El abrazo del siroco Capítulo 34 #3
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Capítulo 34 #3

Ahora Bruno se sabía de nuevo en un momento vital decisivo.

El nombramiento del general Weygand como gobernador general de Argelia en octubre de 1940 fue la oportunidad que había estado aguardando.

Se trataba de un hombre de orden, fiel al régimen de Vichy y dispuesto a defender la colonia sin fisuras.

Pese a ello, no eran pocos quienes veían con malos ojos al general.

Tal vez fuera por los veinticinco mil francos mensuales de sueldo o los dos millones de francos que había costado la restauración a todo lujo de su residencia privada a las afueras de Argel, conocida como la villa Des Oliviers y que, por descontado, habían salido de los fondos de la delegación.

Sin embargo, poco le importaban esas cifras a Blanchard.

A él le interesaba más el reciente cambio de jefes militares que se había sucedido a lo largo del verano, pensado para asentar la autoridad del general.

Ahí estaba su oportunidad. Él también quería sacar tajada de la rápida escalada de posiciones.

Estaba harto de las limitaciones de su puesto de comisario, convencido de merecer mucho más.

Solo tenía que ser lo bastante inteligente como para colocarse en una situación que, a ojos del general, lo hiciera merecedor del ansiado ascenso.

¿Y qué mejor que servirle en bandeja un conspirador, un traidor?

Más habida cuenta si se trataba de uno poderoso y con mucho, muchísimo dinero.

El commissaire sabía que Rodrigo Morague ocultaba algo, lo sentía en las entrañas.

Al igual que intuía que su interés por Aurora Robles era mayor de lo que pretendía mostrar.

Llevaba demasiados años dedicado a despellejar a zarpazos el alma ajena como para no reconocer una buena presa cuando la tenía delante.

Y el dueño del Soleil d’Oran sin duda lo era.

Por eso mismo debía averiguar qué se traía entre manos, ese sería su billete a una vida mejor, a la vida que merecía.

Antes o después Rodrigo acabaría cometiendo un error, y entonces ahí estaría él, listo para saltar.

Como buen cazador sabía que la paciencia era una gran herramienta, no obstante, el tiempo apremiaba, por lo que tal vez la mejor estrategia para acelerar un poco las cosas fuera estrechar el cerco.

Y eso era, precisamente, lo que se disponía a hacer.

—Aparte de tus funciones como médico, lo que realmente importa es que seas mis ojos y mis manos en el viñedo —explicó clavando sus afilados ojos en su interlocutor—. Deberás informarme de cuanto llegue a tus oídos, quiero saberlo absolutamente todo. ¿Te ha quedado claro?

—Por supuesto.

—¿Y te supone eso algún problema?

—En absoluto.

Bruno Blanchard dibujó una sonrisa lobuna, había elegido al individuo más conveniente para sus propósitos.

—Lo que no termino de entender es cómo justificaré mi presencia en el Soleil d’Oran. Galindo trabaja allí desde hace más de veinte años, no creo que de repente se le ocurra dejar su puesto para cedérmelo a mí.

—Oh, sí, eso… Creo que olvidé mencionarlo, pero mucho me temo que el veterano doctor Galindo ha sufrido un desafortunado percance y ha quedado definitivamente fuera de la ecuación —expuso haciendo girar su anillo chevalier con parsimonia—.

Como comprenderás, en plena época de vendimia como nos encontramos y con el domaine a rebosar de temporeros, el patron no dispone de tiempo ni energía para dedicarlos a una exhaustiva búsqueda de un sustituto.

Seguro que este asunto le está provocando no pocos dolores de cabeza.

Así que vamos a ayudarlo poniéndole justo frente a sus narices la solución a sus problemas… es decir: a ti.

Blanchard no albergaba duda alguna de que Rodrigo, ajeno a sus maquinaciones, aceptaría aliviado al primer candidato que se presentase en el momento y lugar oportuno.

Por otro lado, le constaba que Michel carecía de escrúpulos y era, además, codicioso.

No era ningún secreto que el galeno rehusaba tratar a quienes no podían costearse sus servicios.

De hecho, se habían conocido a raíz de que permitiera que una mujer judía sin posibles se desangrara a las puertas de su consulta sin hacer el más mínimo amago de acudir en su auxilio.

El commissaire se había comprometido a echar tierra sobre aquel desagradable asunto a cambio de su colaboración.

Michel aceptó el trato sin pestañear. Él también ansiaba subir peldaños a cualquier coste, lo cual lo convertía en una herramienta útil y eficaz para sus objetivos.

Y, en esos momentos, el objetivo de Bruno era averiguar lo que escondía Rodrigo Morague.

El commissaire sintió cómo le recorría una excitación física, casi sexual.

Se consideraba un depredador capaz de oler a su presa a kilómetros, de perseguirla y atemorizarla durante días, incluso meses, antes de darle el zarpazo definitivo.

Disfrutaba con ello, vivía para ello y sentía un intenso placer acechando en silencio, oculto entre las sombras.

Solo era diferente a los grandes felinos en algo: a él le gustaba cazar piezas humanas.

Y, quizá por esquivos, tanto Rodrigo Morague como Aurora Robles se habían convertido en las más preciadas de todas ellas.