El abrazo del siroco Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Rodrigo se bebió el café de un trago. Empezaba a amanecer y aquel era su momento preferido del día, cuando aún todo podía ser.

Ante él, desdibujados por la penumbra, se extendían kilómetros de viñas cargadas de uvas listas para ser recogidas.

El fruto del esfuerzo de las generaciones que lo precedieron.

Su herencia, pero también su legado. De él dependía que de los sarmientos brotaran los racimos o se acabaran secando sin remedio.

De sus decisiones, acertadas o no, resultaría un domaine próspero o decadente.

La vida de Rodrigo venía regida por los ritmos de las vides desde que tenía memoria.

Empezarían por las chasselas, que maduraban antes.

A continuación pasarían al resto: datier, valenssy, faranah…

que requerían de unos días más de sol para terminar de endulzarse.

Pese a las circunstancias excepcionales, decenas, cientos de personas habían acudido a la llamada de la uva madura.

Aquella tierra seca daría de nuevo sustento a no pocas familias que durante los próximos meses ayudarían a que una nueva añada fuera posible.

Cada mano, cada racimo era importante. En adelante, Rodrigo cambiaría las reuniones en la ciudad por jornadas interminables en el domaine tras las que acabaría cayendo rendido en la cama.

Con todo, aquel año sería diferente. Por un lado, la guerra se había recrudecido y se había extendido hacia el norte de África, haciendo peligrar cuanto había conocido hasta entonces.

Rodrigo se había visto obligado a establecer contactos comerciales con altos mandos nazis, que ya habían hecho los primeros pedidos para probar los vinos de su bodega y, aun a sabiendas de que hacía lo necesario para asegurar la supervivencia del viñedo, no podía evitar cierto regusto amargo en el paladar.

Por otro, y aun contando con la colaboración de su amigo Bernabé Toca, estaba resultando del todo imposible dar con el paradero de Aurora, circunstancia que lo mantenía en una tensa calma.

Y, como si todo ello no fuera suficiente para inquietar su espíritu, ese verano de 1941 pronto recibiría en su finca nuevos prisioneros de los campos del desierto.

Refugiados españoles, cada cual con su historia y su pasado, con sus anhelos y sus sueños que, gracias a la valentía de Rodrigo y los documentos facilitados por el cónsul, podrían aspirar a un futuro.

Si las cosas no se torcían, claro. Porque si bien en el Soleil d’Oran disponían del espacio y los recursos, camuflar a esos hombres marcados por la desgracia entre el resto de trabajadores podía salir mal, muy mal. Y eso sería el fin, no solo para ellos.

Seguían recurriendo al ardid de reclamar a aquellos que contaban con experiencia o conocimientos agrícolas, algo que era sencillo de falsear, a fin de contar con mano de obra para el viñedo en una época en la que eso era justo lo que más escaseaba.

Luego, simplemente, los papeles se extraviaban.

En medio del caos propio de la guerra, pocos se preguntarían qué había sido de aquellos pobres diablos a los que nadie echaría de menos.

Así pues, mientras Rodrigo ignoraba los reiterativos avisos de Bernabé sobre los cada vez mayores riesgos a los que se exponía de forma casi temeraria, el cónsul continuaba respaldándolo, proporcionándole cobertura para que aquellos infelices pudieran continuar su camino.

No obstante, tal y como ya le había advertido en más de una ocasión, nada de aquello lo libraría de las consecuencias si la Administración francesa llegaba a enterarse.

Para ellos, el joven Morague seguía siendo un francés de nombre impronunciable pero lealtad indiscutible. Y así debía continuar siendo.

— Monsieur Morague, tiene una visita. No ha dado su nombre —anunció Ibrahim, su hombre de confianza—. ¿Qué desea que le diga?

Rodrigo frunció el ceño. Una visita a esas horas no era habitual.

—Que espere en la biblioteca, bajaré en un minuto.

Dejó la taza de café sobre el alféizar y una gota resbaló desde el borde hasta acabar formando un cerco en la madera. Los dos bretones se incorporaron para seguirlo tan pronto se puso en movimiento.

— Bonjour, monsieur Morague, me alegra volver a verle.

Rodrigo observó la silueta del que a punto había estado de convertirse en su suegro recortada al contraluz del gran ventanal del salón.

Desde que rompiera su compromiso con Delphine, tampoco había vuelto a coincidir con Bruno Blanchard.

Por un instante, tan fugaz como aterrador, temió que el commissaire de Orán hubiera descubierto lo que se traía entre manos.

Aunque si, tal y como parecía, Bruno había acudido a su encuentro solo, sin coches ni apoyo policial de ningún tipo, no era probable que se produjera el peor de los escenarios.

Pero entonces, ¿qué demonios hacía uno de los hombres más temidos del Oranesado en su finca?

— Soyez bienvenu, commissaire Blanchard —Rodrigo logró enmascarar sus tribulaciones tras una solícita sonrisa y un apretón de manos—, me pilla usted a punto de empezar la jornada. Ya sabe que en esta época el domaine requiere de mucho trabajo y las horas del día nunca son suficientes.

—Seguro que puede dedicarme unos minutos. Seré breve, tiene mi palabra.

Rodrigo asintió. Comprendiendo que no se marcharía sin ser atendido, le señaló las dos butacas tapizadas a cuadros junto a una estantería repleta de libros.

—Por favor —pidió, aguardando a que su visitante tomara asiento primero para hacerlo él—. ¿Ha desayunado? Pediré que le traigan café.

Bruno lo agradeció con un leve cabeceo y no se demoró en encarar la conversación hacia el terreno que era de su interés.

—Seguramente se esté preguntando el motivo de mi abrupta visita. ¿Cómo es eso que dicen? Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma. ¿No es así? —Buscó con parsimonia en su bolsillo un cigarrillo y el encendedor—. ¿Le importa?

—No le sigo —respondió Rodrigo invitándolo con un gesto a prenderlo.

—Recordará al menos que se comprometió a conseguirme una lista de temporeros españoles.

Los hombros de Rodrigo se relajaron levemente. Así que se trataba de eso, aquel sabueso era terco y se negaba a soltar el hueso una vez mordido.

—Me veo en la necesidad de reiterarle mis disculpas, commissaire, como sabrá, me debo a mis negocios y estos me han mantenido demasiado ocupado últimamente. No obstante, puedo pedirle a mi administrador que reúna los nombres de nuestros empleados…

—¿Ahora?