Capítulo 29
La vida merecía la pena. Al menos eso se dijo Olvido después de tanto tiempo pensando lo contrario que llegó a creerlo verdad.
Cuidar de la bebé era el mayor regalo que podía haber recibido. Si bien al principio aceptó solo porque suponía su única oportunidad para recuperar la confianza de Estrella, no pasó demasiado hasta que aquella adorable criatura la conquistó.
Los trabajos de las hermanas las obligaban a pasar muchas horas fuera de casa, por lo que ambas habían instaurado sus propias rutinas.
—¿Quieres gatear? Venga, vamos a intentarlo —le decía—. Nunca dejes que te digan que no puedes hacer algo porque seas pequeña, ¿me oyes?
Olvido se sentía otra. Más fuerte, más en paz, más despreocupada… casi feliz. ¡Si incluso había vuelto a sonreír! Al principio había temido que el aspecto de su rostro la espantara, pero resultó que donde los adultos solo veían una cara desfigurada, la pequeña veía algo más. La veía a ella.
A veces Olvido se descubría observándola, emocionándose hasta las lágrimas cuando le extendía los bracitos o le dedicaba alguna de sus espontáneas sonrisas.
Gracias a ella estaba sanando sus heridas, no las de la piel, sino las otras, las profundas e invisibles, esas que no impresionaban a nadie y, sin embargo, dolían mucho más.
Ahora sí, Olvido podía decir sin miedo a equivocarse que conocía el amor.
Y no uno cualquiera. Tal vez fuera ese profundo sentimiento el que hacía sus noches más apacibles.
Y es que, desde que estaba al cuidado de la niña, las pesadillas se habían ido espaciando. Sus fantasmas se estaban replegando.
No obstante, no todo era felicidad. Desde su regreso a casa de las hermanas Robles, los papeles se habían invertido y ahora era Estrella quien, decepcionada tras su traición, guardaba las distancias.
No se lo podía reprochar. La había acogido en su casa sin ni siquiera hacer preguntas acerca de su pasado, había respetado sus silencios y tolerado sus desplantes demostrando que realmente se interesaba por ella, que le importaba cuando nadie más lo hacía. Y Olvido le había fallado.
Estrella iba a necesitar tiempo para perdonarla, si es que algún día conseguía hacerlo.
* * *
—¿Cómo puedes ser tan terca?
—Que me lo digas precisamente tú…
Rocío y Estrella discutían por enésima vez, últimamente había algo en lo que no lograban llegar a un acuerdo por más que lo intentaran.
Entrado ya enero, las corrientes de aire húmedo se colaban sin dificultad por los resquicios de las ventanas, destemplándoles los cuerpos y el ánimo.
De forma inconsciente, ambas se arrebujaron en sus enclenques chaquetas de punto en busca de calor y consenso.
—No podemos seguir llamándola «pequeña» el resto de su vida —protestó Estrella como si no hubiera repetido eso mismo hasta la saciedad.
—Y no lo haremos —respondió Rocío, también como siempre—. En cuanto nos reunamos con Aurora, lo primero que le pediré es que elija un nombre para ella.
—Pero para eso pueden faltar meses o… —Estrella se sintió incapaz de continuar anunciando malos presagios—. ¡No podemos esperar tanto!
—No veo por qué no. A ella no parece que le importe. ¿Verdad, Olvido?
La niña, como si se supiese aludida, respondió con un alegre gorjeo que por unos instantes tuvo el poder de distender la tensión acumulada entre ambas hermanas.
Olvido, por el contrario, optó por hacer como que no había oído.
Lo último que deseaba era intervenir en la disputa o verse empujada a tomar partido.
Al fin y al cabo, a ella poco le importaba llamar a la niña «pequeña» o Cleopatra mientras le permitieran seguir cuidando de ella.
—Es una absoluta estupidez —insistió Estrella, con el ceño fruncido—, y cuando Aurora se entere, ella misma te lo dirá.
Rocío se encogió de hombros, indiferente a las reiteradas presiones de su melliza.
Descubrir que no se trataba de un niño, tal y como ella había esperado durante el embarazo, y al que tenía previsto llamar Benigno como su padre, la cogió de sorpresa.
Sopesó varios nombres con desgana, pero ninguno parecía irle bien: el que no era demasiado largo es que era corto, algunos sonaban extraños al pronunciarlos en francés y los que no eran españoles tampoco le terminaban de gustar…
hasta que acabó decidiendo que fuera su hermana mayor quien lo eligiera.
De algún modo, le parecía que era una forma de obligarla a regresar a su lado.
Tenía que hacerlo, no podía dejar a su sobrina sin nombre.
Se había cumplido ya un año desde su llegada a Argelia, un año sin saber de Aurora.
Las mellizas habían encontrado en la ciudad de Argel un refugio en el que aguardar con ansia el momento del reencuentro, una especie de vida postiza en la que habían aprendido a encajar por la fuerza, pese a no ser más que un decorado de cartón piedra que, si se miraba por el otro lado, se descubría hueco y vacío.
—Me marcho, no quiero llegar tarde. —Rocío dejó a Estrella con las mismas protestas de siempre en la boca y se volvió para despedirse de su hija con un fuerte achuchón.
Luego la devolvió a los brazos de Olvido—.
Mamá se va a trabajar, pórtate bien, «pequeña» —dijo sin evitar lanzar aquella última pulla a su hermana, que resopló con hastío.
Rocío había acabado por acostumbrarse a separarse de su hija.
Le había costado, eso no lo podía negar.
Al principio, aquella separación física la había sentido como un desgarro.
Pero un burdel no era lugar para ella y, por mucho que la irritara tener que darle la razón a Estrella en eso, tuvo que aceptarlo.
Por el bien de la niña, que era lo único que importaba.
Aquella tarde, conforme se acercaba a El Jardín con el olor de su hija todavía prendido en la piel, se llevó un gran sobresalto.
Aprovechó un puesto callejero de fruta fresca para cobijarse tras él y asegurarse.
Sí, no habían coincidido desde que ella lo echara de malas maneras de su casa y de su vida, pero sin duda era él. Era José.
Volver a verlo fue como si un terremoto la sacudiera por los pies.
Había conseguido sacarlo de sus pensamientos por la fuerza.
Las tribulaciones de su vida habían ayudado a que apenas tuviera un minuto que dedicar al recuerdo de aquel joven carpintero de mirada noble que un día se interesó por ella.
Pero ahí estaba de nuevo, removiendo de nuevo unos sentimientos que la incomodaban y a los que prefería no enfrentarse.
Una súbita vergüenza la llevó a parapetarse mejor tras las cajas apiladas repletas de granadas del tenderete.
Lo vio charlar con Violeta. ¿Y si estaba al corriente de sus visitas al hotel de Arnau?
¿Le habría contado la madama que ahora ella se dedicaba a atender a su cliente especial? Solo de pensarlo se ruborizó.
Continuaba viendo a Arnau cada vez que él estaba de visita en la ciudad.
Al fin y al cabo, pagaba muy bien y la niña aún necesitaba leche, amén de los muchos gastos a los que debían hacer frente ahora que en casa eran cuatro personas.
Violeta había demostrado tener razón, no eran pocos los clientes que habían sido movilizados para luchar en la guerra, por lo que el trabajo empezaba a escasear y su sueldo como limpiadora de El Jardín no alcanzaba.
Había aprendido a vivir con ello, después de todo, no le quedaba otra, pero lo seguía manteniendo en secreto porque no era algo que la hiciera sentir orgullosa.
Solo esperaba que José no lo descubriera nunca.
Y es que, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, le importaba lo que pensara de ella.
No fue hasta que vio cómo Violeta sonreía y le ponía una mano en el brazo con complicidad, que Rocío se preguntó qué habría llevado a José al prostíbulo. Y solo se le ocurrió una cosa: la misma por la que muchos otros acudían allí.
Al pensar en José como cliente, volvió a enrojecer, si bien esa vez era un sentimiento más potente que la vergüenza lo que hizo que la sangre galopara veloz por sus venas.
Estaba furiosa. Cuando se conocieron él temblaba en el pasillo frente a la puerta de Dalia, aterrado ante la idea de entrar, pero ahora se le veía relajado, incluso parecía disfrutar charlando con la madama.
¿Acaso había fingido? ¿O es que había cambiado tanto en los meses que no se habían visto que ya no le azoraba buscar compañía femenina?
Rocío se preguntó con cuál de todas las chicas habría retozado.
Tal vez Rosa, que lo habría cautivado con su risa cantarina.
O Lirio, con sus enormes y bamboleantes pechos.
Aunque por cómo actuaba con Violeta, quién sabe si…
no, eso era imposible. O no. Imaginar a José en los brazos de otras mujeres, acariciando y siendo acariciado, susurrando palabras comprometidas y dejando escapar gemidos de placer le resultó demasiado doloroso.
Rocío se sorprendió al descubrir que eso que la tenía descompuesta no era otra cosa sino celos.
¡Celos! ¿Cómo era posible? Si había sido ella quien le dejó claro que no quería saber de él.
Resopló con fuerza por la nariz. Esperó a que se despidiera de Violeta y lo vio marcharse calle abajo, con pinta de estar satisfecho consigo mismo.
Esa noche no dijo nada a nadie, pero frotó los suelos con tanto ímpetu que acabó con las manos llenas de ampollas.
* * *
Olvido tuvo una pesadilla. Hacía tiempo que no ocurría y Estrella lo sabía porque, aunque no había vuelto a acudir a su lado para calmarla, había permanecido pendiente.
Por eso sabía que lo que fuera que causaba los terrores nocturnos a su vieja amiga había ido aplacándose poco a poco.
Cada vez eran menos las ocasiones en las que sus gemidos torturados la despertaban, hasta que llegó un momento en el que creyó que ya habían pasado. Pero no era así.
Esa noche nuevos alaridos se colaron en el dormitorio.
Rocío aún no había regresado y Estrella comprobó que la pequeña dormía profundamente junto a ella.
Pero Olvido seguía sin calmarse, de modo que decidió acudir para que no acabara despertándola.
Convenciéndose a sí misma de que lo hacía por la niña, no por Olvido.
En el salón, Estrella se estremeció al descubrirla retorciéndose húmeda de sudor, sollozando y gritando palabras inconexas.
En el pasado había sido testigo de muchas de sus pesadillas, pero jamás la había visto en ese estado.
Sus fantasmas habían regresado, y casi parecía que lo hacían dispuestos a devorarla. A su pesar, se apiadó.
Se acercó y colocó su mano sobre la frente de Olvido, que se sacudió aún con más fuerza.
—Vamos, solo es un sueño, nada más que un sueño —susurró con voz queda, pero Olvido estaba atrapada en un rincón de su mente desde el que no parecía oírla.
Estrella no se atrevió a ir más allá. En otro momento se habría tumbado junto a ella, pero ahora no podía.
No se sentía capaz de acurrucarse junto al cuerpo de la persona que la había traicionado de una manera tan rastrera, pero tampoco tenía corazón para dejarla sufrir así. Respiró hondo y la sacudió.
—Escúchame —dijo con tono decidido—. Tienes que despertar, ¿me oyes? Vamos, estoy aquí. No va a ocurrirte nada malo. Despierta.
De repente, con una gran bocanada de aire, Olvido pareció tomar conciencia de que estaba soñando. Se incorporó y miró a su alrededor entre jadeos, aún aturdida.
—Yo… yo… —musitó con la respiración entrecortada.
—Estabas teniendo una pesadilla —contestó Estrella para ayudarla a ubicarse—. Una que debía de ser terrible.
Olvido parpadeó rápido varias veces, en un intento de espantar las imágenes que habían poblado sus sueños y se resistían a abandonar sus retinas.
—Sí, terrible.
Se sentó en el sofá abrazada a sus propias rodillas y Estrella permaneció de cuclillas frente a ella. La luz de la luna iluminaba lo suficiente como para permitir que se miraran a los ojos durante varios minutos.
—¿Algún día me contarás qué es eso que te atormenta?
Olvido suspiró, recuperando poco a poco un ritmo normal en su respiración.
—Te he mentido —confesó.
—Eso ya lo sé.
—No, me refiero a que te he mentido desde el principio. Luis no murió en la batalla del Ebro tal y como te hice creer.
—¿Qué quieres decir?
—Que yo lo maté, Estrella —confesó rompiendo de nuevo en llanto, esta vez en uno quedo y silencioso—. Que además de ladrona, soy una asesina.