Capítulo 35
Violeta estaba curtida en cuanto a emociones humanas se refiere.
Especialmente con los hombres. Hacía mucho tiempo que, de un solo vistazo, era capaz de adivinar sus mayores anhelos y sus más profundos miedos.
José en concreto era especialmente fácil de descifrar.
Ni siquiera necesitaba recurrir a su aguda sagacidad para averiguar que estaba loco por Rocío.
Tan solo era un muchacho sencillo, con una vida sencilla, aspiraciones sencillas…
a quien el mundo se le había vuelto del revés al conocerla.
Así de simple, y así de complicado a la vez.
Violeta lo había visto en infinidad de ocasiones y, aun así, no podía negar que había algo en aquella historia que la enternecía.
Puede que fuera la candidez de él, la resistencia de ella o la juventud de ambos.
El caso es que habría que estar ciego para no ver que José bebía los vientos por Rocío y que esta, por mucho que se empeñase en negarlo, sobre todo a sí misma, lo hacía por él.
Y aunque la madama había dejado de creer en el amor hacía mucho, acabó por apiadarse de aquellos dos pobres incautos que, sin saberlo, se estaban haciendo sufrir el uno al otro.
—Buen trabajo —lo felicitó Violeta al ver al fin instalado en su dormitorio el primero de los muebles que había encargado: una cama barco adornada con minuciosas tallas—. Al final va a ser verdad eso de que tienes un don en las manos.
—Solo me gusta lo que hago —le quitó importancia José—. Le agradezco mucho la confianza y la paciencia. Sé que contratando a cualquier otro podría haberlo tenido todo listo hace meses y, en cambio, ha accedido a que vaya haciéndole yo los muebles poco a poco.
—No hay nada que agradecer, muchacho. Tú estás practicando y ganando experiencia y a mí me salen los muebles a mitad de precio. Un acuerdo en el que ambos salimos beneficiados es un buen acuerdo. Además, a la vista está el resultado: no hay duda de que acerté confiando en ti.
Lo vio sonrojarse, cohibido por los cumplidos. Y decidió que era el momento perfecto para darle el empujoncito que necesitaba.
—Ya que estamos, ¿cunas sabes hacer?
—¿Cunas? —se extrañó José, mirando a su alrededor a la vez que se preguntaba qué demonios pintaba algo así en El Jardín.
—Para Rocío —aclaró ella simulando inocencia, y tuvo que reprimir una carcajada al observar cómo el sonrojo del joven aumentaba varios tonos—.
El otro día la regañé porque últimamente no rinde en el trabajo —mintió sin pudor, con la misma desenvoltura con que lo hacía todo—.
Me confesó que la niña no la deja dormir porque el moisés se le ha quedado pequeño y en su cama se mueve mucho, y claro, entre patadas y codazos, no pega ojo.
José escuchaba azorado, tratando de ocultar sin éxito lo que era evidente.
—El caso es que había pensado en regalarle una cunita o algo así —añadió Violeta, como si no se diera cuenta—, siempre y cuando el dispendio sirva para que mi empleada recupere su eficiencia, claro está.
—Déjelo en mis manos, seguro que puedo hacer algo que sea del agrado de Rocío… —acertó a decir él, antes de apresurarse a apuntar—: y que sirva para que limpie mucho más rápido, por supuesto.
—Así me gusta, un joven con determinación.
—Pero deje que el regalo sea cosa mía —pidió, y cuando Violeta levantó una ceja, divertida, él añadió—: Bastante generosa está siendo ya confiando en mi trabajo, no puedo cobrarle por algo que ni siquiera es para usted. Yo me encargaré de todo.
Violeta accedió, satisfecha al comprobar que los hombres nunca la defraudaban. Eran tan fáciles de manipular que casi empezaba a ser aburrido. O tal vez no.
* * *
Rocío acudió a abrir la puerta con el pelo recogido en un moño bajo, el vestido ligero de tono malva con topos blancos arrugado sobre su cuerpo por el sudor y la pequeña acomodada sobre su cadera.
Hacía un par de meses que esta se había lanzado a la aventura de caminar, pero de vez en cuando se cansaba y le pedía que la cogiera.
O quizá solo buscaba la seguridad que le ofrecían aquellos brazos siempre dispuestos y el olor materno.
Y ella, que sentía que estaba creciendo demasiado deprisa, lo hacía encantada, aprovechando para hundir la nariz en su cuello tierno y pegajoso.
—Hola —saludó José desde el rellano—. Disculpa que haya venido a tu casa sin avisar, prometo que me iré enseguida.
Rocío seguía plantada en el umbral, inmóvil por la sorpresa.
Llevaba tanto tiempo esquivándolo en el burdel que ahora que lo tenía delante no sabía qué decir.
Con el otoño ya avanzado, le pareció que hacía más calor aún que unos instantes atrás y maldijo para sus adentros aquel clima en el que, en vez de las cuatro estaciones de rigor, se pasaba de la canícula asfixiante a un frío húmedo que helaba los huesos y viceversa.
—Es una camita —añadió José para explicar su presencia—, ya sabes, para la niña. Violeta me contó que no duermes bien por las noches y espero que esto te ayude.
Rocío bajó la vista para examinar el voluminoso desorden desparramado a sus pies. Había varios tablones envueltos cuidadosamente en telas gruesas para protegerlos, un colchón enrollado, otras maderas más pequeñas, tornillos, clavos… y varias herramientas que ni siquiera supo identificar.
—La puedo dejar aquí mismo o, si lo prefieres —se ofreció él—, te la dejo montada dentro.
Rocío, que seguía aturdida por lo inesperado de la visita, carraspeó.
—Sí, claro, adelante —accedió haciéndose a un lado. Se atusó el recogido en un gesto inconsciente—. ¿Te ayudo con eso?
—Qué va, lo tengo todo controlado —sonrió con alivio José, que había temido que le cerrara la puerta en las narices—; solo dime dónde quieres poner la camita y yo me ocupo del resto.
—¿Se podría colocar junto a la cama? —caviló Rocío sobre la marcha—. Es que estoy acostumbrada a escucharla respirar y no creo que pudiera pegar ojo de otra forma.
—Por supuesto. —José sonrió, contento de poder satisfacerla.
Pasaron la siguiente hora enfrascados en el montaje en el interior de un cuarto estrecho y caluroso.
José era minucioso y trabajaba con mimo, acariciando las superficies, cuidando que todo quedara perfecto.
Rocío disfrutó observándolo hacer, le gustaba la seguridad que transmitía, su ceño fruncido cuando estaba enfrascado en encajar alguna pieza difícil y su risa franca cuando la pequeña quiso ayudarlo llevándole todas las herramientas que encontró a mano.
—Creo que es hora de que esta niña haga su siesta —anunció Rocío al ver a su hija tirarse de las orejas y frotarse los ojos—. La dormiré en el salón y así te dejamos terminar tranquilo.
José asintió en tanto que ella levantaba a la pequeña del suelo. La niña se resistió con un poco de llanto a perderse la diversión, pero pronto se rindió entre los brazos de su madre, que le cantaba La Tarara con ternura infinita.
Cuando regresó, Rocío ahogó con las manos una exclamación de admiración.
—¡Es preciosa!
No mentía. La camita era un sueño de sencilla madera de pino cuyo tono suave permitía que unas pequeñas incrustaciones de iroko resaltasen todavía más.
—La he diseñado de manera que sea práctica —explicó José, ruborizado hasta las orejas—. Con estos barrotes a los lados puedes estar tranquila de que no vaya a caerse por mucho que se mueva. Que con la edad que tiene me imagino que será un torbellino incluso durmiendo.
—Y no te equivocas —rio Rocío—. A veces amanece con la cabeza donde los pies de tantas vueltas que da. ¡No sé ni cómo lo hace!
—Pues ahora, si quiere, podrá girar como un molinillo, que no te molestará.
Pero si, por lo que sea, necesitas atenderla en mitad de la noche, siempre puedes bajar la barandilla de este lado, la que da a tu cama, y así podrás cogerla sin necesidad de levantarte.
Mira, es muy sencillo, solo tienes que soltar estos ganchos de aquí y la barra se desliza hacia abajo. ¿Lo ves?
Rocío se acercó para ver mejor lo que le explicaba y se perdió unos segundos en el suave olor de José, que olía a serrín, a cuero y a jabón. Le pareció que olía como un hogar.
—¡Qué ingenioso! —dijo, dando un paso atrás para recobrar la compostura que la proximidad de José le había arrebatado.
—Me alegra que te guste —exclamó él con un último apretón a un tornillo—. Bien, pues esto ya está.
Por mucho que trató de alargarlo, José había terminado su trabajo y con él la excusa que le permitía seguir allí. Muy a su pesar, el momento de irse había llegado.
—¿Dormida? —preguntó en tanto recogía sus herramientas.
—¿Cómo dices?
—La pequeña, te preguntaba si se ha dormido.
—Ah, sí, la he dejado en el sofá rodeada de cojines. Seguro que se pondrá muy feliz cuando vea su nueva cama.
—Pues eso me hará feliz a mí también —sentenció él, echándose al hombro la faltriquera donde guardaba sus útiles.
—Te acompaño a la puerta —le dijo Rocío, que no entendía por qué de pronto no deseaba que se marchase.
Ambos caminaron despacio por el pasillo, alargando la despedida.
—No me has dicho cuánto te debo —dijo Rocío ya en el umbral, con José del otro lado.
—Porque no me debes nada —afirmó él convencido—. Es un regalo.
—Pero no puedo aceptarlo, yo…
—Si te soy sincero es la primera cuna que hago de este estilo. La verdad es que me ha servido para practicar, así que no podría cobrarte por ella aunque quisiera —argumentó.
Rocío comprendió que él no daría su brazo a torcer y decidió aceptar aquel bonito detalle sin más. Después de todo, se sentía halagada.
—Pues al menos déjame darte las gracias.
—Te las acepto, pero debo reconocer que en el fondo es un regalo interesado.
—No te entiendo.
—Así me aseguro —aclaró José conteniendo el aliento, dispuesto a dar un arriesgado salto al vacío— de que cada vez que la veas te acuerdes de mí.