Capítulo 33
La confesión de Olvido sirvió para derribar las últimas barreras que la separaban de Estrella. Había sido difícil, pero también liberador. Desde aquel día, no había vuelto a tener pesadillas y quería pensar que, allá donde estuviera, Luis la había perdonado.
Al fin Olvido se dio permiso para dejar el pasado atrás y permitir que el amor ocupara el espacio que habían dejado sus fantasmas al retirarse.
El sentimiento que le provocaba la hija de Rocío era tan intenso que a veces dolía en el pecho.
Verla pequeña e indefensa, feliz solo con estar en brazos o recibir carantoñas, despertaba en ella un poderoso instinto de protección.
La adoraba, no podía negarlo. Sin embargo, lo de Estrella era distinto.
Hacía años de aquel encuentro fortuito en la cola para comprar pan en Alicante donde ambas sellaron su amistad.
Entonces, en medio de una guerra, ellas vivieron su relación como un juego propio de su juventud.
Uno que terminó cuando Olvido se marchó al frente.
Ambas habían cambiado mucho desde aquellos días, por dentro y por fuera.
No obstante, la vida las había vuelto a acercar, a darles una segunda oportunidad.
Y Olvido estaba dispuesta a aprovecharla.
Estrella era la mejor persona que había conocido, la única que había permanecido a su lado cuando ni ella misma sabía cuánto lo necesitaba.
Hubiera podido engañarse con que aquello no era más que una buena amistad, pero hubiera resultado inútil.
Olvido había estado con muchos hombres, además de alguna que otra mujer.
De la mano de sus compañeros anarquistas había conocido el amor libre, lo había probado y había llegado a aburrirse de él.
Había vivido mucho, pero lo que sentía por Estrella no lo había sentido por nadie.
Era por ella por quien ansiaba ser mejor.
Deseaba estar a su altura, devolverle una pizca de cuanto había hecho por ella y, tal vez, algún día, atreverse a confesarle sus sentimientos.
En cualquier caso, la vida le sonreía. Poco a poco sus sombras iban quedando atrás y ella disfrutaba de ese caminar ligero, sin culpas, que casi había olvidado.
Una mañana, mientras Rocío estaba aún en casa, Olvido aprovechó para salir dispuesta a hacer unos recados antes de que el feroz sol de julio mostrara sus dientes y caminar supusiera un reto asfixiante.
Aquel era otro placer que empezaba a recuperar.
Durante demasiado tiempo el simple hecho de salir a la calle la había aterrado, los espacios abiertos la intimidaban y las miradas de la gente la avergonzaban, pero eso también estaba cambiando.
Lentamente se había ido atreviendo a pasar ratos cada vez más largos fuera de casa, a llegar más lejos.
¿Qué le importaba lo que pensaran los demás de su aspecto?
La única que de verdad contaba era Estrella, y ella jamás la había mirado con otra cosa que no fuera bondad en sus ojos.
—¡Menuda sorpresa!
Pasaba frente al pequeño cementerio musulmán de la rue Nfissa cuando la sangre se le heló en las venas al reconocer aquella voz. Sus pasos se detuvieron en seco, como si los miembros no le respondieran.
—Dichosos los ojos —continuó el hombre, aprovechando su parálisis para aproximarse—, Cardo.
Escuchar el nombre con el que era conocida en El Jardín le habría revuelto el estómago si el miedo no lo hubiera hecho ya.
Aquel hombre que apestaba a sudor rancio era el último con quien hubiera deseado cruzarse.
Chimo había sido cliente suyo. Uno que creía que, por el simple hecho de pagar, se convertía en su dueño y podía hacer con ella lo que quisiera.
Lo que incluía humillarla y maltratarla.
—La última vez que pregunté por ti en el burdel me dijeron que te habías largado. Y casi lo lamenté. Lo pasábamos bien juntos, ¿verdad?
En la mente de Olvido resonó el eco de los golpes que aquel individuo le había propinado tiempo atrás. Instintivamente, se llevó las manos allí donde la azotó con su cinturón el día en que Rocío se atrevió a entrar para defenderla.
—Me tengo que ir —logró articular con esfuerzo—, me están esperando.
—¡Ja! ¿A quién vas a engañar? A ti no te esperaría nadie.
Olvido ni siquiera contestó, obsesionada como estaba en alejarse cuanto antes.
Poner distancia, eso era lo único en lo que podía pensar, como un animalillo acechado por otro mayor, uno dispuesto a devorarlo.
Pero Chimo parecía haber captado su angustia y se regodeaba en ella.
La agarró con fuerza del brazo, tanto que le hizo daño, y la arrastró a un portal cercano.
Allí, jadeando de excitación anticipada, la acercó de un tirón para besarla.
La otra mano rebuscó con avidez en su escote.
Olvido reaccionó instintivamente propinándole un mordisco con tanta rabia que enseguida notó el sabor de la sangre de él en su boca.
—¡Serás zorra! —aulló, soltándola de un violento empujón que la hizo trastabillar—. Mírate, no sigues siendo más que una puta, por mucho que ahora pretendas dártelas de digna.
Lo vio escupir un esputo sanguinolento y no se lo pensó dos veces.
Sabía que si le daba la oportunidad, aquel degenerado la aprovecharía para vengarse.
Le propinó un rodillazo en la entrepierna que lo dobló por la mitad, lo que le proporcionó los segundos necesarios para escabullirse del portal y perderse entre la multitud.
Fue durante su alocada carrera de vuelta a casa, con el corazón bombeándole en los oídos y los ojos empañados, cuando Olvido comprendió que, por muy rápido que corriera, jamás podría escapar de su pasado.
* * *
Rocío no había vuelto a cruzarse con José y empezaba a pensar que ahora él también la esquivaba. Algo que, tras su último encuentro, no le podía reprochar.
Una tarde, sabiendo que él estaba en El Jardín, Rocío escuchó acercarse unas pisadas inconfundibles.
Rápida, se coló en la primera habitación que quedaba a su alcance sin pensar.
Con la oreja pegada a la puerta, siguió atenta cómo se iban alejando los pasos de José.
Cuando estuvo segura de que el peligro había pasado, se dispuso a salir, pero una voz a su espalda la detuvo.
—¿Me puedes explicar qué estás haciendo?
El ceño fruncido de Violeta no revelaba enfado, tan solo extrañeza. Rocío, que se había llevado la mano al pecho por el sobresalto, se fijó en que por casualidad había acabado colándose en su dormitorio. En silencio se reprendió por su torpeza.
—Se me ocurrió que tal vez habría que dar un repaso por aquí… —Sus excusas sonaban tan ridículas y la situación era tan embarazosa que acabó por callarse, profundamente abochornada.
—Más bien me ha parecido que te escondías —expuso Violeta con una de sus finas cejas levantada—. Y ahora no puedo dejar de preguntarme de quién.
Rocío suspiró, a sabiendas de que no habría forma de engañarla.
—De José —explicó alzando el mentón, orgullosa—. Pero no creo que eso suponga ningún problema para mi trabajo.
—Por supuesto que no.
—Entonces, ¿puedo marcharme ya? Tengo mucho que hacer.
—Solo un momento.
Violeta, que había estado haciendo cuentas en un cuaderno de tapas de hule, dejó los papeles a un lado y se acercó para mirarla directamente a los ojos.
—¿Se puede saber qué te ha hecho José para que lo rehúyas con tanto empeño?
«¡Acostarse contigo!», hubiera deseado gritar Rocío, quien se mordió los labios para contenerse en un esfuerzo por no mirar en dirección a una cama donde los había imaginado retozar decenas de veces.
—En realidad, nada.
No podía echárselo en cara a Violeta y, siendo honesta, tampoco a José. Ninguno de los dos le debía nada. Ella se había encargado de alejar al muchacho de su lado, ¿qué esperaba? ¿Que la aguardara para siempre? ¿Que se mantuviera casto y expectante el resto de sus días solo por ella?
—José es un buen chico —sentenció Violeta, convencida—. Un poco sentimental, en mi opinión, pero nadie puede culparlo de haberse enamorado.
Rocío sintió hervirle la sangre. Una cosa era no tener más opción que aceptar el romance entre ambos y otra bien distinta que la madama se regodeara hablándole de ello.
—Ya sabe lo que se dice, eso de que el amor es ciego —soltó con inquina sin poder contenerse. Se arrepintió al instante—. Disculpe, no pretendía ofender.
—¿Por qué habría yo de…? —Violeta se interrumpió—. ¡Oh, ya entiendo! Crees que José está enamorado de mí, ¿es eso?
El rubor acudió a las mejillas de Rocío, quien hubiera deseado no responder o, mejor aún, no haber entrado nunca en aquella habitación.
—Yo solo creo en lo que veo —se vio obligada a contestar—. Últimamente viene mucho por aquí y, bueno, tampoco he podido evitar fijarme en que suele pasar por su dormitorio. Así que…
Violeta se rio con ganas y se atusó la abundante cabellera.
—No te niego que, de proponérmelo, no pudiera engatusar a un jovencito… pero no es el caso. No es de mí de quien José anda encaprichado, querida.
A Rocío le sorprendió aquella afirmación, había dado por hecho que entre ellos había algo y, al parecer, se había confundido.
Puede que anduviera tan ocupada escondiéndose que hubiera errado la dirección del tiro.
Lo mismo daba, algo resultaba innegable: José era un asiduo del prostíbulo, lo cual significaba que era como todos los demás.
La decepción no desapareció. Sus frecuentes visitas a El Jardín demostraban que José creía que, al pagar por ello, tenía derecho a usar a las mujeres a su antojo.
Y si había algo que Rocío despreciaba, era precisamente eso.
—Sea como sea —respondió Rocío—, no es asunto mío.
—Tal vez sí lo sea.
—¿A qué se refiere?
Violeta lanzó un sonoro suspiro y se sentó en el borde de la cama con cuidado de no arrugar su vestido. Con un gesto le pidió a Rocío que la imitara. Esta obedeció a regañadientes.