Capítulo 28
La admiración de Aurora por Halima se había ido incrementando con cada una de sus escapadas nocturnas.
Asistía a sus intervenciones con un silencio reverencial, sin atreverse a respirar para no quebrar el ambiente casi místico que se creaba cuando acercaba sus manos al paciente.
Tanto era así que Aurora había tomado la decisión de hacer una especie de recetario donde anotaba los asombrosos remedios que empleaba.
Ignoraba si algún día le sería de utilidad, pero estaba decidida a no dejar perder un conocimiento tan fascinante.
En el último mes habían tratado desde parálisis facial a estreñimiento, de vómitos a impotencia, de infertilidad a ronquera…
Si la lista de enfermedades era extensa, no lo era menos la de curas y ungüentos que empleaba Halima.
Puré de arroz para el sarampión; mezcla de incienso, clavos, almizcle y ámbar para los resfriados; orina de oveja para la inflamación de las encías o almagre para el acné.
Todo un abanico de nuevos ingredientes naturales que solían resultar tan eficaces, cuando no más, que la medicina tradicional que Aurora conocía.
Aquella noche no había luna, lo preferían así.
Contaban con que Risto solía llegar tan borracho que en pocas caladas se metía entre pecho y espalda el cigarro que Halima le preparaba cada noche y a continuación prácticamente se desmayaba en la cama; hubiera sido del todo imposible que se enterara de las escapadas nocturnas de su esposa, ni aunque esta hubiera entrado y salido tocando los platillos.
No obstante, la oscuridad las amparaba y habían aprendido a moverse en ella.
La paciente era una niña de unos diez años extremadamente delgada, que aguardaba sentada con los ojos muy abiertos, asustada o tal vez solo expectante.
Otros dos niños más pequeños dormían arrebujados en la cama, ajenos a todo cuanto ocurría a su alrededor.
La madre, una joven tan empequeñecida como su propia hija, se dirigió a Halima en árabe, visiblemente nerviosa.
Esta la calmó con un susurro y se volvió hacia la niña para, como de costumbre, colocar sus manos sobre su cabeza y cerrar los ojos. Al abrirlos, sonrió.
—Solo son parásitos. Ha debido de comer carne en mal estado, no deja de ser relativamente frecuente —confirmó volviéndose hacia Aurora, que no dejaba de asombrarse ante la aparente sencillez con que llegaba a sus diagnósticos—.
Le daremos a beber leche con menta, es muy efectivo.
Habrá que prepararla para todos, son muy contagiosos y no me extrañaría que los más pequeños acaben infectados, si es que no lo están ya —afirmó Halima con aplomo—.
Y para la anemia que le han provocado, dejaré instrucciones para que la alimenten con mijo cocido bien machacado con azúcar.
Con el racionamiento eso va a estar más difícil, así que mañana me pasaré a dejarles algo. Dentro de poco estará bien.
—Qué buena noticia.
—Lo es. Ahora ocupémonos de la madre.
Aurora la miró extrañada. No parecía que la madre estuviese enferma, pero decidió no preguntar.
Halima se acercó a la joven y le habló en un tono quedo.
Sin llegar a comprender lo que decían, Aurora pudo captar la incomodidad de esta.
La vio negar con la cabeza gacha y a su amiga insistir con suavidad.
Cuando esta fue a acariciarle el brazo, la joven dio un respingo de dolor.
Con la misma calma, acercó el candil con una mano y con la otra le levantó la manga de la chilaba.
A la vista quedaron unos grandes cardenales rojizos.
La joven madre rompió a llorar. Durante largo rato Halima acompañó su llanto en silencio, dejando que las lágrimas le humedecieran el hombro.
—Algunos hombres son peor que el mismísimo demonio —sentenció al fin haciéndole una seña a Aurora—. Anda, acércame mi saco, por favor.
Aurora obedeció con gesto serio. Halima rebuscó hasta dar con un pequeño bote de cristal con tapón de cera de abeja y se lo tendió a la joven, que parecía más calmada.
Cruzaron unas últimas palabras y la madre guardó el bote en el interior de una olla vacía, colocó de nuevo la tapa y se volvió con intención de arrodillarse para besarle los pies a Halima. Esta se lo impidió.
Una vez en el exterior, caminaron en silencio un buen rato.
—¿Qué ha ocurrido ahí dentro?
—Ya lo has visto, una niña con lombrices.
—No me refiero a eso y lo sabes —negó y, a modo de respuesta, Halima respiró hondo—. ¿Por qué la madre tenía el brazo amoratado? ¿Se lo ha hecho su marido?
—Eso cuenta ella.
De nuevo el sonido de sus pisadas amortiguadas por la arena las acompañó un trecho. Aurora seguía teniendo preguntas, aunque temía las respuestas.
—¿Y qué contenía ese bote que le has dejado?
Una nueva inspiración profunda junto con un cabeceo sirvió de prólogo.
—La adormidera se lleva usando desde hace siglos, puede que incluso milenios, quién sabe —explicó Halima—.
No es una amapola difícil de conseguir si sabes dónde buscar, mi padre me enseñó cuando su visión empezó a fallar.
También de él aprendí a esperar a que caigan los pétalos y, a los tres días, antes de que maduren los bulbos, hacerles un corte superficial.
El látex que brota se recoge una vez se ha endurecido y se amasa.
Lo ayudé tantas veces a diluirlo en agua hirviendo, a filtrarlo y a evaporarlo para después esperar su larga fermentación que ahora casi podría hacerlo con los ojos cerrados.
Suena un tanto engorroso, pero sus efectos hacen que definitivamente valga la pena.
Aurora la observó boquiabierta.
—¿Quieres decir que le has dado algo para que drogue a su marido?
—Dicho así… —Halima se encogió de hombros.
—Pero ¿qué ocurrirá si se le va la mano? ¿Y si se equivoca con la preparación?
—Si se queda corta, simplemente no hará efecto —le explicó con tranquilidad—. Y si se pasa… bueno, en ese caso quedará liberada de su verdugo. Sea como sea, no saldrá perdiendo.
—No es la primera vez que haces esto, ¿me equivoco?
—No lo haces.
Aurora rumió el resto del camino. Solo cuando ya habían llegado y estaban a punto de despedirse, se atrevió a mirar a la amazigh a los ojos.
—¿Por qué no le das una buena dosis de adormidera a Risto? Una lo suficientemente potente como para que…
Casi como si evitara responder, Halima perdió su mirada en el cielo argelino.
* * *
Encandilada a sus recién estrenados dieciséis años por la belleza de las cintas de terciopelo que aquel chamarilero cristiano le mostraba, fue a tirar de la celeste para llevársela consigo, su cabeza dando vueltas acerca del mejor lugar para esconderla.
Nadie en casa podía descubrir que la tenía o sería duramente castigada.
Perdida en esas cavilaciones, no se extrañó al notar cierta resistencia.
Insistió un poco más fuerte, pensando que la cinta se habría enganchado.
—¿Ni siquiera vas a darme las gracias? —la voz del hombretón había cambiado. Fue algo sutil, pero consiguió alertar al instinto de Halima, heredado de sus antepasadas y compartido por todas las mujeres de cualquier rincón del mundo.
En el acto, soltó la cinta que Risto mantenía bien sujeta y dio media vuelta para marcharse.
Ella no hablaba con hombres, ni siquiera se atrevía a levantar la mirada cuando estaba cerca de alguno.
¿Cómo se le había ocurrido aceptar un regalo de un desconocido?
¡Y cristiano! Si su padre llegaba a enterarse, la molería a palos.
—Tampoco eres tan bonita, ¿sabes?
No prestó atención. Apretó el paso desigual, deseosa de regresar a casa cuanto antes, pero su pierna izquierda lastraba su marcha. Risto no tuvo dificultad en bloquearla en un recodo solitario de un callejón más solitario aún.
—Pero seguro que debajo de todas estas sayas tienes algo que me guste. ¿Por qué no me dejas verlo?
Lo que vino a continuación fue una pesadilla que se reproduciría en sus sueños cada noche por el resto de su vida.
Halima ni siquiera fue capaz de reaccionar.
Permaneció petrificada mientras aquel individuo metía las manos bajo su ropa y resoplaba con avidez.
Tampoco gritó cuando la tumbó por la fuerza ni cuando sintió su carne rasgarse ante las embestidas que vinieron a continuación.
Solo una lágrima rodando silenciosa por su mejilla fue capaz de escapar a la inmovilidad que le provocó el más absoluto terror.
Tal vez, con un poco de suerte, no habría quedado más que eso de no ser porque su madre la descubrió al volver del corral de las gallinas. Halima se lavaba la sangre de los muslos cuando sintió su mirada acusadora sobre ella. No encontró compasión alguna, estaba mancillada.
Nunca supo con exactitud qué fue lo que pasó después.
Nadie se molestó en contárselo y ella no preguntó cómo habían encontrado al chamarilero.
Ni siquiera reaccionó cuando su padre anunció, sin mirarla a la cara por la vergüenza, que se casaría con él.
Ya estaba todo arreglado. Fue consciente de que se trataba de un vano intento de recomponer la honra perdida, como lo era de que no tenía opción alguna de oponerse a la voluntad de su familia, la misma que la había repudiado.
Se había convertido en una mancha para ellos. Jamás los volvió a ver.
* * *
Paloma había recuperado a Ginesito sano y salvo, aunque para ello se había visto obligada a pagar un precio muy alto: traicionar a Aurora.