Capítulo 26 #2
La casualidad quiso que Ginés, tornero con talento, compartiera el fervor anarquista de su padre, aunque por entonces otro fervor más mundano calentara su sangre.
Aquel mes de julio, cada tarde, al terminar de trabajar, iba en busca de Paloma.
Sus primas y hermanas, todas en edad de suspirar ante el romanticismo de una relación secreta, se encargaron de cubrir su ausencia ante su tía.
Y, como era de esperar, igual que les había ocurrido a muchos otros antes que ellos, Ginés y Paloma se fueron envalentonando en cada encuentro…
hasta que pasó lo que tenía que pasar. Cuando, poco después, llegó la noticia del levantamiento, se acabaron los bailes, las risas y los besos.
Al momento de alistarse Ginés, Paloma todavía no sabía que estaba embarazada.
Ella regresó con sus hermanas a Valencia mientras Ginés montaba aviones de guerra en las entrañas de la montaña de Canelobre.
Luego la guerra se recrudeció y perdieron el contacto.
En el 39, cuando ya todo estaba perdido, Ginés zarpó en el Stanbrook desde el puerto de Alicante justo antes de la entrada de las tropas italianas en la ciudad.
De no haberlo hecho, habría acabado en alguna cuneta con un tiro en la frente, como tantos otros.
Contra todo pronóstico llegó a Orán y desde allí se las ingenió para hacerle llegar unas letras a Paloma asegurándole que se encontraba bien y regresaría en cuanto pudiera para casarse con ella.
A esas alturas Paloma había visto demasiado.
Conocía la política que seguía el régimen con los desafectos, los traidores de la patria.
Había tenido la desgracia de comprobarlo con su propio padre.
Ginés no podía regresar, no debía hacerlo.
Así que se lanzó en su busca. La decisión no fue fácil, tampoco difícil, sencillamente era su única opción.
Siendo madre soltera, hija de un anarquista condenado y con carnet de la JSU, esto último por empeño de su padre, en España le hubiera esperado una existencia más parecida a una penitencia.
Al marcharse no fue valiente, tan solo una superviviente, como tantas otras antes y después que ella.
Tal vez en aquellos tiempos sobrevivir fuera el mayor acto de valentía.
Con todo, lo que más miedo le causaba era navegar.
Nunca lo había hecho y se prometió no volverlo a hacer.
Por suerte, la travesía fue corta, porque empezó a vomitar nada más subirse a aquel bamboleante barco de pescadores y así siguió hasta que puso un pie en tierra firme.
Ni durante el embarazo de Ginesito recordaba haberse sentido tan indispuesta.
Por su madre, Paloma estaba al corriente de una vecina del barrio que había emigrado a Orán hacía ya muchos años, por lo que no dudó en buscarla tan pronto se le pasó el mareo.
Doña Tecla se hizo cargo de ella y de su hijo sin importarle que no tuvieran dinero ni medios, o tal vez por eso mismo.
Desde entonces, Paloma había tratado de reunirse con Ginés para anunciarle que era padre y retomar la vida por donde se les había truncado.
No obstante, la guerra en Europa era ya una realidad y Francia tenía sus propios problemas.
Pese a todo su empeño, solo contaba con la confirmación de que los hombres del Stanbrook habían sido repartidos por diferentes campos de trabajo del desierto y de que Ginés podría estar en cualquiera de ellos… o en ninguno.
Los gritos de Ginesito, que corría por el pasillo de la pensión, la sacaron de la ensoñación en la que se perdía a menudo.
Lo reconvino con cariño y, tras darle un beso en la coronilla y pedirle que hiciera caso en todo a doña Tecla, le prometió a esta que regresaría para la hora de la comida.
Paloma se marchó al matadero con intención de comprar grasa para sus jabones sin sospechar que a su regreso la vida se le habría roto en mil pedazos.
Después del interrogatorio que le había costado un dedo, Bruno Blanchard no había vuelto a molestarla y Paloma se había convencido de que se había olvidado de ella. No fue hasta su regreso a la pensión Valencia cuando comprobó su error.
—¡Ay, Paloma! No he podido hacer nada, te lo juro…
El llanto impidió a doña Tecla continuar.
La buena mujer tenía el rostro demudado.
Sobre la ceja izquierda un golpe le había abierto una brecha profunda que todavía sangraba, aunque parecía no darse cuenta.
Temblaba como una hoja al viento y se abrazaba a sí misma, presa de un nerviosismo desquiciado.
—¿Qué ocurre? —se alarmó Paloma y un pensamiento se abrió paso en su mente con la rapidez de un rayo—. ¿Dónde está Ginesito?
—¡Se lo han llevado! —hipó la mujer, incapaz de hilar las frases inconexas que se le escapaban de la boca a borbotones—. Dos hombres han aparecido de pronto… He intentado evitarlo, pero me han dejado casi inconsciente y yo…
Paloma ya no escuchaba, un pitido molesto y agudo resonaba en sus oídos e impedía que llegara a ellos nada más.
Corrió por el pasillo gritando el nombre de su hijo, abriendo puertas como si fuera a encontrarlo jugando en cualquier habitación.
Solo al llegar a su dormitorio, el que ambos compartían, y ver abandonado el cochecito de madera que le había regalado por Reyes el año anterior, comprendió.
—¿Dónde vas? —preguntó doña Tecla al verla encaminarse hacia la puerta. Se había derrumbado en una de las sillas de la cocina, de repente parecía una anciana.
Paloma ni siquiera contestó. En su cabeza solo cabía un pensamiento: recuperar a su hijo. Y ella sabía quién se lo había llevado.
Mientras caminaba a grandes zancadas se recriminaba una ceguera que la había conducido a subestimar al commissaire Blanchard.
Todo aquello era culpa suya. Se había negado a proporcionarle la información que buscaba y ahora su pequeño estaba pagando las consecuencias.
¿Cómo podía haber sido tan estúpida de haberlo puesto en peligro?
Apretó el paso, espoleada por la angustia que solo una madre puede llegar a conocer.
No titubeó. Se encaminó directa a donde sabía que encontraría al commissaire y, estaba convencida, también a Ginesito.
Era consciente del precio que iba a tener que pagar para recuperarlo.
A cambio de devolverle a su hijo, le exigirían que desvelara el paradero de Aurora.
La misma pregunta que ya le habían hecho antes, solo que esta vez la respuesta sería diferente.
No había lugar para los titubeos, no opondría resistencia.
Paloma iba a traicionar a Aurora.