El abrazo del siroco Capítulo 30
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Capítulo 30

Evaristo López había recibido palos desde antes de nacer y no dejó de hacerlo después.

Ya en la barriga de su madre lo zarandearon los golpes de su padre, aunque no lo pudiera recordar.

Los que vinieron un poco más tarde no los olvidaba.

Llevaba una lista mental de cada paliza, cómo, cuándo y por qué se había producido.

Como si así algún día pudiera saldar cuentas con Dios por lo vivido y lo sufrido.

Con los años, Risto, como lo llamaba todo el mundo, se hizo un experto en verlas venir y escabullirse antes de que le lloviera el primer coscorrón, pero su brújula no siempre acertaba y en ocasiones el chaparrón lo pillaba de lleno.

Se acostumbró a los dolores del cuerpo, moretones y magulladuras con tanta facilidad como si no existiese otra cosa.

Pero él no era el único en sufrir la ira de un padre borracho y frustrado.

Su madre, por lo general, se llevaba la peor parte.

De rostro ceniciento, como su suerte, parecía al menos diez años mayor de lo que era.

Caminaba arrastrando los pies y una vida miserable que se le enredaba en ellos, resignada a sufrir todo tipo de vejaciones con esa mansedumbre bovina de quien sabe que no tiene alternativa.

Tal vez en algún momento hubiera intentado rebelarse, pero ya no.

Hacía mucho que no. Ni siquiera cuando los golpes caían sobre las cabezas de sus hijos o cuando las manos de su marido acariciaban los cuerpos de las niñas. Ni siquiera entonces.

Risto había tenido mala suerte, pero no la peor.

Al menos él había nacido varón. Sus hermanas, además de palizas y humillaciones, debían soportar al viejo cuando se ponía cariñoso.

Así lo decía él: «Hoy estoy cariñoso». Y las niñas se echaban a temblar porque sabían bien lo que eso significaba. Todos lo sabían.

Cuando creció, Risto aprendió a hacer lo mismo.

Su corpulencia le servía para forzar a sus hermanas a su antojo y, si alguna se atrevía a encarársele, le cruzaba la cara de un bofetón y la amenazaba con contárselo al padre.

Así de fácil, así de efectivo. Hasta el día en que su madre lo descubrió con los pantalones por los tobillos sobre la menor de sus hermanas, de tan solo nueve años.

«Qué vergüenza haber parido un monstruo» fueron las palabras que dieron un giro sin retorno a su vida. Tenía dieciséis años cuando se marchó de casa llevándose su mezquindad con él.

Después de aquello, Risto vagó de un lugar a otro, sin quedarse demasiado en ninguno porque de todos lo acababan echando.

De su Cáceres natal se trasladó hasta Cartagena, donde encontró un trabajo de estibador que terminó de modelar su portentoso físico y de estropear su mal carácter.

Allí descubrió el gusto por la bebida, las peleas y las apuestas.

Fue precisamente una deuda de juego lo que lo empujó a marcharse de la noche a la mañana, a dejarlo todo atrás, lo que al fin y al cabo no significaba demasiado para él.

Viajó de polizón a bordo del primer barco en el que pudo colarse sin siquiera conocer su destino.

El viaje no fue largo y las tierras argelinas lo recibieron con el tórrido calor de los meses de verano.

Si algo sabía Risto, era buscarse la vida, empezar de cero.

Una noche se le ocurrió retar a un pulso al hombre más grande que encontró en la taberna de mala muerte donde había ido a parar.

Su juventud ayudaba a que lo infravaloraran y las apuestas eran siempre tentadoras.

No perdió ni ese ni un solo pulso de los que siguieron en tres semanas.

Pronto alguien se fijó en él y le propuso pasar de tumbar brazos a tumbar hombres enteros.

Le pareció una bicoca poder ganarse la vida a base de mamporros y aceptó.

Hubiera podido llegar lejos, tal vez ser boxeador profesional en la metrópoli, pero eso hubiera requerido de disciplina y decencia, y él no tenía ni lo uno ni lo otro. Lo que sí tenía era un pronto incontrolable y el vicio de la botella, ambos fueron su ruina.

Dejó atrás el mar y se aventuró tierra adentro.

Fue de pueblo en pueblo un tiempo, robando la comida cuando le apetecía comer, la bebida cuando le apetecía beber y la honra de las mujeres cuando le apetecía también.

No podía permanecer en ningún sitio, porque no tardaban en repudiarlo.

Así fue viajando sin descanso, de un lugar remoto a otro más remoto todavía.

De lo que iba cogiendo de aquí y allí, se hizo con una maleta de cartón repleta de cosas del todo inútiles que iba vendiendo a fin de disponer de dinero contante y sonante.

Así conoció a Halima. Simplemente le pareció una presa fácil, afilado su instinto tras años de acosar y forzar a jóvenes allá por donde pasaba.

Su cojera no le importó, al contrario, le causó cierta curiosidad.

Fue todo tan rápido y sencillo de conseguir que le dejó, como solía ocurrirle a menudo, el regusto amargo de quien ya no encuentra aliciente en lo que se ha vuelto rutinario.

La dejó ir deshecha en llanto sin siquiera prestarle atención, sus pensamientos puestos ya en otra cosa.

Había decidido que le hastiaba aquella vida tediosa, impropia de un hombre como él.

Su tiempo en tierra de moros, donde el polvo se incrusta en cada poro, se había terminado.

Era hora de buscar un nuevo destino. Se dirigiría de nuevo a la costa, podía encontrar trabajo de marino en algún buque, tal vez incluso alcanzar América.

Satisfecho con su decisión, a pocos kilómetros de la aldea que acababa de abandonar, encontró unas palmeras que ofrecían una sombra tentadora. Su error fue tumbarse.

Los hermanos de Halima, alertados por la madre y espoleados por el padre, salieron en estampida en busca del rufián que había deshonrado a su hermana y con ella a toda la familia.

Risto, sumido en un sueño plácido que lo transportaba a nuevos destinos, no los vio venir.

A pesar de su corpulencia, ellos eran más y estaban cegados por una furia que solo podría aplacarse con sangre.

La paliza fue inevitable. Aunque una vez se sobrepuso a la sorpresa, Risto llegó a repartir unos buenos golpes y romper unos cuantos huesos, acabó sin más alternativa que rendirse.

Con todo, lo peor no fue que perdiera una pelea por primera vez en meses, sino las consecuencias que iba a traerle aquella derrota.

De vuelta a rastras en la aldea, no fueron los hermanos de Halima quienes doblegaron su voluntad, sino el padre.

Aquel condenado chamán le aseguró que, de no unirse a su hija, una terrible enfermedad le marchitaría el miembro viril, dejándoselo totalmente amoratado hasta que se le cayera a pedazos en medio de un horrible sufrimiento.

Y así fue como Evaristo López, el del brazo invencible, el bebedor insaciable, el jugador tramposo, no pudo hacer más que acceder al enlace con una amazigh coja y poco agraciada.

A continuación, se lanzó a los caminos con su recién estrenada esposa siguiendo sus pasos mientras rumiaba cómo librarse de ella.

* * *

Aurora había creído que el sueño dejaría de jugar al escondite con ella en algún momento de la noche, pero resultó que no fue así.

Llevaba meses en la compañía y se sentía varada como las ballenas que agonizan en la orilla.

No hacía más que ir de acá para allá, pero sin avanzar ni un solo centímetro.

Sidi Bel Abbès, Lamonière, Beni Saf, Pont de l’Isser…

Peinaba cada nueva localidad preguntando por las mellizas, pero nadie le había dado todavía una pista fiable.

Se le escurría el tiempo entre los dedos y la esperanza era lo único a lo que seguía empeñada en aferrarse.

Esa noche dormía en una estancia anexa a la casa que servía de almacén para la familia que amablemente la había alojado.

El espacio estaba atestado de muebles viejos y todo tipo de enseres y tuvo la desagradable sensación de que las paredes se le venían encima.

Hastiada de no conseguir dormir a pesar del cansancio acumulado, se levantó para tomar el aire.

Se alejó dando un paseo. Hacía un frío húmedo que se colaba bajo la ropa y destemplaba los cuerpos.

El invierno en aquel país era así: crudo e inclemente, como todo lo demás.

No había viento, pero sí una luna grande, amarillenta y pesada, tan desvelada como ella.

Se quedó observándola. Resultaba perturbador pensar que la luna que ella veía era la misma que velaba al resto de la humanidad: a los que luchaban en la nueva guerra, a los amantes que se abrazaban, a las madres que acunaban a sus hijos, a quienes dormían profundamente y a los que, como ella, se sentían azotados por una zozobra difícil de soportar.

Se preguntó si en ese momento sus hermanas estarían observándola también.

—Vaya, vaya… mira a quién tenemos aquí. ¿Me estabas esperando?

Aurora había estado tan enfrascada en el cielo nocturno que no lo había oído llegar y se sobresaltó al escucharlo a su espalda.

A juzgar por cómo arrastraba las consonantes, Risto volvía a estar borracho.

Menuda novedad. Apestaba a boukha, esa potente bebida alcohólica obtenida de la fermentación de los higos.

Trató de regresar al interior de la vivienda, pero él le cortó el paso.

—No me digas que tienes prisa, sería una lástima. —Se acercó a ella con torpeza y Aurora contuvo la respiración para no inhalar su aliento—. ¿Sabes? Acabo de darme cuenta de que, siendo tan amiguita de mi mujer, apenas nos conocemos tú y yo…, pero eso podemos arreglarlo ahora mismo si quieres.

—Resulta que no quiero —espetó asqueada—. Así que lo mejor será que te apartes de mi camino y me dejes tranquila.

—Eres toda una fierecilla, ¿verdad? —Risto se relamió dejando un repulsivo grumo de saliva blanca en la comisura de su boca—. ¿O solo lo haces porque sabes que me encantan las que se resisten?