Capítulo 32 #3
Rodrigo sintió el desplazamiento de su nuez al tragar saliva.
Por suerte, calculó, los nuevos prisioneros aún no habían llegado desde los campos y, por tanto, no aparecerían en el listado.
Dentro de lo que le incomodaba verse forzado a proporcionarle información acerca de su viñedo a aquel hombre, el mal era el menor posible.
Y era consciente de que, si se empeñaba en retrasarlo o evitarlo, tan solo conseguiría reavivar las ansias de Blanchard.
Lo más inteligente era ceder a sus deseos y quizá con algo de suerte se olvidara del Soleil d’Oran una buena temporada.
—Por supuesto.
Se giró para alcanzar el teléfono que dormitaba en la esquina. Tras una breve conversación, el asunto quedó zanjado.
—Listo —confirmó, volviéndose hacia Bruno—. Esta misma tarde tendrá el listado encima de su mesa.
Bruno Blanchard lo estudió durante unos segundos sin responder.
—Le agradezco su diligencia, monsieur Morague.
—No hay nada que agradecer, ya sabe que si hay algo que pueda hacer por usted, siempre que esté en mi mano…
—Ahora que lo dice, sí hay algo más —pareció recordar de pronto—. El caso es que de un tiempo a esta parte ando tras la pista de una persona y tal vez pueda ayudarme.
—No veo cómo podría serle de utilidad —se envaró Rodrigo, advirtiendo el peligroso desvío de la conversación.
—Busco a una sirvienta que trabajó en su casa: Aurora Robles.
Mantuvo la compostura, cruzó una pierna colocando el tobillo sobre la rodilla opuesta. La tela del pantalón se tensó sobre su piel.
—Hace mucho que ya no trabaja para mi familia.
—Lo sé, pero he pensado que quizá supiera proporcionarme alguna dirección o se le ocurra cómo podría dar con ella.
Rodrigo sintió la abrasadora mirada del commissaire clavada en él, escrutándolo, analizando cada una de sus reacciones. No le cabía duda de que estaba entrenado para detectar la mentira, por eso optó por decir la verdad.
—No tengo la menor idea de dónde puede encontrarse.
Bruno dio una larga calada, dejando los segundos correr y el silencio hacer mella en Rodrigo quien, para ocultar su inquietud, decidió tomar la iniciativa.
—¿Se puede saber por qué la busca?
—Oh, nada preocupante, tiene algunos asuntos pendientes de aclarar con la gendarmería, eso es todo.
—En ese caso, espero que la localice a la mayor brevedad. Y ahora, si me disculpa, los jornaleros estarán a punto de comenzar la faena y me gusta supervisarlo todo personalmente.
—Por supuesto, faltaría más. —Bruno sostenía el cigarro en su mano derecha, sin molestarse en impedir que la ceniza cayera sobre la carísima alfombra a sus pies—.
Pero antes, un último favor. Haga memoria: ¿no recuerda que la joven le hubiera comentado algún lugar que desease visitar, o alguien a quien pudiera recurrir en caso de necesidad?
—No veo por qué debería haber compartido algo así conmigo. Al fin y al cabo, era tan solo una empleada más.
—No es eso lo que se comenta —lanzó Bruno, manteniéndose atento a su reacción—.
He oído que usted y esa joven mantuvieron algún tipo de relación más…
íntima que la estrictamente profesional.
No le culpo, que conste. Los hombres con buen gusto como usted saben apreciar la belleza femenina, no me cabe duda.
Rodrigo comprendió que tras aquellas acusaciones latía la inquina de su antigua prometida.
Delphine había sufrido desde siempre unos celos enfermizos.
Si bien Rodrigo debía reconocer que en el caso de Aurora no andaba del todo errada, por más que su acercamiento nunca fuera más allá de un apasionado pero breve beso.
—No creo que deba dar explicaciones sobre mis asuntos personales —respondió molesto—, pero le diré que esos rumores son totalmente falsos.
— Bien sûr —asintió Bruno con tanta efusividad que quedó claro que no creía ni una sola palabra—, y disculpe si resulto indiscreto.
—Lo cierto es que sí lo está siendo.
El commissaire levantó ambas manos, las palmas hacia arriba, el cigarro a punto de consumirse pinzado entre el índice y el corazón. La situación se había vuelto incómoda y Rodrigo ya no se esforzaba por disimular que estaba deseando perderlo de vista. Se levantó, obligando al visitante a imitarlo.
—Deformación profesional, supongo. No le entretengo más.
—Se lo agradezco.
Los dos hombres se sostuvieron la mirada frente a frente un instante, midiéndose, calculando. Fue Bruno Blanchard quien acabó por romper el silencio.
—¿Sabe? Creo que hubiera sido usted un gran yerno.
—Yo no estoy tan seguro.
Rodrigo Morague vio marchar al commissaire desde la misma ventana. Ninguno había mencionado a Delphine. No hacía falta, su sombra había estado acompañándolos durante toda la conversación.
El coche negro al que subió Bruno dejó una estela de polvo tras de sí, y Rodrigo no apartó la mirada hasta que también esta desapareció.
De repente tenía un regusto amargo en la boca y la certeza de que aquel hombre no iba a cejar en su empeño por encontrar a Aurora.
Se maldijo por no haber sido capaz de dar con ella todavía.
Su único y escaso consuelo era que Bruno Blanchard tampoco.