El abrazo del siroco Capítulo 34
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Capítulo 34

Ni siquiera Aurora hubiera podido predecir el gran éxito de la gira de la Alegría por los viñedos.

Gumersindo se mostraba pletórico, todos lo estaban y en cada nuevo domaine eran recibidos como si de estrellas de cine se tratase, de esas que brillaban en las pantallas antes de que la guerra lo cubriera todo con su manto de tonos grises y tristeza marchita.

Aurora se asombró ante el cambio que la recolecta de la vid traía consigo a esos lugares.

Ella, que había conocido el viñedo de la familia Morague adormilado, sumido en la calma durante su hibernación, ahora veía a los jornaleros en otros similares pululando de acá para allá sin descanso como un atareado ejército de infatigables hormigas.

Eso era durante el día, por la noche el ambiente cambiaba.

Era entonces el turno de la compañía. Los actores se vestían, peinaban y maquillaban a conciencia y salían al improvisado escenario de tierra batida entre vítores y aplausos ante un público deseoso de olvidar las penosas horas pasadas con la espalda doblada entre sarmientos.

Era aquella una época del año dura, sin duda, pero también tenía algo festivo, de unión y comunidad.

En los últimos dos meses habían pasado por ocho grandes domaines: Birebent, Picard Dhara, Rivoli Mazagran, Aîn el Hadjar…

Por fortuna, el Soleil d’Oran había quedado fuera de la ruta de la compañía y Aurora podía respirar tranquila sabiendo que no se cruzaría con Rodrigo Morague al doblar cualquier esquina.

Pasaba la medianoche cuando Aurora abandonó el escenario.

Habían representado El puñao de rosas, una zarzuela que siempre gustaba.

Al despedirse de sus compañeros, pudo advertir un leve gesto de Halima.

Asintió. Sabía lo que significaba. Aquella noche la aguardaba cuando todos estuviesen dormidos, algún enfermo requería de sus cuidados.

—Es el primero que atendemos desde que estamos por los viñedos —dijo Aurora cuando ambas se encontraron bajo la luz de las estrellas, a salvo de oídos indiscretos—. Aquí suele haber médico, ¿por qué nos iban a necesitar a nosotras?

—No tardaremos en averiguarlo.

Acostumbrada a los silencios y frases a medias de Halima, la siguió sin hacer más preguntas. Al menos en esa ocasión no había nombrado a Alá, todavía.

—Hemos llegado —anunció la amazigh cuando divisaron una zona arbolada bien resguardada.

—¿Aquí? —se asombró Aurora—. Si estamos en medio de ninguna parte.

Como toda respuesta, Halima se sentó en el tronco inclinado de una palmera a esperar con tranquilidad.

El siroco cálido revoloteaba a su alrededor, alborotándole la chilaba y susurrando historias en un idioma ancestral que solo unos pocos comprendían.

Unos crujidos sordos anunciaron una presencia y, a través de la oscuridad, a la que sus ojos ya se habían acostumbrado, Aurora distinguió una figura masculina que se aproximaba a ellas.

—Perdón por el retraso —susurró un hombre de voz joven, claramente nervioso—, no me he atrevido a salir hasta que se han dormido todos, y con esto de la función han tardado más que de costumbre.

—Acércate —ordenó Halima— y cuéntanos qué te ocurre.

Que los enfermos de cada nuevo lugar al que arribaba la compañía supieran, de algún modo que Aurora desconocía, que Halima podía ayudarlos había dejado de sorprenderla.

Pero, que su amiga rompiera con su habitual forma de proceder y no se dispusiera a colocar las manos sobre la cabeza del joven sí la dejó pasmada.

—Tengo una comezón en la espalda que me está volviendo loco —comenzó a explicarse el muchacho algo apurado.

—Sarna, ¿verdad? —interrumpió Halima, que ni siquiera se había acercado a examinarlo. Una vez más, Aurora se preguntó cómo demonios hacía para aventurar el mal que aquejaba a quienes acudían en su busca y, sobre todo, acertar siempre.

—Así es —confirmó él—. En otro viñedo me dieron una pomada para curarla pero, en fin, digamos que las circunstancias me obligaron a marcharme antes de lo previsto y ahora pica aún más.

—Recidiva —apuntó Aurora, como si pretendiera demostrar que ella también podía sumarse a aquel juego de diagnósticos a ciegas, y Halima asintió—.

La sarna la provocan unos ácaros muy persistentes.

Si interrumpiste el tratamiento antes de completarlo, es posible que eso haya reactivado el brote. No debiste hacerlo.

—No tuve alternativa.

Por primera vez, Aurora se tomó unos instantes para observar al muchacho, con la impresión de que tras su fachada imberbe se ocultaba mucho más.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —apuntó Halima, interrumpiendo sus pensamientos.

Ayudada por la claridad plateada de la luna Aurora rebuscó en el saco para dar con lo que necesitaba.

Al abrir el bote de la cúrcuma el aire se llenó de su peculiar aroma dulzón y especiado, le añadió unas gotas de limón hasta conseguir un ungüento con la textura adecuada.

Entretanto, él se había retirado la camisa para dejar visible la zona de las axilas, la más afectada.

Sin embargo, cuando Aurora se giró dispuesta a aplicarle el bálsamo, a punto estuvo de dejar escapar una exclamación de espanto, y no por el centenar de pequeños sarpullidos propios de la sarna, sino por las cicatrices que surcaban aquella espalda.

Eran alargadas, la mayoría con relieve, como si de cordones de zapatos se tratase.

Se apreciaba con claridad que unas eran más recientes que otras, pues el estado de cicatrización no era el mismo en todas ellas.

Se estremeció ante la certeza de que no podía ser otra cosa que latigazos, pero ¿quién podía haber hecho algo semejante?

Aurora se recompuso y se concentró en la tarea que tenía por delante.

—Será mejor que te pongas cómodo —sugirió tras aclararse la voz para asegurarse de que sonaba firme—, te va a escocer un poco.

El muchacho ahogó una exclamación al sentir la mordida del remedio sobre el centenar de diminutas heridas provocadas por la sarna.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Aurora para distraerlo.

—Felipe, señorita, para servirla… para servirlas, quiero decir.

—¿Y de dónde eres? —continuó Aurora al notar un nuevo respingo.

—De Alicante.

Ahora le llegó a Aurora el turno de sobresaltarse. Escuchar aquella palabra en labios ajenos, unos labios que, como ella, parecían amar un pedazo de tierra que quedaba al otro lado del mar, tan cerca y tan lejos a la vez, la aturdió.

—¿Se encuentra usted bien, señorita?

Solo entonces pareció darse cuenta de que se había quedado con la mano congelada sobre la espalda de Felipe.

—Sí, sí —se apuró a responder reanudando las curas—. Es que yo también soy de Alicante. Vivía en la calle San Rafael, ¿te suena?

—¡No me digas que eres vecina de la Terreta ! —Felipe parecía igual de conmocionado, a juzgar por el repentino cambio en su voz. Hasta se había olvidado de llamarla «señorita»—. Yo soy de la Albufereta, mis padres tienen allí una pequeña tienda de ultramarinos. O al menos la tenían cuando me fui.

A partir de ahí, el tiempo se les escurrió recordando lugares por los que ambos habían caminado una infinidad de veces, buscando conocidos que pudieran tener en común y rescatando de la memoria esa otra vida que tanto añoraban, aquella en la que las guerras, el exilio y las ausencias no eran más que palabras huecas carentes del doloroso significado que ahora tan bien comprendían.

A su lado, Halima permaneció en un respetuoso silencio, permitiendo que las emociones de aquel inesperado encuentro fluyeran sin contención, pues bien sabía ella que, en ocasiones, no hay mejor medicina para el alma que las palabras.

—No olvides aplicarte el ungüento mañana, tarde y noche… y esta vez no lo dejes a medias. Por supuesto, la ropa deberás lavarla en agua muy caliente o, mejor aún, quemarla —enumeró una vez los ánimos se hubieron calmado y la cura había finalizado—. ¡Y prohibido rascarse!

—Muchas gracias, de corazón. No sé qué hubiera hecho sin vuestra ayuda.

El joven volvía a cubrirse con su camisa, pero Aurora era incapaz de borrar de su mente la imagen de los costurones que le atravesaban la espalda.

—Ten —añadió sacando otro pequeño tarro de la bolsa—. Está hecho a base de rosa mosqueta, no borrará del todo esas feas cicatrices, pero ayudará a difuminarlas y desinflamarlas. Úsalo cuando la sarna se haya ido.

Hubiera deseado dejarlo ahí, no indagar en algo que intuía horrible. En cambio, sus palabras encontraron la manera de escapar de entre sus labios.

—Felipe, ¿qué te sucedió?

Ante aquella pregunta directa Felipe se tensó a su lado, ambas mujeres pudieron percibirlo con claridad, los músculos rígidos y la mirada huidiza; de pronto parecía una liebre a punto de dar un salto para escabullirse.

—La sarna suele ser frecuente en los campos del desierto —intervino Halima con su calma habitual—. Y mucho me temo que los latigazos también.

La mirada asombrada de Aurora alternó del uno a la otra. La de Felipe, en cambio, se mantenía fija en la de la amazigh, probablemente preguntándose cómo era posible que supiera tanto sin siquiera necesidad de preguntar.

—¿Cómo? ¿Has estado en esos campos? —inquirió Aurora, sin duda eso explicaría muchas cosas, empezando por las terribles cicatrices—. ¿Y cómo es que ahora estás fuera? Quiero decir, que pensaba que de esos lugares no se sale…

«Con vida» iba a decir, aunque consiguió callar a tiempo. De igual manera, Felipe comprendió y asintió, de repente, parecía estar muy lejos de allí.

—Y no te equivocas —le confirmó—. Por lo general, el único billete para escapar de allí es la muerte.

—Pero tú estás aquí. —Ante la angustia que parecía invadirlo, añadió—: Tranquilo, estás a salvo. Ya no tienes que temer, al menos a nosotras no.