Capítulo 27 #2
Media hora después, Rocío abandonaba aquella habitación donde había perdido la última brizna de inocencia que le pudiera quedar.
Se sentía sucia y asqueada, pero también orgullosa.
Porque había hecho lo que debía. Por su hija.
El resto no importaba, se dijo, apartándose las lágrimas de un furioso manotazo; lo único que importaba era ella.
* * *
—¿Qué haces tú aquí? Te avisé de que no quería volver a verte.
Olvido evitó con su mano que Estrella le cerrara la puerta en las narices. Hacía una semana que se había marchado y estaba claro que no era bien recibida de vuelta.
—Te pido un minuto, solo eso y luego saldré de tu vida para siempre.
Estrella resopló enfurecida, pero soltó la puerta.
—Un minuto —concedió, cruzando los brazos sobre el pecho.
Olvido relajó los hombros, agradecida por aquella última oportunidad. Y se decidió a aprovechar aquellos sesenta segundos.
—Me voy. —Estrella no mostró reacción alguna a esas dos palabras y ella continuó—: Si intenté robarte fue porque necesito irme lejos, allá donde mis demonios no alcancen a perseguirme.
La huida es mi única opción, lo llevo haciendo tanto tiempo que no sé hacer otra cosa.
Sin dinero no podré subir a ningún barco, pero mañana mismo me iré a pie.
No sé adónde ni tampoco me importa. Solo sé que no puedo quedarme. No después de lo que te he hecho.
—¿A qué te refieres exactamente? —se envalentonó Estrella—. A robarme, a mentirme, a…
—A traicionarte, Estrella —la interrumpió—. Nunca debí traicionarte.
Las dos guardaron silencio.
—Sé que no hay nada que pueda hacer o decir para que me perdones.
Así que ni siquiera te lo voy a pedir. Pero no soporto la idea de marcharme sin antes decirte que ojalá no hubiera pagado así tu generosidad.
Me acogiste en tu propia casa y me trataste como si fuera la misma que conociste en Alicante, aunque ya no lo sea.
Sé que te he hecho daño y créeme si te digo que tengo la certeza de que me arrepentiré de ello el resto de mis días.
—¿Pretendes que me compadezca de ti?
—En absoluto —negó con firmeza—. Pero quería que supieras que mi vida se ha quedado vacía ahora que tú no estás en ella.
Estrella no supo qué responder. Seguía furiosa con Olvido, pero sentía que por primera vez en mucho tiempo su vieja amiga se estaba sincerando con ella, mostrándose sin corazas ni tapujos, simplemente una mujer débil y frágil que se escondía tras frialdad y desprecios. Solo que lo hacía demasiado tarde.
—Me temo que se me ha terminado mi minuto —se despidió Olvido, preguntándose en silencio qué era aquel sentimiento tan doloroso que le deshilachaba el pecho. ¿Sería eso el amor del que todo el mundo hablaba y ella no había conocido? En ese caso, ojalá no haberlo hecho nunca—. Adiós, Estrella.
Estrella la vio girar sobre sus talones, incapaz de dar su brazo a torcer, de decir una palabra de despedida. En ese momento, una voz sonó a su espalda.
—¡Espera!
Era Rocío, que se acercaba con la bebé sujeta contra la cadera.
—Las tres sabemos que nunca te he apreciado demasiado, sería inútil pretender lo contrario —dijo sin rodeos—. Sin embargo, no he podido evitar escucharte y creo que estás siendo sincera. Puede que por primera vez.
Olvido asintió y Rocío le sostuvo la mirada un largo rato, perdiéndose entre los recovecos de todo aquello que la joven ocultaba de sí misma.
Ahora que había descendido a las miserias de vender su cuerpo, la comprendía mejor.
Ella también callaba cosas, cosas horribles.
Y no por ello era una mala persona. Al contrario, solo había hecho lo necesario para salir adelante.
Por amor. ¿Quién era ella para juzgar a Olvido y sus silencios?
¿Cómo podía siquiera creerse en posición de decidir lo que estaba bien o mal?
No, decidió, no sería ella quien diera la espalda a aquella mujer.
Puede que no llegaran a ser nunca amigas, pero al menos le tendería una mano cuando nadie más parecía dispuesto a hacerlo.
—Estrella opina que no debo llevar a mi hija conmigo a El Jardín cuando trabajo —dijo— y, por mucho que me pese, he de reconocer que tiene razón. La realidad es que tengo pocas alternativas, por no decir ninguna. Aunque puede que eso haya cambiado.
—Rocío…
—Espera, Estrella, has insistido mucho en que no vaya con la niña al burdel y esto es una solución. No te digo que sea perfecta, pero es la única. Y cuidar de la bebé mientras trabajo es su oportunidad de devolvernos lo que hemos hecho por ella.
—¡Estás loca! ¿Cómo vas a dejarle a la niña? —saltó Estrella, incapaz de contenerse—. ¿Olvidas que la sorprendí robando? ¿Te vas a arriesgar a que se lleve también a tu hija?
Rocío clavó sus ojos en los de Olvido, descubriendo por primera vez en ellos algo de lo que antes no se había percatado.
Si no era bondad, al menos era humanidad.
Además, no podía reconocerlo abiertamente, pero necesitaba que Olvido accediera, porque Encarna bastante tenía con lo suyo y ella no podía permitirse pagar una niñera cada vez que la reclamara Arnau.
—No lo hará, ¿verdad?
Olvido negó con la cabeza, si estaba sorprendida por el cambio de actitud de Rocío hacia ella, no lo demostró.
—Cuidaré de ella como si fuese mía —prometió.
—¿Se supone que debemos creerte? —Estrella no ocultaba su desacuerdo.
—Se supone que debemos darle otra oportunidad —respondió pausada Rocío—. Algo me dice que se esforzará por aprovecharla y no volver a defraudarnos.
—Allá tú si quieres dejar a tu hija en manos de esta, esta… —Desistió de encontrar el calificativo adecuado de entre todos los insultos que se le venían a la mente—. Luego no me vengas llorando cuando haga una de las suyas.
Mascando improperios, Estrella salió hecha una furia de la casa. Al pasar, golpeó el hombro de la que fuera su amiga, quien no despegó los labios para quejarse.
Rocío la dejó marchar. Estrella necesitaba un tiempo para aceptar que Olvido volvía a estar en su vida después del daño que le había provocado su traición. Pero la conocía bien y acabaría por acostumbrarse. O eso esperaba.
—Vamos, pasa, te prepararé de nuevo el sofá —suspiró Rocío, sintiéndose agotada de repente. Todavía se detuvo para lanzar una última advertencia—. Pero una cosa te digo: como le ocurra algo a mi hija estando a tu cuidado, lo que sea, te juro que lamentarás haber llamado a esta puerta.