El abrazo del siroco Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

Puede que por haber nacido en la misma tierra que Aurora, o por la confianza en ella que había ido ganando a lo largo de la cura, o puede que solo por la necesidad de abrirse y soltar cuanto había ido acumulando en su interior, Felipe, tan joven que en realidad era poco más que un niño, se quebró.

A borbotones les relató cómo había luchado en Teruel, la inevitable derrota y su llegada a Argelia para encontrarse con que nada era como esperaba.

A Felipe Marín con tan solo veinte años lo habían internado en Bou Arfa, un campo en el desierto conocido por el sadismo de sus guardianes y la crueldad de sus castigos.

Cuando creía que aquel lugar se convertiría en su tumba, se sorprendió al enterarse de que, debido a su experiencia en tareas agrícolas, lo enviaban a un viñedo de la colonia para la vendimia.

—No he cogido una azada en mi vida —admitió el joven—, pero eso no se lo iba a decir a ellos, claro.

Al principio pensé que se trataba de un error, pero cuando llegué al domaine descubrí que se trataba de una maniobra para ayudarnos a escapar del infierno.

Allí, amparados por el patron, teníamos por fin un atisbo de esperanza, una segunda oportunidad, esa que la vida nos ha escamoteado. De no ser por ese hombre…

—Un momento —se tensó Aurora. No le había dado nombres y, aun así, sentía la intuición agitarse inquieta en su interior—, ¿a qué hombre te refieres?

—Estoy hablando demasiado. —Felipe había recuperado la compostura y con ella, la prudencia, hizo amago de ponerse en pie—. Será mejor que me vaya.

—¿Estuviste en el Soleil d’Oran? —lo detuvo Aurora, consciente de que no tenía nada más que un presentimiento. Con todo, este era tan potente que la impelía a insistir—. ¿Fue Rodrigo Morague quien te ayudó?

El joven ladeó la cabeza.

—¿Lo conoces?

Aurora necesitó sentarse. El suelo parecía haber perdido su firmeza, o tal vez fueran sus creencias, sobre las que había construido aquella nueva vida en tierra argelina, las que la habían llevado a rehuir a Rodrigo y alejarse de su lado.

—Si no fuera por él, no sé qué hubiera sido de mí.

O, mejor dicho, lo sé demasiado bien —explicó al fin Felipe, relajando de nuevo sus hombros—.

No solo me sacó del infierno que era Bou Arfa para llevarme a su viñedo, sino que fue el primero en tratarme como a una persona en mucho tiempo.

Él me devolvió la vida, también la dignidad para vivirla.

—Así que os está ayudando —murmuró Aurora, consternada—. Y yo que creía que lo único que le importaba era él mismo, su vino… ¡Qué injusta he sido!

Comprendió demasiado tarde que Rodrigo Morague no era el ser ambicioso y egoísta que ella había creído, sino tan solo un hombre lleno de contradicciones.

Había llegado a convencerse de que para él las personas no significaban más que mano de obra de la que servirse para conseguir sus propósitos.

Y ahora resultaba que no podía haber estado más equivocada.

El relato de Felipe lo cambiaba todo, solo que ya era demasiado tarde. Ella misma se había encargado de sacar a Rodrigo de su vida y no tenía sentido pretender que volviera a ella. Lo que más lamentaba era no tener la oportunidad de disculparse.

—Solo aclárame una cosa más. Antes has dicho que tuviste que abandonar el viñedo antes de lo previsto… ¿por qué?

Felipe le devolvió una mirada tan triste que parecía a punto de inundarse.

—El médico que ayudaba al patron sufrió un accidente. Uno terrible. El doctor Galindo era quien seleccionaba a los presos en peores condiciones para reclamarnos con la excusa de servir como mano de obra. Era, por decirlo de algún modo, parte del engranaje.

—Lo recuerdo. —A la mente de Aurora acudieron como fogonazos imágenes de la mañana en que Cosme, el padre de Jimena, acabó con un muñón en lugar de mano—. Un buen médico.

—Lo era.

—¿Está muerto? —Un escalofrío culebreó por su espalda—. ¿Qué le ocurrió?

—Se supone que fue un accidente, solo que yo no creo en las casualidades. Por eso no quise permanecer en el viñedo y me escabullí tan pronto se me presentó la ocasión. No me extrañaría que ocurrieran más percances, y yo no he sobrevivido al desierto para morir tan pronto.

Las palabras de Felipe hundieron a Aurora en un profundo desasosiego. No le cabía duda de que el joven era un superviviente. Su sagacidad y resistencia le habían valido una segunda vida, por eso mismo confiaba en su olfato bien entrenado.

—Felipe, ¿tú crees que Rodrigo está en peligro?

—Si fuera creyente, rezaría por él.

* * *

En sus primeros años, Bruno Blanchard había mamado tanto fervor religioso como leche materna.

En su hogar no había habitación sin crucifijo, domingo sin misa ni pecado sin castigo.

Su padre hacía gala de una prodigiosa imaginación cuando se trataba de esto último.

Lo mismo le imponía ayuno durante días enteros que le colocaba piedritas en los zapatos para obligarlo después a caminar horas con ellas dentro.

En invierno, cuando las calles estaban nevadas y los cristales de las ventanas empañados por la escarcha, las duchas heladas o retirarle el edredón de la cama noches enteras eran penitencias habituales.

Claro que, si lo comparaba con el cilicio que empleaba su padre consigo mismo, no podía quejarse.

La cosa empeoró conforme Bruno fue dejando atrás la niñez para adentrarse en la adolescencia.

A partir de entonces, el simple hecho de mirar a una muchacha bonita por la calle desataba en su padre una furia bíblica y los castigos cada vez eran más retorcidos y humillantes.

Lo peor fue cuando lo sorprendió con la foto de una mujer con el torso desnudo que le había prestado un compañero del Lycée y la mano dentro del pantalón.

Temió no salir de aquella, pero lo que ocurrió, en cambio, fue que lo ingresaron de forma fulminante en un seminario. Tenía catorce años.

Su vida dio un vuelco. Aquel ambiente lóbrego repleto de silencios y taimadas confabulaciones resultó ser idóneo para un espíritu oscuro y retorcido como el suyo, por lo que pronto se sintió cómodo en él.

Todo iba bien hasta que, ya en su último año, a poco de tomar los hábitos, ocurrió un terrible incidente.

Aunque solo se supo cuando ya fue demasiado tarde, Bruno había dedicado meses a torturar a un compañero más joven.

El caso es que había sorprendido sus ávidas miradas a la entrepierna de otros muchachos en las duchas y desde ese instante se había propuesto hacer de su vida una pesadilla, al fin y al cabo, nada diferente a lo que había aprendido de su padre.

Resultó que un día el joven no lo soportó más y acabó cortándose las muñecas con una hoja de afeitar en esas mismas duchas, sentenciando así el destino de ambos.

El escándalo se llevó de tapadillo, como casi todo en ese lugar, pero la familia del muchacho insistió hasta conseguir que Bruno Blanchard fuera expulsado y su prometedor futuro dentro de la Iglesia quedara truncado.

Así fue como, por uno de esos inesperados giros que en ocasiones da la vida, y gracias a uno de los curas del seminario que lo tenía en alta estima y cuyo hermano era gendarme, le ofrecieron cambiar la sotana por el uniforme con pistola.

A Bruno Blanchard no le dolió dejar atrás una vocación eclesiástica que en realidad nunca llegó a sentir, porque ante él se abrió un submundo que le ofrecía infinitas posibilidades de ejercer el poder sobre otros que necesitaba tanto como el aire que respiraba.