El abrazo del siroco Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

La transacción había resultado breve, casi aséptica.

Tal y como imaginaba, Blanchard la estaba esperando y, nada más verla aparecer, estiró su sonrisa lobuna mostrando los colmillos.

No hizo falta más. Paloma vomitó cuanto sabía, la angustia le cerraba la garganta con tal empeño que debió hacer un esfuerzo para empujar las palabras fuera de su cuerpo.

Tan pronto como el commissaire se convenció de que no se guardaba nada, le devolvió a su hijo.

Paloma lo estrechó con fuerza allí mismo, para de inmediato comprobar que estaba ileso.

Respiró aliviada, la sola idea de que lo hicieran pasar por lo mismo que a ella la estremecía.

Salió Paloma con el niño tan fuertemente sujeto de la mano que hubieran tenido que arrancarle el brazo para separarlos de nuevo.

Al pisar la calle no se encaminó hacia el barrio de la Marina, donde estaba la pensión Valencia, sino que, después de asegurarse de que nadie la seguía, recorrió los bulevares más lujosos de la ciudad hasta la place de la Bastille.

Una vez allí, se plantó frente a la casa de los Morague.

Había estado antes, en las ocasiones en que iba a llevarles jabón, pero jamás había pasado del patio. Esa vez lo cruzó como una exhalación.

—¿Nos conocemos? —inquirió Rodrigo sin despegar el auricular de su oreja. En apenas un segundo su desconcierto se transformó en sorpresa—. Espera, ¿no eres la chica de los jabones?

—Y también amiga de Aurora Robles —soltó ella a bocajarro—. Está en apuros.

Rodrigo clavó sus ojos cobrizos en aquella joven despeinada y sudorosa que, con una criatura enredada en las piernas, había irrumpido en su despacho sin llamar. No obstante, la sola mención de Aurora lo exhortó a despedirse de su interlocutor con premura y colgar.

—¿Qué clase de apuros? —inquirió.

—De los peores que pueda haber.

Si el despacho de Rodrigo, con la pesada librería, la mesa de caoba y una escribanía de mármol pulcramente colocada en una esquina, impresionó a Paloma, no lo dejó entrever.

Rodrigo permanecía sentado, su mano, inmóvil sobre el teléfono de baquelita verde aceituna, hasta que pareció despertar para invitarla con un gesto a que tomara asiento.

Ginesito, percibiendo la gravedad en el ambiente, permaneció cobijado junto a su madre.

—Cuéntamelo todo —pidió Rodrigo.

Paloma lo hizo. Le habló de cómo Bruno Blanchard había acudido en su busca con intención de conocer el paradero de Aurora y, ante su negativa a hablar, cómo las presiones habían acabado por convertirse en torturas para hacerla confesar.

Por último, le contó cómo el commissaire había conseguido la ansiada información con un ardid tan cruel como efectivo y, para demostrar la veracidad de sus palabras, levantó la mano izquierda en la que el vendaje no lograba disimular la ausencia del meñique.

—Hay que encontrar a Aurora cuanto antes, ponerla a salvo. Ese hombre no se detendrá hasta dar con ella y entonces… Entonces yo no podría perdonármelo jamás.

Rodrigo Morague la había escuchado sin interrumpir ni una sola vez.

Cuando Paloma hubo terminado, respiró hondo.

Lo vio levantarse para abrir la ventana, como si de repente el aire del despacho no fuera suficiente.

Los trinos de los pájaros se colaron en el interior de la estancia enrarecida y él se quedó allí, las manos a la espalda y un leve balanceo de los talones a la punta de los pies mientras Paloma, con los ojos cerrados, rezaba por no haberse equivocado.

—Vuelve a contármelo con calma. Desde el principio —pidió Rodrigo. Aurora nunca le había mencionado a Bruno Blanchard pero, conociéndolo como lo hacía, no le cabía duda de que esa mano mutilada no sería nada en comparación con lo que haría con ella si la atrapaba—. Y no te dejes ningún detalle.

Un suspiro de alivio se escapó de los labios de Paloma.

Acudir a un desconocido en busca de ayuda había sido una apuesta arriesgada.

Tan solo contaba con su intuición, que le decía que aquel hombre sentía por su amiga mucho más de lo que se esforzaba por aparentar; y no había fallado.

Tras revelarle lo que Aurora había sufrido durante el interrogatorio del commissaire a su llegada a Orán y la obsesión de este por dar con ella, le habló de la compañía itinerante y de lo poco que sabía de ella.

Ni nombre, ni ruta… nada que pudiera ser de ayuda.

Su único consuelo era que lo que suponía un escollo para ellos, de igual modo lo sería para Bruno Blanchard.

—Compañías hay muchas y pueblos en el Oranesado donde actuar, aún más, eso sin contar con el resto de Argelia —se desesperó Rodrigo, consciente de que la colonia francesa era un territorio tan extenso como abrupto—. Será como buscar una aguja en un pajar.

Pese a todo, estaba decidido a encontrarla. El problema radicaba en si lo conseguiría antes de que lo hiciera Blanchard.

—Bueno —anunció Paloma, esbozando un amago de sonrisa, el primero desde su llegada, que dejó al descubierto sus incisivos algo separados—, a decir verdad hay un detalle que no he contado a nadie, ni siquiera al commissaire.

No se trata de un acto de valentía, en realidad, con los nervios lo había olvidado hasta ahora…

—Rodrigo la miró de hito en hito—. Aurora contactó con la compañía gracias a una muchacha, Consuelito, y sé cómo localizarla. Te daré su dirección.

Rodrigo celebró con una palmada en el aire las posibilidades que le brindaba esa pequeña ventaja. Después de todo, puede que lo lograra. Solo debía ser más rápido y astuto que Bruno.

Al despedirse, Paloma se extrañó al verlo buscar en el cajón de su escritorio para sacar unos cuantos billetes que guardó en un sobre.

—No deberías quedarte aquí, sobre todo por tu hijo —la advirtió Rodrigo al tiempo que se lo tendía—. Es todo cuanto tengo ahora mismo. Os ayudará a poneros a salvo.

Agradecida, aceptó el sobre con una mano.

Con la otra apretaba a Ginesito contra sí una vez más, como si reafirmara que nada ni nadie podría volver a quitárselo.

Cuando abandonó la casa de los Morague, ahora sí, rumbo a la pensión Valencia, lo hizo con el corazón dividido entre la pena de tener que despedirse de doña Tecla y la incertidumbre del futuro que debería afrontar.

A su lado caminaba su hijo, su debilidad, pero también su mayor fortaleza.

Por él haría cuanto fuera necesario. Y si debían desaparecer tragados por el desierto, que así fuera.

* * *

Desde la ventana de su despacho, Rodrigo Morague los observó cruzar la plaza.

Una tremenda inquietud burbujeaba en su pecho, encendió un cigarro para aplacarla.

Aspiró una profunda bocanada y cerró los ojos.

Pudo ver el rostro ovalado y dulce de Aurora con todo lujo de detalles.

Sintió el calor húmedo de sus labios tras aquel beso fugaz que alcanzó a robarle en el viñedo.

Un aguijonazo de culpa hizo que se removiera inquieto.

Si el día que fue a despedirse de ella le hubiera impedido marcharse, si le hubiera confesado que había localizado a sus hermanas, si no se hubiera dejado llevar por su orgullo herido comportándose como un estúpido, todo habría sido diferente.

Volvió a agarrar el auricular de baquelita y marcó permitiendo que las muescas de los números acariciaran sus dedos al girar.

—Necesito pedirte algo. Se trata de un favor personal.

—Déjame adivinar… —sopesó Bernabé del otro lado durante unos instantes—. Ese favor personal tiene nombre de mujer, ¿me equivoco?

—No lo haces —admitió él.

—¿Sabes? No era tan difícil —reconoció Bernabé—, lo llevas escrito en la cara desde hace meses. Vamos, dispara.

Rodrigo lo puso al corriente de cuanto Paloma le acababa de relatar.

—Necesito encontrarla, Bernabé, no puedo permitir que él lo haga primero.

El cónsul español meditó unos instantes antes de responder.

—¿Y qué harás cuando sepas dónde está?

Rodrigo suspiró vaciando sus pulmones por completo y cerró los ojos.

—Aún no lo sé.