto reunirse con ella, pero antes Olvido había salido a hacer unos recados.
Extrañada al no obtener respuesta, Estrella se asomó al salón.
Y se extrañó aún más al ver el cuerpo de su amiga tumbado de espaldas en el sofá.
—¿Se puede saber qué haces ahí? —preguntó—. Anda, levanta, que Rocío debe de estar preguntándose por qué tardamos tanto.
—No me encuentro bien —murmuró Olvido, sin volver la cara, hablándole al cojín—. Será mejor que vayas tú. Yo os esperaré en casa descansando.
—¿Qué tienes?
—No es nada, solo un dolor de cabeza muy fuerte… será que me va a bajar la regla. Vete tranquila.
Pero Estrella no estaba tranquila. Conocía demasiado bien a Olvido como para adivinar que estaba ocultando algo.
—Mírame —pidió.
—De verdad que solo necesito descansar. Vete y ya hablaremos luego.
—Haz el favor de mirarme, Olvido. Ahora mismo.
Olvido debió de comprender que no tenía otra opción porque, despacio, obedeció. Cuando su rostro quedó a la vista, Estrella ahogó un gemido.
—¿Quién te ha hecho eso? —quiso saber.