Capítulo 32
—¡Esta guerra va a acabar conmigo!
Amante de García Lorca, Miguel Hernández y cualquier escritor que se dejara el alma en el papel, lo cierto era que Gumersindo Pineda no estaba hecho para las durezas de la vida.
Era un ser sensible y delicado, con tendencia a la melancolía y arrebatos de una emotividad difícil de ocultar.
Releía una y otra vez un gastado ejemplar de La casa de Bernarda Alba y se estremecía con las pasiones que levantaba Pepe el Romano.
Abandonó muy joven su Orihuela natal para conocer otros lugares…
y otros hombres. Porque, casi al tiempo que su amor por las letras, Gumersindo descubrió el que le inspiraban los de su mismo sexo.
Vivió unos maravillosos años rodeado de muchachos tan fervorosos como él, con reuniones en los cafés, lecturas hasta la madrugada, caricias prohibidas y suspiros de anhelo.
Hubiera deseado continuar así, pero el destino se le truncó cuando una panda de malnacidos lo apalearon a él y a sus amigos a la salida de uno de esos cafés.
No llegaron a saber quiénes fueron, pero a Gumersindo le dejaron el cuerpo tan magullado que estuvo orinando sangre durante un mes.
Ni mucho menos fue el peor parado. Ernesto, un joven con el que había compartido debates literarios y gemidos en el lecho, murió a causa de las heridas.
Gumersindo nunca se recuperó de aquella pérdida.
En cuanto fue capaz de caminar por sí mismo sin doblarse de dolor, hizo el petate y se marchó tan lejos como pudo.
—Creo que tengo una úlcera —anunció llevándose la mano al estómago.
A esas alturas el invierno había quedado atrás, el verano asomaba a la vuelta de la esquina y algunos días el siroco soplaba caliente y seco, como anticipo de lo que estaba por venir.
Gumersindo llevaba un buen rato caminando de un lado a otro del escenario.
Los últimos meses habían sido catastróficos, los peores en la historia de la compañía.
Todos habían podido comprobar cómo, conforme el conflicto en Europa se recrudecía, la situación se complicaba.
Tras el seísmo político que había seguido al armisticio de un año atrás, se habían ido sucediendo pequeños cambios hasta trastocar la frágil vida de una población que nada hubiera querido saber de racionamientos o movilizaciones.
No solo se trataba de la escasez de azúcar, café o carburantes, sino de no olvidar que la guerra también se luchaba en suelo africano, aunque lejos de las fronteras de la Argelia francesa. Al menos por el momento.
Desde que empezaran a reclamar hombres para la lucha, no eran pocos los hogares donde faltaba un padre, un hermano o un hijo. Era mucho el dolor y más aún la incertidumbre, cuando no el miedo. Ya no eran malos tiempos solo para Europa, lo eran para el mundo entero.
Estando así las cosas, la compañía Alegría había pasado de llenar salas a dejar correr semanas enteras sin conseguir cerrar un solo contrato.
No estaban los ánimos para fiestas. Las noches que antes vibraban con las risas y aplausos del público se habían vuelto silenciosas.
Ya no sonaban zarzuelas ni exclamaciones contenidas durante el número del equilibrista.
Donde antes eran recibidos con los brazos abiertos, ahora solo encontraban puertas cerradas que a malas penas ocultaban tras de sí la desconfianza y el temor.
—Si no cambian las cosas pronto, ¿qué será de todos nosotros? —se lamentó el director—. No sé cuánto más podremos aguantar.
Aurora se compadeció. Gumersindo Pineda era, por encima de todo, un buen hombre que se preocupaba por cada uno de los miembros de la compañía como si de hijos se tratase.
Había velado por todos ellos, dejándose la piel en las negociaciones con los empresarios de las salas donde actuaban, buscando familias que los alojasen dignamente, alentándolos cuando el agotamiento hacía mella, emocionándose cuando el público se ponía en pie tras una actuación.
Gumersindo era el alma de la Alegría y, si él se desmoronaba, sin duda ellos lo harían también.
—¿Crees que es verdad? —preguntó Aurora a Halima esa misma tarde—. ¿Puede llegar a disolverse la compañía si la situación no mejora?
Si bien aquella vida no era la suya, era la única que podía permitirse por el momento.
Aurora era consciente de que no eran muchas sus opciones, sobre todo si pretendía seguir buscando a sus hermanas.
Si la compañía dejaba de existir, las cosas se le complicarían aún más.
Necesitaba continuar en movimiento, peinar pueblo tras pueblo, casa por casa si hacía falta.
No se detendría hasta dar con Estrella y Rocío, por lejos que hubiesen llegado.
Pero para ello resultaba imprescindible que la Alegría no dejara de actuar.
—Nunca habíamos estado tan apurados —admitió—. Pineda se las ha apañado siempre bien, pero ahora… en fin, solo Alá sabe.
Aurora, habituada ya a las frecuentes menciones a su Dios, ni siquiera se inmutó. Estaba demasiado concentrada rumiando una idea que empezaba a gestarse en su cabeza.
—¿Qué ocurre? —se interesó su amiga. Buscaba en el costurero para remendar algunas prendas del vestuario. Aun cuando el trabajo escaseaba, era difícil verla ociosa—. Conozco esa mirada.
Aurora sonrió. Después de un año juntas, se conocían tan bien como para poder leerse el rostro.
Halima era a la vez compañera, madre y maestra.
Robusta de cuerpo y de espíritu. Nunca desfallecía, pese a que no fueran pocas las ocasiones en las que Aurora creyese que tenía motivos sobrados para hacerlo.
Sobre todo, habida cuenta de que estaba casada con Risto.
Intentó ahuyentarlo de sus pensamientos.
Desde la noche en que tuvieron el desafortunado encontronazo, el forzudo no había disimulado su actitud hostil hacia ella.
Como si diera por hecho que, antes o después, encontraría la oportunidad de vengarse.
—Estaba pensando —explicó, apartando a Risto al rincón más recóndito de su mente— que deberíamos proponerle a Gumersindo una tournée de la compañía por algunos de los viñedos del Oranesado.
A estas alturas del año, a punto de comenzar la vendimia, estarán a rebosar de trabajadores. No nos faltaría público, eso seguro.
Halima soltó la aguja que estaba intentando enhebrar y centró su atención en ella.
—Piénsalo bien —continuó Aurora, haciendo unos rápidos cálculos mentales para recordar cuanto le había explicado Rodrigo—, cada nueva campaña precisa de ingente mano de obra, cientos de temporeros instalados con sus familias en las mismas tierras que trabajan, formando campamentos.
No son el público frente al que acostumbramos a actuar, pero muchos son españoles, y después de las largas jornadas en las que se parten la espalda, agradecerán un poco de distracción.
—Pero esa gente es humilde —rebatió Halima—. A duras penas salen adelante, de ningún modo podrán permitirse pagar por algo tan banal como entretenimiento. Eso no llena los estómagos.
Aurora rumió el argumento de su amiga unos minutos. Razón no le faltaba, pero dio con la réplica adecuada.
—Tal y como están las cosas la mano de obra escasea.
No me extrañaría que los propietarios de los domaines tengan dificultades para encontrar hombres suficientes, ahora que muchos se han marchado a la guerra.
Lo que para los trabajadores supondría un gasto imposible de asumir, para cualquier patron no es más que una minucia.
Pero tal vez le sirva de incentivo para destacar sobre otros y que así los temporeros opten por recoger su uva y no la del vecino. ¿Comprendes lo que quiero decir?
Halima la observaba con fijeza, el ceño fruncido y la aguja olvidada entre los pliegues de su chilaba, rumiando aquella idea.
—Puede que tengas razón —musitó—. Alá siempre acude en nuestra ayuda de la manera más insospechada.
Cuando poco después Aurora le planteó su propuesta a Gumersindo, de entrada este mostró las mismas reservas que la amazigh. Luego los argumentos de la joven fueron poco a poco convenciéndolo de que valía la pena, al menos, intentarlo.
—Después de todo —accedió el director tras cavilar unos breves instantes—, poco tenemos que perder. Nos pondremos en marcha mañana mismo, la vendimia está a punto de comenzar y cada día cuenta.
Al escucharlo, Aurora se mordió el labio, inquieta. A Gumersindo, poseedor de una poderosa intuición, no se le escapó el gesto.
—¿Qué ocurre? —inquirió.
Ella dudó. Del mismo modo que deseaba la continuidad de la compañía, la inquietaba la posibilidad de que aquel nuevo periplo la llevara a recalar en el Soleil d’Oran.
La última vez que se vieron, Rodrigo y ella se despidieron de malos modos.
Desde entonces no había cambiado de opinión, y aun así en ocasiones recordaba lo que la proximidad de su cuerpo despertaba en el suyo.
Por eso la posibilidad de volver a coincidir con él le provocaba un pellizco en el estómago.
—Nada —respondió, tratando de disimular sus emociones tras una sonrisa—, estoy segura de que funcionará. La Alegría saldrá adelante.
Se marchó con aquel pellizco retorciéndole las entrañas con fuerza.
Se había propuesto alejarse de aquel hombre que tanto la confundía y hasta ese momento lo había conseguido.
Ahora se preguntaba si su propuesta desesperada para salvar la compañía no la llevaría justo al último lugar al que hubiera deseado volver.
* * *