El abrazo del siroco Capítulo 26
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Capítulo 26

Poco a poco Aurora se había ido amoldando a la vida nómada.

Seguía sin acostumbrarse a actuar frente al público y solía sentirse indispuesta justo antes de salir al escenario, pero eso era lo de menos.

Prefería las mañanas, que de habitual eran tranquilas tras unas noches que se alargaban hasta la madrugada.

Las horas se les escurrían entre tareas ordinarias, ensayos y descanso.

Gumersindo Pineda, cuya soltería le había privado de tener hijos, hacía suyos los de los artistas, por lo que se había autoimpuesto la tarea de enseñarles a leer y escribir, además de sumar y restar.

Los chiquillos adoraban sus clases, tal vez porque con un poco de suerte caía un caramelo si se aprendían la lección.

La imagen del director sentado en una silla con una caterva de chiquillos formando un ordenado corro en el suelo a su alrededor era ya algo habitual.

Allí solía estar Alfonsita, la hija de los cantantes de zarzuela, que con cinco años ya apuntaba maneras y representaba los papeles infantiles de las obras siempre y cuando le pintaran los labios, porque de lo contrario se negaba a pronunciar palabra.

También estaban Joaquín y Fermín, los gemelos del payaso y su mujer bajita, que parecían haber heredado la estatura de la madre, pero la gracia del padre.

Y Finita y Antonio, hijos del matrimonio Pereda, los únicos que habían sido, a excepción de Gumersindo, actores profesionales en España.

La Alegría era una gran familia en la que Aurora se sentía arropada con un sincero afecto.

No podía negar que les había cogido cariño. A todos menos a Risto.

Aquel hombre era la oveja negra de la compañía.

Bebedor y pendenciero, no eran pocas las veces que Gumersindo había tenido que acudir en su busca a la taberna del pueblo de turno para encontrarlo en un estado lamentable.

Eso en el mejor de los casos, porque cuando se pasaba con la bebida, que era casi siempre, se ponía violento y buscaba gresca con cualquiera que se cruzara en su camino, lo que, con su tamaño hercúleo, suponía un serio problema.

Aurora no comprendía cómo Gumersindo soportaba todo aquello. Aunque intuía la respuesta.

Halima era la antítesis de su marido. Habilidosa, dulce y siempre dispuesta, se había convertido en una pieza indispensable para el funcionamiento de la compañía.

Lo mismo reformaba el vestuario para adaptarlo a una nueva obra que maquillaba y peinaba a los actores antes de cada actuación.

También era la voz que acudía al quite cuando alguno se trababa o se olvidaba del texto, cosa que ocurría con cierta frecuencia dado el gran repertorio que manejaban.

Tenía una forma de apuntar que transmitía el sentido de cada palabra, permitiéndoles actuar con pocos ensayos.

No había nadie que no la adorara nada más conocerla.

Desprendía esa inusual pero valiosa bondad del alma que se reconoce de un simple vistazo tan pronto se tiene delante.

Si bien todos la apreciaban, solo Aurora sabía que, además, Halima poseía una mente prodigiosa en la que guardaba la cura para mil y un males.

Solo ella conocía su excepcional secreto.

La vida del teatro ambulante combinaba momentos de máxima agitación los días de actuación con otros de calma e incluso aburrimiento en un ciclo que se repetía cada semana: llegar a un nuevo pueblo, aguardar a las negociaciones de Gumersindo con los empresarios del lugar, acomodarse si había tenido éxito y prepararse para las actuaciones que empezaban el jueves y se sucedían hasta el domingo, en un punto y final para los habitantes de aquel pueblo y punto y seguido para la compañía, que continuaría su camino hacia un nuevo destino.

Una mañana tranquila en la que había poco que hacer, Aurora se encaminó hacia el lavadero cargada con un balde de ropa sucia y una pastilla de jabón de sosa. Pese a que el verano ya languidecía, el sol de septiembre calentaba todavía con fuerza y el siroco ayudaría a secar las prendas.

—¡Eres tonta de remate!

Aurora se detuvo al final de una hilera de casas que parecían deshabitadas. No necesitaba asomarse para adivinar quién hablaba. Aquella voz pastosa y ronca solo podía ser de Risto, quien al parecer ya andaba bebido. Decidió acercarse un poco más, solo para asegurarse.

—Mira que te lo tengo dicho, pero es que no te entra en la mollera. ¿Tan difícil es de entender que un hombre quiera llevar los zapatos limpios?

La escena era patética. Risto estaba sentado en una desvencijada silla, a la sombra de una morera.

La prominente barriga le había abierto la camisa a la altura del ombligo y cercos de sudor asomaban bajo sus axilas.

Halima aguantaba el chaparrón frente a él con una dignidad que acentuaba el desaliño del hombretón.

—Pero si los limpié ayer a conciencia —se atrevió a responder, apenas un murmullo—, los dejé relucientes.

—¿A ti te parece que están relucientes? —bufó Risto—. Yo diría que dan asco.

—Lo siento —respondió Halima. Con probabilidad él mismo habría vomitado sobre ellos tras la borrachera de la noche anterior.

—Con sentirlo no es suficiente —resopló crecido ante la humildad de su esposa—. Arrodíllate.

Aurora tuvo un mal presentimiento al ver a su amiga obedecer.

—Ahora mismo vas a enmendar tu error —anunció como si se le hubiese ocurrido una genial idea—. Vas a esmerarte en que queden bien limpios… y lo vas a hacer con la lengua.

Aquello era puro sadismo. Aurora sintió deseos de lanzarse a su cuello, pero se contuvo, sabía que cualquier paso en falso podía perjudicar a Halima.

Por suerte, su amiga no se movió. Continuó arrodillada frente a su marido, la cabeza baja y la actitud sumisa, pero sin hacer amago de lamer los malditos zapatos.

—¿Es que además de tonta eres sorda? —la increpó furioso. Y subió el tono para añadir espaciando cada sílaba—: Te-he-di-cho-que-los-chu-pes.

Halima no reaccionó y la ira de él fue en aumento. La tensión era insostenible.

—Zorra idiota, ¡yo te enseñaré a obedecer!

Risto se levantó para quitarse el cinturón. Aurora no pudo soportarlo más.

—¡Halima! Menos mal que te encuentro —interrumpió con el cesto de ropa bamboleando sobre su cadera—.

Justo te andaba buscando porque necesito ayuda con mi vestido de flores, ya sabes, ese que me gusta tanto —improvisó sobre la marcha sin importarle lo más mínimo la credibilidad de su mentira—.

Se ha roto la cremallera y no hay forma de que suba, seguro que tú puedes arreglarlo en un santiamén.

Halima levantó la cabeza sorprendida, pero más sorprendido aún parecía Risto, cinturón en mano y un mar embravecido en la mirada.

—Haz el favor de largarte —le espetó sin rodeos—. ¿No ves que estás incordiando en una conversación entre marido y mujer?

—Ahora mismo me voy —contestó Aurora obligándose a mantener la barbilla alta para demostrarle que a ella no la podía doblegar—, pero Halima viene conmigo.

Se veía a las claras que Risto estaba haciendo un gran esfuerzo por contenerse. Debía de estar pensando que una cosa era zurrar a su mujer y otra muy distinta hacerlo delante de ella.

Aurora decidió no tensar más la cuerda y le tendió una mano a su amiga.

—Vamos.

Tras unos instantes que parecieron eternos, la amazigh obedeció para seguirla y ambas se alejaron de Risto y su cinturón. Solo cuando ya no podía verlas ni escucharlas, Halima le dijo:

—No has debido hacerlo.

—¿Y qué querías, que te dejara lamerle los zapatos a ese cerdo?

—Tú no lo entiendes.

—Pues explícamelo —se ofuscó Aurora.

Halima tomó aire y miró al cielo un instante.

—Es mi marido, estamos unidos y a él me debo. Así quiere Alá que sea.

Aurora no pudo reprimir un resoplido. Le resultaba inconcebible que la misma Halima que demostraba una determinación extraordinaria cuando de curar enfermos se trataba, se comportara con tal sumisión ante un hombre que la maltrataba.

—Eres la mujer más inteligente y capaz que he conocido —argumentó Aurora haciendo acopio de paciencia—. No te merece. Y estoy segura de que Alá está de acuerdo conmigo en eso. Deberías dejarlo.

Halima la miró como se mira a quien se sabe que no puede entender. Las separaban no solo los años y la vida, sino un abismo de culturas y creencias.

—Nuestra unión es sagrada —sentenció inescrutable—. Solo la muerte me librará de ella.

* * *

Paloma se había recuperado de su estancia en la prisión.

Los cuidados de doña Tecla habían sido de gran ayuda, pero lo que realmente la empujó a seguir adelante fue Ginesito, su día y su noche, su sol y su luna, su vida entera.

Ese amor de madre era el que hacía que, pasara lo que pasase, su mundo no dejara de girar.

Paloma, hija de un zapatero remendón y una cocinera del hotel Reina Victoria, había nacido en Valencia, y era la mediana de cinco hermanas.

Su padre, que siempre deseó un varón sin que el destino tuviera a bien cumplir su deseo, era un ferviente anarquista.

Por mucho que se esforzó por sembrar en ella sus ideales, tampoco esto consiguió.

De pequeña Paloma no comprendía aquella devoción por algo intangible.

Y de mayor simplemente le preocupaban otras cosas, como ir a veranear a casa de sus primas en Aigües de Bussot. ¡Eso sí que era emocionante!

En el verano del 36, Paloma lucía la frescura de sus diecinueve años.

Su llegada al pueblo de sus primas causó el revuelo propio de la novedad y todos los muchachos atesoraban la esperanza de sacarla a bailar en la verbena.

Pero fue Ginés quien, sin saber dar un solo paso de baile, la invitó antes que cualquier otro.

Ginés medía casi dos metros y era tan alto como torpe.

Al agarrarla de la cintura se puso nervioso y le pisó el empeine, por lo que Paloma acabó coja para el resto de la noche.

Ni Paloma ni Ginés sospechaban todavía que alguien podía enamorarse de un certero pisotón.