El abrazo del siroco Capítulo 27
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Capítulo 27

—Así que era cierto —ante su silencio, Estrella insistió—. Robaste a ese cliente en El Jardín, ¿me equivoco?

Olvido le había devuelto el dinero con la vista clavada en el suelo, incapaz de sostenerle la mirada y sin siquiera tratar de explicarse o justificarse. Solo pronunció dos palabras, tan débiles que casi ni ella fue capaz de escucharlas.

—Lo siento.

Estrella jamás había sentido una desilusión tan honda.

Le pesaba en el pecho casi impidiéndole respirar.

Aun habiéndolo visto con sus propios ojos, le costaba creerlo.

Hasta hacía solo unos minutos, seguía convencida de que la antigua Olvido estaba escondida bajo aquella marea de desprecios y desaires, tan solo debía ser paciente y mantenerse a su lado para traerla de vuelta a la superficie.

Pero acababa de darse cuenta de lo ciega que había estado.

—Ni siquiera encuentro palabras para que entiendas lo decepcionada que estoy.

Jamás me hubiera esperado esto. —Su enfado le impidió percatarse de que Olvido lloraba en silencio, o si lo hizo, no demostró compasión alguna.

Después de todo, también ella estaba luchando contra las lágrimas.

Aunque las suyas fueran de rabia—. ¿No vas a intentar defenderte?

—¿Para qué? —replicó Olvido, consciente de que acababa de cometer un error sin retorno—. Nada de lo que diga puede excusar lo que has visto.

—Tienes razón —asintió Estrella irguiendo la espalda para ayudarse a mantenerse firme en la decisión que acababa de tomar. La única posible dadas las circunstancias—. Quiero que te vayas.

Olvido exhaló despacio, asintiendo como si hubiera estado esperando esa frase desde el principio.

Entonces, Rocío, que se había colocado junto a Estrella sin pronunciar palabra, le apretó el brazo.

Por mucho que aborreciera a Olvido, era noche cerrada y dejar en la calle a una mujer sola no era prudente.

Las tres lo sabían, por eso Estrella añadió:

—Está bien, puedes quedarte esta noche, pero por la mañana quiero que hayas desaparecido de mi vida. Y esta vez haznos un favor a todas y no vuelvas.

* * *

Tras el armisticio y el control alemán, corrían malos tiempos para los judíos en Argelia.

El Gobierno de Vichy había demostrado no ser más que un títere sin voluntad propia y las primeras consecuencias ya se dejaban notar, tensando peligrosamente el ambiente.

La noche del 11 de septiembre, más de una veintena de vitrinas de comercios hebreos fueron reventadas sin que las autoridades de la ciudad de Argel hicieran amago de intervenir.

El decreto Crémieux , por el cual se equiparaban los derechos de los judíos a los de cualquier otro francés, pendía de un hilo.

Si llegaba a ocurrir lo que vaticinaban los más pesimistas, aquel pueblo sosegado y trabajador vería peligrar su futuro.

Por todo ello, al final Estrella no consiguió el ansiado aumento de sueldo ni tampoco un adelanto en la relojería de monsieur Moatti, y así las últimas esperanzas de Rocío de evitar la cita de aquella tarde con el cliente especial de Violeta se volatilizaron.

Se había aseado y vestido con un conjunto de falda y blusa en tonos malva que la madama le había prestado y, a decir verdad, la favorecía.

Tampoco estaba muy segura de si debía maquillarse, pero no se sintió con ánimos y esperó estar presentable.

De los párpados hinchados, tras una noche en vela ahogando sus sollozos contra la almohada para no alertar a Estrella ni despertar a la pequeña, prefirió no echar cuentas.

Abandonó la casbah por la rue de Chartres, esquivando su mercado cubierto en cuyo interior los corderos colgaban de ganchos en las boucheries musulmanas.

Enseguida se adentró en calles más amplias y luminosas, y entornó los párpados hasta que sus pupilas se habituaron a la exposición de esa feroz luz argelina.

Desembocó en la siempre concurrida rue d’Isly, con sus edificios de cinco alturas y sus toldos a rayas extendidos para dar sombra a los balcones y comercios de las plantas bajas; en sus aceras sorteó árboles y farolas colocados con impecable alineamiento europeo.

A la altura de los magasins Galeries de France musitó un distraído « excusez-moi, madame» al tropezar con una señora elegante con sombrero.

Continuó hacia el número cinco de la avenue Pasteur, casi en los jardines del boulevard Laferrière.

Caminaba despacio, como si los pies le pesasen, cuando en realidad lo que le pesaba era el alma.

El día anterior Violeta le había facilitado el número de habitación, por lo que al menos se evitó dar explicaciones bochornosas al recepcionista del hotel Albert.

Le abrió la puerta un caballero que rebasaba con amplitud la cincuentena, de aspecto pulcro y cabello en retirada peinado con brillantina.

Iba impecablemente vestido con un traje azul marino y los zapatos lucían recién encerados.

De un primer vistazo, a Rocío no le resultó desagradable, como había estado temiendo en secreto, aunque desde luego no era el tipo de hombre con el que habría estado de haber tenido elección. Pero no la tenía.

—Buenas tardes, querida, gracias por venir —la saludó con educación y un leve acento catalán—. Pasa, no te quedes en la puerta.

Y Rocío entró.

La primera media hora transcurrió de una forma muy diferente a la que había esperado.

Arnau, que así se llamaba el cliente especial, resultó ser un hombre educado y amable que la invitó a ponerse cómoda en una de las butacas, casi como si ella fuera una señorita de buena familia y no una prostituta.

Se presentó como representante de una importante fábrica de tejidos.

Su trabajo implicaba viajar mucho y pasar largas temporadas fuera de casa.

—Soy viudo y la soledad es una losa pesada de cargar —confesó con sinceridad—. A veces necesito compañía, pero la mera idea de acudir a un burdel me espanta. Por eso Violeta, que es una vieja amiga, se ofreció a ayudarme.

Rocío se preguntó si aquella era una forma elegante de decir que cuando quería compartir cama con una mujer, prefería que no pareciera que estuviera pagando por ella.

Sin embargo, optó por no preguntar y se limitó a asentir.

Lo cierto es que llevaban ya un buen rato sin hacer nada más que hablar.

Era la primera vez que hacía algo así, pero por lo que había visto en El Jardín, las cosas solían funcionar de otra manera bien distinta.

Entretanto, ella se esforzaba por prestar atención, aun cuando su mente no dejaba de volar una y otra vez hacia su pequeña.

La había dejado con Encarna, a la que pidió que la cuidara una hora, dos a lo sumo.

No le quedaba otra porque una cosa era llevársela consigo a limpiar el burdel y otra muy distinta a la habitación de aquel desconocido.

—Siempre me gustó mi trabajo: la variedad de los tejidos, sus texturas, los patrones de los estampados…

Es un mundo fascinante que, después de tantos años, conozco a la perfección.

Además, detesto la rutina y yo siempre estoy viajando, visitando ciudades, conociendo gente, probando sabores de aquí y de allí.

A Rocío la devoraba la incertidumbre. Se preguntaba cuándo dejaría a un lado aquella charla irrelevante y le pediría que se desnudase. Casi prefería que aquello acabara cuanto antes. ¿No se daba cuenta de que estaba alargando su agonía?

—Pero bueno, ya es hora de que deje de aburrirte con mis cosas. ¿Qué me cuentas de ti, Rocío?

Inspiró profundamente y se aclaró la garganta antes de responder.

—Me llamo Rocío —empezó, retorciendo sus manos sin atreverse a mirarlo a los ojos. Nada más hacerlo se dio cuenta de lo absurdo de sus palabras—. Ay, perdón, mi nombre ya lo sabe, qué tonta. Disculpe, estoy algo nerviosa.

—No tienes de qué preocuparte. Piensa que estás con un amigo —le sugirió con amabilidad—. ¿Qué tal si vuelves a intentarlo?

—Está bien, pero no sé muy bien qué contarle —accedió—. Nací en Alicante y soy la menor de tres hermanas. Tengo una hija…

Se mordió el labio de inmediato. No debería haber dicho eso. Pese a su escasa experiencia, supuso que lo último que cualquier hombre en esa situación quería era que le hablaran de criaturas que lloran y se hacen sus necesidades encima.

—Eso es fabuloso —la tranquilizó él—, me encantan los niños.

—¿Sí? —A Rocío se le iluminó el rostro de alivio al comprobar que no había metido la pata—. La mía tiene casi tres meses y es un encanto —se atrevió a añadir.

—Yo soy abuelo, ¿sabes? El mayor tiene ya cinco años y el pequeño, más o menos como tu hija.

La ternura con la que Arnau hablaba de su familia resultaba obvia.

Rocío podía imaginarlo con su nieto cabalgando sobre las rodillas para arrancarle carcajadas.

Le pareció un buen hombre y empezó a ilusionarle la idea de que, con un poco de suerte, la vería como a una hija y se contentase con un rato de charla.

Podía ser incluso que Violeta se refiriese a eso cuando le dijo que era un cliente «especial».

Sintió cómo se aligeraba el peso que había cargado desde que aceptó su propuesta.

—Eres preciosa, ¿lo sabes?

Con estas palabras, el tono de Arnau cambió.

De repente sonaba más profundo, casi gutural.

Al mismo tiempo, se había inclinado hacia delante y la miraba con algo nuevo brillándole en las pupilas.

Algo que se parecía demasiado al deseo. Alzó su mano y le acarició el contorno de su mandíbula.

Rocío supo en ese preciso instante que Arnau no era un abuelo inocente que solo ansiaba un rato de charla con ella.

Ni Violeta una mera amiga dispuesta a proporcionarle compañía sin más.

La única que había pecado de candidez había sido ella.

Pero la venda de los ojos acababa de caer.

La hora de darle a aquel hombre aquello por lo que pagaba había llegado.