El abrazo del siroco Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Además de incómoda, la situación empezaba a volverse peligrosa.

Resultaba evidente que no estaba en condiciones de nada que no fuera soltar unas cuantas bravuconadas, pero seguía siendo un hombre fuerte y Aurora no sabía cómo zafarse de él.

Se preguntó si la vivienda donde se alojaba estaba tan cerca como para que la familia la escuchara gritar.

Se estremeció al reparar en que probablemente no.

—Venga, te prometo que te va a gustar —jadeó Risto anticipando el placer que le podría proporcionar un cuerpo joven como el de Aurora—. Tú solo tienes que abrir las piernas, ya me ocupo yo del resto.

Aurora decidió que, fuera como fuese, no iba a continuar ni un minuto más allí y, con todas sus fuerzas, le propinó un empujón tan potente que desestabilizó a un ya descoordinado Risto.

Este se tambaleó durante unos segundos e, incapaz de recuperar la verticalidad, acabó en el suelo con toda su corpulencia desmadejada.

—¡Serás puta! —masculló iracundo, removiéndose como un sapo en el fango.

—Yo de puta tengo lo mismo que tú de hombre —respondió Aurora, envalentonada—: ¡nada!

Risto se agitó enfurecido, todavía sin lograr incorporarse.

—Te vas a arrepentir de esta, lo juro —la amenazó—. Me voy a encargar de que antes o después te arrepientas.

Sus palabras la alcanzaron cuando ya estaba alejándose a toda prisa de él. Pese a su victoria, Aurora sintió un escalofrío. Risto podía ser un borracho, pero albergaba una gran oscuridad en su interior. No debía olvidarlo.

* * *

La noticia corrió por la ciudad como el viento del siroco: Rodrigo Morague y Delphine Blanchard habían roto su compromiso. Pronto no quedó nadie en Orán que no lo supiera, aunque pocos conocían los verdaderos detalles.

—Es por otra mujer, ¿verdad? —le había preguntado ella con rabia.

—No hagas esto más difícil.

Lo último que pretendía Rodrigo era entrar en debates estériles, negaciones absurdas o manipulaciones descaradas, pero no podía negarse a sí mismo que Delphine no andaba desencaminada. La irrupción de Aurora en su vida la había trastocado sin remedio.

—¡Exijo saberlo! —exclamó apuntándolo con un dedo acusatorio—. ¿Hay otra?

—No necesito otra mujer para darme cuenta de que no te quiero.

— Menteur… No eres más que un embustero.

—Dejo en tus manos que lo comuniques a nuestros conocidos —concedió Rodrigo en un intento de mantenerse cortés—. Si así lo prefieres, puedes decirles que la decisión ha sido tuya, que eres tú quien no desea continuar con nuestra relación. Así tu reputación no se verá empañada.

Los ojos de Delphine centellearon con la promesa de una revancha no muy lejana. Contaba con la certeza de que la sociedad oranesa se iba a hacer eco de su desgracia, sería la comidilla en cenas y reuniones durante meses. Una afrenta semejante no podía quedar sin saldar.

—Eso tenlo por seguro —respondió, erguida para recuperar la altivez de su porte—.

Les haré saber a todos que tras esa deslumbrante fachada solo he encontrado al nieto de un pobre analfabeto que en su país se moría de hambre.

Estarán de acuerdo conmigo en que una mujer como yo no debe rebajarse a ese nivel.

Rodrigo la observó marcharse con pesar. La decisión estaba tomada, no había vuelta atrás. No se sentía capaz de continuar con aquella farsa ni un minuto más. Cierto que le entristecía que las cosas acabaran así, pero en aquellos momentos Delphine era la última de sus preocupaciones.

Había buscado sin descanso a Consuelito, la joven que podía facilitarle información acerca de la compañía ambulante con la que se había marchado Aurora, pero esta también había desaparecido sin dejar rastro.

Su compañera de habitación solo pudo decirle que unos hombres habían ido a buscarla semanas atrás y desde entonces no había vuelto a saber de ella.

El tiempo apremiaba. Si no lograba dar pronto con alguna pista que lo llevara hasta Aurora, tal vez fuera demasiado tarde.

Lo que él no sospechaba era que el commissaire Blanchard le iba ganando la partida.

Con la ventaja de su puesto y sus numerosos contactos, pudo localizar a Consuelito a pesar de que Paloma hubiera obviado nombrarla.

No resultó difícil empezar a rascar en el Alhambra y asustar al amanerado director.

Luego tirar del hilo fue pan comido. Después de todo, él era la autoridad y nadie escapa de la autoridad. Al menos si él podía impedirlo.

Lo ocurrido con Consuelito fue una verdadera tragedia.

La joven había seguido al esbirro de Bruno, aquel gorila velludo sin cuello, hasta el vehículo con aparente docilidad.

Nadie le dijo por qué se la llevaba ni qué pretendían hacerle.

Pero Consuelito, que había escuchado historias, algunas malas y otras peores, no era tonta.

Aun ignorando el motivo, tan pronto vio por la ventanilla que se dirigían a la prisión, sumó dos más dos y se temió que lo que fuera a ocurrir allí dentro no iba a ser agradable.

Por eso huyó. Saltó del coche sin esperar a que se hubiese detenido pillando desprevenido a su guardián, que no tuvo ocasión de reaccionar.

Rodó por el asfalto encogida sobre sí misma en un intento de proteger la vida que le crecía en el vientre.

Se apoyó en las manos para levantarse, mirando ya hacia los lados en busca de una vía de escape.

Pero olvidó mirar atrás.

El camión no pudo hacer nada. Cuando el chófer pisó a fondo el pedal del freno, las ruedas delanteras pasaban ya por encima de su cuerpo.

Fue rápido. Ni siquiera supo lo que había ocurrido.

No llegó a escuchar los gritos de los transeúntes ni los lamentos del conductor.

Para la joven valenciana que había abandonado su país persiguiendo al hombre equivocado, ya solo había oscuridad.

Consuelito nunca regresaría junto a esa familia que la aguardaba en Valencia, la misma que no le tenía en cuenta que hubiese salido corriendo tras un amor desatinado, la que le había perdonado que volviera con el vientre lleno.

Tampoco revelaría el paradero de Aurora ni a Rodrigo Morague ni a Bruno Blanchard.

No haría nada de eso porque estaba muerta.

La policía ni siquiera tuvo que preocuparse por silenciar aquella tragedia, pues ese mismo mes de febrero otra mucho mayor acaparó la atención de la colonia.

El desinterés que hasta entonces había demostrado Alemania por el norte de África había llegado a su fin.

Hitler necesitaba impedir que se convirtiera en una gran base para los aliados desde la que dar el salto al sur de Europa, comprometiendo así la operación Barbarroja y su empeño por invadir la Unión Soviética.

A tal fin creó un arma poderosa: el Afrika Korps, un ejército eficaz y mortal bajo el mando del astuto general Erwin Rommel, el Zorro del Desierto.

El Afrika Korps acababa de desembarcar en Libia con órdenes de socorrer a las tropas italianas.

Rommel convirtió lo que en un principio se trataba de una campaña de contención en una formidable fuerza de combate que avanzaba imparable, sembrando el terror entre los aliados.

Si bien las ofensivas se centraban en el Egipto británico y la Libia italiana, estos no eran los únicos objetivos en mente de ambas potencias.

El control del Estrecho, puerta al mar Mediterráneo, era crucial para vigilar sus aguas y a quien navegara por ellas.

Y ahí es cuando Argelia se colocaba justo en el ojo del huracán.

Rodrigo supuso con acierto que el que la guerra hubiera irrumpido en el norte de África obligaría al commissaire a suspender la búsqueda de Aurora. No obstante, Bruno Blanchard no iba a olvidarse de su presa.

Los depredadores nunca lo hacían.