El abrazo del siroco Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

—¡Bendita juventud y su inocencia! —sentenció la madama con una sonrisa de pronto enternecida—.

Supongo que ya sabrás que José es carpintero.

—Esperó a que Rocío asintiera para continuar—.

De hecho, tiene una gran habilidad, así que le he encargado que renueve el mobiliario de El Jardín y mi dormitorio, por supuesto.

Rocío parpadeó un par de veces para calibrar lo que Violeta le estaba contando.

—Ese muchacho, además de buenas aptitudes, tiene espíritu emprendedor.

Pretende abrir su propio taller de carpintería, especializado en trabajos más delicados: tallas, ebanistería y cosas así.

No lo entendí muy bien cuando me lo explicó, si te soy sincera.

El caso es que, hasta que consiga suficientes ahorros, va haciendo sus propios trabajos por su cuenta, fuera de su jornada laboral en el taller donde trabaja.

Por eso lo ves por aquí con frecuencia los mediodías: viene a enseñarme bocetos, tomar medidas, hacer comprobaciones… esas cosas.

Poco a poco, Rocío iba procesando que José no acudía a El Jardín por sexo, sino por trabajo.

Comprendió que se había equivocado respecto a él.

Recordó su último encuentro, en el que ella le había demostrado sin reparo su desprecio.

Lo lamentó profundamente. Lo había tratado de una forma del todo injusta. Otra vez.

—Rocío —Violeta la sacó de sus cavilaciones—, ¿eres consciente de lo que José siente por ti?

Rocío no respondió. En esos instantes se estaba preguntando si era correcto hacer pagar a un hombre por el daño que le hicieron otros en el pasado. Aunque a esas alturas poco importaba. Si alguna vez tuvieron una oportunidad, ya era tarde para ellos.

* * *

En los últimos meses Estrella había relajado su actitud hacia Olvido. Se daba cuenta de cuánto se esforzaba por reparar el daño que sus secretos habían causado y empezaba a creer que las cosas tal vez pudieran volver a ser como antes.

Solían cenar juntas cada noche. Olvido esperaba a que ella regresara de la relojería y, con la niña ya dormida, pasaban horas hablando con voz queda para no despertarla, junto al gato Glotón, que había adquirido la costumbre de entrar y salir del apartamento según le venía en gana, ronroneando a sus pies.

Sin necesidad de comentarlo, habían llegado a un acuerdo por el cual ninguna de las dos mencionaba el tiempo que Olvido había pasado en el frente.

No era necesario. Ahora que ambas sabían lo ocurrido allí, era el momento de dejarlo atrás.

La vida les había dado una segunda oportunidad, dependía de ellas cómo aprovecharla.

—¡Vamos! —pidió Olvido—. Es domingo, tu hermana está con la pequeña, hace un día espléndido y me apetece mucho dar un paseo. Por favor, por favor…

Estrella se rio con ganas.

—Deja de dar saltitos, ¡pareces una niña en el día de Reyes!

—¿Eso es un sí?

Estrella sabía bien de la ilusión que sentía Olvido por visitar el Jardín Marengo, un proyecto llevado a cabo un siglo atrás por convictos de las prisiones sobre un antiguo cementerio árabe en el que descansaban los restos de eruditos islámicos y varios deys, convertido ahora en un acogedor vergel con frondosas palmeras, pinos, yucas, adelfas y todo tipo de suculentas.

Entre sus senderos de tierra pisada, los paseantes podían descansar en los bancos de madera o deleitarse con el sonido del agua de las fuentes junto al mausoleo donde descansaban los restos de Lalla Aïcha, una bellísima construcción en azulejos de barro esmaltado que había sobrevivido a los siglos y a los hombres.

Había visto a Olvido ir poco a poco dejando atrás la vergüenza y el miedo a salir al exterior, a exponerse.

Y lo cierto era que si no lo habían visitado todavía, era solo porque no le gustaba dejar a Rocío sola en casa con la niña, pero esa mañana el doctor Rafael y la enfermera María estaban haciendo algunos cambios en su consulta, por lo que si Rocío necesitaba algo, solo tenía que bajar unos pocos escalones. Estrella asintió.

—Coge tu bolso que nos vamos.

Olvido lanzó un gritito agudo que hizo volver a sonreír a Estrella. Le encantaba verla así, ilusionada y despreocupada. Sabía lo que suponía para ella salir a plena luz, y por eso mismo iba a estar a su lado.

Alcanzaron la calle sintiéndose dichosas.

Eran jóvenes, libres y, aunque el mundo se resquebrajaba por culpa de una terrible guerra, ellas podían permitirse olvidarlo al menos por unas horas.

Las circunstancias las habían llevado hasta una ciudad que no era la suya, pero eso no quitaba que resultase vibrante, incluso fascinante con sus boulevards, sus cines y su aroma a té con hierbabuena, sus tenderetes callejeros y sus mil lenguas entremezcladas.

El casi cuarto de millón de habitantes de Argel la blanche la hacía palpitar a cualquier hora del día como de la noche.

Entre brasseries, cines y magasins no era extraño tropezarse con una mezquita o una mujer con jaique blanco de mirada oscurecida con kohl.

Uno podía extraviarse en el tortuoso recorrido de la vieja casbah o deleitarse con un beignet en la terraza de alguno de los cafés donde mademoiselles que parecían salidas de una revista de moda fumaban con boquilla y coquetería.

En aquella ciudad tan estimulante como caótica, las dos muchachas caminaron de la mano sabiéndose afortunadas.

—¡Puta!

El grito las detuvo en seco. Ninguna de las dos había reparado en un hombre que las llevaba siguiendo desde la place Rabin Bloch y que, aprovechando su paso por una zona sin apenas concurrencia, las había abordado.

En un primer momento, Estrella creyó que se trataba de un error, tal vez una broma pesada, pero no le hizo falta más que un rápido vistazo al rostro demudado de Olvido para comprobar que se equivocaba.

—¿Lo conoces? —inquirió Estrella.

—Nos conocemos mejor que bien. ¿Verdad, preciosa? —El tono con que el hombre pronunció esta última palabra dejó claro que se trataba de una burla—. Hace mucho que no pasamos un buen rato, pero eso podríamos solucionarlo ahora mismo.

—¡Ya es suficiente! Más le vale dejarnos en paz si no quiere buscarse un problema —exclamó Estrella con determinación, pasándole un brazo a Olvido sobre los hombros temblorosos.

—¡No me lo puedo creer! —El hombre soltó una carcajada—. Esta sí que es buena. ¿Ahora te defiende esta amiguita tuya?

—Vamos, Olvido, lo mejor será que nos larguemos. Ya me he hartado de este impresentable.

Estrella empujó con suavidad a su amiga, que parecía paralizada por el miedo.

—¡Malditas invertidas! —aulló el hombre bajándose los pantalones para sacarse de los calzones un miembro mustio que sacudió con ordinariez—. No sabéis lo que es un hombre de verdad.

Corrieron calle abajo y no dejaron de hacerlo hasta que se aseguraron de que no las había seguido. Solo entonces, con el corazón desbocado por la carrera y el susto, se permitieron parar.

—¿Se puede saber qué demonios ha sido eso? —preguntó Estrella. Olvido giró el rostro evitando responder, pero la sujetó de la barbilla con firmeza para mirarla a los ojos—. Se acabaron los secretos, ¿recuerdas?

—Es Chimo, un antiguo cliente del burdel —respondió Olvido al fin, consciente de que no podía esconderlo más—.

No es más que un imbécil, un inútil que disfruta pegando a las mujeres.

Durante un tiempo fue cliente fijo. Siempre me buscaba a mí.

Ya ves, de entre todas las chicas preciosas de El Jardín, quería encamarse conmigo.

Te puedes imaginar por qué. —Se señaló la cicatriz de la cara—.

Por algún motivo cree que esto le permite humillarme cuanto desee.

Como si por haber perdido mi antiguo rostro también hubiera perdido la humanidad, cuando el único que no la tiene es él.

—¿Lo habías vuelto a ver desde que te marchaste? —quiso saber Estrella, que ya sospechaba la respuesta.

—Lleva meses acosándome —acabó por reconocer Olvido—, a veces me sigue a casa. Creo… creo que le divierte asustarme.

—¡Deberías habérmelo dicho!

—Estrella, por favor, yo solo quiero vivir en paz.

—Pero no podemos permitir que ese malnacido siga haciéndote esto.

—Si no es ese malnacido, será otro —suspiró rendida—. Estoy marcada, esta es mi vida ahora. Siempre habrá alguien que crea que puede aprovecharse, burlarse o hacerme daño. Y lo acepto porque me lo merezco. Puede que esa sea mi penitencia.

—Haz el favor de no decir más tonterías —exclamó Estrella, abrazándola y acallando sus sollozos contra su cuello—. Estoy aquí, contigo, y no voy a permitir que nadie te haga daño.

Estrella la dejó llorar. Tal vez le viniera bien.

Mientras sentía su cuerpo menudo contra el suyo, parpadeó con fuerza para evitar sus propias lágrimas.

No iba a flaquear. Tenía que ser fuerte por Olvido.

Aunque en el fondo estaba muerta de miedo.

Acababa de hacer una promesa que no sabía cómo iba a cumplir.