El abrazo del siroco Capítulo 31
63%

Capítulo 31

Olvido se rindió, el tiempo de ocultar quién era en realidad se había terminado. Pudo ver cómo Estrella se estremecía al escuchar la palabra «asesina» y supo que ya no habría vuelta atrás. Le debía una explicación.

—Luis tenía toda una vida por delante… Una vida que perdió ante mis ojos mientras mis manos y mi ropa se empapaban con su sangre.

—Lo recuerdo bien, a Luis, quiero decir —musitó Estrella, rescatando de la memoria la imagen de un joven de cabello rubio y gafas redondas—. Os vi besándoos en una de aquellas reuniones anarquistas a las que te acompañé.

Olvido asintió despacio.

—Fue él quien me introdujo en aquel mundillo. Siempre supe que andaba medio encaprichado de mí y yo, bueno, me dejé querer. ¿Qué podía tener de malo aquello?

Por unos instantes, ninguna de las dos mujeres habló, de regreso a una época y un lugar que no existía más allá de sus recuerdos.

—¿Qué fue lo que le pasó a Luis? —se atrevió a preguntar Estrella.

—Lo peor que le podría haber pasado: yo.

Olvido retrocedió hasta aquella noche terrible de varios años atrás, a finales de octubre de 1938.

Ambos se encontraban en Cataluña desde hacía un par de meses.

A esas alturas ya se hablaba sin reparos de que iban a perder la guerra.

El ejército de Franco estaba aniquilando las escasas zonas rojas que aún le plantaban cara.

Sin piedad. Ellos habían acudido a la llamada desesperada para defender los territorios que los sublevados hacían suyos, pero pronto quedó claro que era inútil.

Ahí fue cuando todo se torció. Luis, tal vez adivinando el negro destino que les esperaba, confesó a Olvido que estaba decidido a cruzar.

Era peligroso, mucho, porque si los descubrían antes de conseguirlo, la pena por deserción era la muerte.

Con todo, él estaba dispuesto a intentarlo.

Muchos antes que ellos lo habían hecho, algunos lo habían logrado, otros no.

«Cruzaré esta noche, ¿vendrás conmigo?».

Al escucharlo, Olvido sintió un profundo desprecio por Luis trepándole por el esófago.

Lo había admirado por sus ideales y su entusiasmo, por ellos lo había seguido hasta el mismísimo corazón del infierno.

Y ahora resultaba que no era más que un cobarde, un desertor.

En ese mismo instante tomó una decisión.

Cuando detuvieron a Luis, ella estaba allí y pudo ver cómo sus ojos pasaban del miedo a la incredulidad al descubrirla junto al teniente de su batallón, y después a la decepción cuando comprendió que lo había traicionado.

Olvido se dio la vuelta, incapaz de soportar más aquella mirada, ignorando que la perseguiría el resto de su vida.

No vio cómo lo arrastraron hacia una cuneta, ni cómo levantaban el fusil hacia él.

Dio un respingo con el ruido de los disparos.

Fueron dos: primero uno y luego otro, para asegurarse.

Desde entonces sus pesadillas siempre empezaban con aquel sonido, que no era otro que el de la muerte.

—¿Lo entiendes ahora, Estrella? Estaba cegada por una ideología que ni siquiera era mía. Luis quiso salvar su pellejo, sí… pero también el mío. Tan solo quería vivir, ¿quién lo puede culpar por ello?

Estrella había escuchado el relato conmovida, sin pronunciar palabra.

—Luis murió por mi culpa. Y su fantasma me mortifica desde entonces.

Te juro que en aquel momento creía que hacía lo correcto, que no había nada más importante que la lealtad a unos ideales.

¡Luchar por la libertad! Ahora sé que eso no es más que propaganda barata, un montón de palabras vacías con las que nos llenaban la cabeza para evitar que pensáramos por nosotros mismos.

¿Cómo va a importar nada más que una vida?

—Olvido, yo…

—Espera, quiero terminar mi historia —la interrumpió.

Le había costado mucho poder hacerlo, pero una vez empezado ya no había forma de parar—.

Poco después comenzó la contraofensiva final de los sublevados.

Fue una sangría, Estrella, lo más horrible que nadie pueda jamás imaginar.

La silueta de los aviones enemigos nubló el cielo y el agua se tiñó de rojo con la sangre de cientos, miles de jóvenes.

Los aullidos de terror y dolor eran más ensordecedores que los de las bombas que caían a nuestro alrededor.

Creo que enloquecí. No sé si fue por la culpa de cargar sobre mis hombros con la muerte de Luis, o por todas las demás que veía allá donde mirase.

No voy a detallarte aquello, pero sí te diré que no temo al infierno porque ya he estado allí.

Así que me dispuse a morir. Bien pensado, no quería otra cosa, me lo merecía después de lo que hice.

Y corrí como poseída hacia el enemigo, ansiando esa bala que cruzara mi pecho para detener ese dolor para siempre —reveló con la voz trémula—.

Pero no llegó ninguna bala, sino una bomba de mortero que estalló a mi lado lanzando metralla en todas direcciones.

La fuerza de la explosión me empotró contra el suelo.

Mi cuerpo quedó protegido por el cadáver de un muchacho al que ni siquiera conocía, pero mi cara quedó expuesta y recibió el impacto de la metralla.

Creí morir de dolor. Ojalá lo hubiera hecho.

Vio a Estrella tragar saliva tratando de digerir lo que acababa de escuchar.

—Ya está, ahora conoces mi secreto. Cada mañana esta cara llena de cicatrices me recuerda en el espejo quién soy —continuó—. Hubiera querido contártelo hace mucho, pero temía lo que pensaras de mí. Prefería que me odiaras a que me despreciaras.

Estrella se levantó despacio, sin atreverse a mirarla. Y Olvido supo que todo estaba perdido.

—Necesito tiempo —dijo—, tiempo para pensar en lo que me has contado.

Olvido la vio refugiarse en su dormitorio.

No la culpaba. Al fin y al cabo, ¿quién quiere tener cerca a un monstruo como ella?

La máscara había caído revelando la cruda realidad, mucho más espeluznante que su rostro deforme.

Se incorporó a sabiendas de que todo había terminado.

Estrella no permitiría que siguiera viviendo con ellas.

Bastante había soportado ya. Tenía que irse.

Y le dolió. Le dolió porque era consciente de que los últimos meses en aquella casa, cuidando a la hija de Rocío y, sobre todo, cerca de Estrella, habían sido los mejores de su vida.

Había sido lo más parecido a volver a tener familia, a ser feliz.

Se levantó y, con un nudo en el pecho, empezó a recoger sus escasas pertenencias. Cuando casi había terminado, escuchó la puerta del dormitorio abrirse y vio aparecer a Estrella. Solo entonces reparó en que estaba llorando y, avergonzada, se secó las lágrimas con disimulo.

—No te preocupes —dijo Olvido—, ya casi estoy. Enseguida me habré marchado y no tendrás que volver a verme.

—No te vayas.

Aquellas palabras, por inesperadas, detuvieron sus movimientos.

—¿Cómo no voy a irme después de lo que te he contado?

—No te voy a mentir, no esperaba algo así de ti —respondió Estrella—.

Pero actuaste creyendo que hacías lo correcto.

Y aunque te equivocaste, solo pudiste verlo demasiado tarde.

Todos cometemos errores y en tiempos de guerra la línea entre el bien y el mal es tan delgada que no pocas veces acaba por confundirse.

—Dime, ¿podrás perdonarme?

Olvido creyó adivinar un destello de compasión en la mirada de Estrella.

—Tú eres la única que puede hacerlo. Te deseo de corazón que lo consigas.

* * *

Rocío había vuelto a ver a José rondando por El Jardín. Que hubiera logrado esquivarlo con éxito no impedía que en cada ocasión le quedara el corazón palpitante y una desagradable sensación en la boca del estómago.

José solía acudir pronto, cuando los primeros clientes no habían llegado, y se encerraba en el dormitorio de Violeta.

Aquello descolocaba a Rocío. Sabía que la madama no recibía clientes, lo que solo dejaba la opción de que se tratase de un romance verdadero, ajeno a los negocios.

Pero eso era, cuando menos, extravagante.

Violeta le sacaba cerca de veinte años y no podían provenir de ambientes más opuestos o tener vidas más distintas.

Aunque dicen que el amor es ciego, y tal vez se habían enamorado hasta el punto de olvidar todo lo que los separaba.

Después de todo, Violeta era una belleza madura que conservaba intacto su atractivo.

No era descabellado suponer que un joven inexperto como José hubiera caído rendido a sus pies.

Rocío notaba el sabor de la bilis cada vez que se los imaginaba retozando juntos.

Y pese a haberse regañado a sí misma en infinidad de ocasiones, no podía evitar que unos celos malsanos la consumieran lentamente.

Por suerte, conocía bien el burdel y sus recovecos para resguardarse cuando escuchaba acercarse el inconfundible sonido de sus botas.

Sin embargo, la suerte no estuvo de su lado aquella tarde.

Rocío había estado atareada con uno de los dormitorios en el que se acababa de instalar una nueva flor.

Había tardado más de lo previsto y ya iba retrasada en el resto de tareas.

Si no se apuraba, no lo tendría todo listo antes de que comenzase el trajín habitual.

Salió marcha atrás del cuarto de las escobas cargada con un cubo de agua y varios paños en el codo, haciendo equilibrios para no derramar el agua a la vez que cerraba la puerta con un golpe de cadera.

Entonces, sin previo aviso, su voz la sobresaltó sin darle tiempo ya para nada más que no fuera enfrentarse a su mirada.

—Hola.

No habían vuelto a hablar desde aquel día en que él se hartó de sus desplantes y dejó de esperarla frente a su casa.

De pronto, Rocío fue consciente de su aspecto desaliñado, su ropa de trabajo modesta y poco favorecedora, sus manos ásperas, su cabello recogido en una cola despeinada, su inexistente maquillaje…

y deseó que se la tragase la tierra. La situación era tan incómoda que ambos permanecieron inmóviles, sin saber cómo actuar.

—Hola —acabó por responder cohibida.

Rocío volvió a preguntarse una vez más si Violeta lo habría puesto al tanto de su secreto.

Esperaba que no, pero si su relación era tan íntima como ella sospechaba, sería lo más probable.

Aquello la avergonzó más aún que su aspecto.

¿Qué pensaría José de ella? Cierto que, si vendía su cuerpo, era solo para poder salir adelante, por el bien de su hija y para asegurarse un futuro, pero eso no la libraba de haberse convertido en lo que se prometió a sí misma no ser jamás.

Al ver a José ante ella, aun siendo tan solo un muchacho corriente, le pareció más atractivo que la última vez.

Al menos mucho más que Arnau. Contuvo un suspiro.

Tal vez, si las cosas hubieran sido diferentes, ella podría haber tenido algo bonito con José en vez de verse forzada a dejarse manosear por un desconocido que le doblaba la edad y por el que no sentía el más mínimo aprecio.

Pero las cosas eran como eran. La vida era la que era.

Darle más vueltas no serviría para nada más que hacerla sufrir.

Se obligó a levantar la barbilla.

—Tengo mucho trabajo, así que si me disculpas…

Trató de escabullirse, pero él se interpuso con rapidez, cerrándole el paso.

—Espera —rogó—, hace mucho que no te veía y, bueno… ¿cómo estás?

Rocío soltó un bufido impaciente. Lo último que deseaba era iniciar una charla, hacer como si nada hubiera cambiado. Levantó el cubo y los trapos:

—Ocupada.

—Ya veo que no es el mejor momento —admitió José, resignado—, pero espero que volvamos a coincidir.

—Eso será fácil —no se resistió a responder, cargada de ironía—, porque hay que ver cómo ha cambiado el cuento: de no querer venir a no querer irte.

Rocío se arrepintió de inmediato de haber dicho aquello, pero ya era tarde.

Solo esperaba que él no hubiera detectado la acidez de los celos en su voz.

José tardó unos instantes en reaccionar.

Al principio pareció descolocado, pero pronto comprendió que Rocío había sacado la conclusión más lógica de su presencia allí.

—Déjame que te explique…

—No, si no hace falta —explotó Rocío—.

Debes de pensar que soy tonta, y tal vez sí lo sea después de todo.

Al menos lo suficiente para haberme tragado que eras tan tímido que no soportabas acudir a un burdel.

Y luego resulta que casi parece que vives aquí.

¿Sabes lo que te digo? ¡Anda y vete a tomar viento fresco!

Dicho esto, agarró el cubo y se lanzó hacia delante con tanto ímpetu que ambos acabaron empapados.

No le importó. Solo quería abandonar aquel pasillo, alejarse de José y de ese futuro imposible con el que su mente no dejaba de fantasear al tenerlo cerca.

Se marchó con el corazón desbocado y los ojos húmedos de humillación.

Era una estúpida, se dijo bajando los escalones a la carrera. ¿En qué maldito momento había permitido que José le importara tanto?