Capítulo 25
Olvido estaba furiosa. Habían transcurrido algo más de dos meses desde que se trasladara a casa de las hermanas Robles y necesitaba abandonarla cuanto antes.
No podía quejarse del trato recibido, al contrario.
Pese al descarado desacuerdo de Rocío, Estrella se desvivía por atenderla.
Casi parecía que se había propuesto por todos los medios conseguir que dejara atrás su pasado. ¡Como si eso fuera posible!
Incluso dormía a su lado muchas noches. Al alba, Olvido despertaba sintiendo el calor de su cuerpo, su respiración contra su cuello, y no se atrevía a moverse ni un milímetro, no fuera a romper aquel delicado encanto que le llenaba el pecho de unos sentimientos que amenazaban con resquebrajar esa coraza con la que se protegía de cualquiera que intentara acercarse demasiado.
No se podía permitir volver a ser débil, dolía demasiado.
Por eso necesitaba huir. El único problema era que lo que había creído ser su vía de escape acababa de esfumarse.
Su contacto en el puerto, aquel estibador malencarado, le había hablado de un barco.
Uno que la alejaría definitivamente de Estrella y sus ojos dulces, de sus abrazos nocturnos y de su empeño por quererla.
Planeaba pagarle con el valioso reloj que las hermanas habían traído consigo desde Alicante.
Llevaba días buscándolo por la casa. Había mirado en los cajones, registrado bolsillos, dado la vuelta al colchón…
Pero nada, ni rastro. Hasta que esa misma mañana había oído una conversación entre las mellizas que hizo añicos sus esperanzas.
—¿Para qué me sirven unos pechos que no dan leche? —se lamentaba Rocío en el dormitorio, sin sospechar que Olvido se agazapaba al otro lado de la puerta.
—No digas eso, no es culpa tuya.
—Si al menos tuviéramos el reloj… Podríamos venderlo y no pasar hambre.
—No teníamos forma de saber todo lo que iba a ocurrir. Aurora es la mayor, era lógico que lo guardara ella. ¿Cómo íbamos a imaginar que nos separarían?
—Solo espero —respondió Rocío con un hilo de voz— que al menos a ella le sirva para algo.
Olvido no se quedó más, le bastaba con lo que ya había escuchado.
Acababa de corroborar que aquel maldito reloj en el que había depositado sus anhelos tras el fracaso del robo de la alianza en El Jardín estaba fuera de su alcance.
Ya no tenía con qué pagar al estibador, lo que significaba que no subiría a ese barco. O tal vez sí.
—¿Traes lo que acordamos?
Aguardó a que el estibador acabara su turno y lo abordó en un rincón aislado del puerto, lejos de oídos y miradas ajenas. Estaba sudoroso y olía a una mezcla de salitre y pescado que resultaba repulsiva. Olvido trató de respirar por la boca.
—Traigo algo mejor.
Al hombre no le agradó su respuesta y se lo hizo saber.
—Creí que ya te había dicho que no me gusta que me hagan perder el tiempo.
Olvido dibujó su mejor sonrisa girando el rostro de manera que mostraba su lado menos desfigurado.
Para terminar de convencer al hombre, descruzó los brazos y se desabotonó despacio la blusa hasta dejar sus pequeños pechos al aire.
Sus pezones se endurecieron al instante, captando la atención del hombre que, por un momento, pareció perder su perenne mal humor.
Dispuesta a jugar sus mejores, o más bien últimas cartas, la joven se levantó la falda.
El vello púbico, tan rojo como su cabello, reveló que no llevaba ropa interior.
—Todo esto puede ser tuyo si me ayudas a subir a ese barco —ronroneó Olvido, acercándose al estibador para colocar su mano sobre su entrepierna.
Al notarla endurecida, durante un segundo, uno solo, creyó que iba a cerrar el trato. Pero la ilusión se desvaneció tan pronto él le propinó un fuerte empujón.
—Si quiero encamarme con un adefesio ya tengo a la parienta en casa —escupió antes de desaparecer de su vista—. Me prometiste un reloj de oro y ahora quieres contentarme con un mal polvo. ¡Hay que joderse! Además de fea, mentirosa.
Olvido se tragó las lágrimas de humillación. No era la primera vez que le decían algo parecido, ni siquiera era la peor. Pero aquella dolía más que ninguna otra porque significaba que no podría irse.
—¡Volveré mañana! ¡Y con el dinero! —gritó con la esperanza de que aún pudiera oírla.
Se cerró la blusa y se estiró la falda a toda prisa, como si así pudiera hacer desaparecer la viscosa sensación que le quedaba cada vez que ofrecía su cuerpo a un extraño.
Luego añadió para sus adentros—: Me subiré a ese maldito barco… Cueste lo que cueste.
* * *
—¡Te digo que sí!
—Haz el favor de ser razonable, Rocío. ¡Si es solo un bebé! No puedes llevarla a un sitio como ese.
—No veo por qué no, al fin y al cabo nació allí.
Estrella suspiró a la vez que se pinzaba el puente de la nariz, incapaz de hacer entrar en razón a su hermana.
—Mira, al principio Violeta no me quería por allí porque la niña lloraba tanto que les bajaba los ánimos a los clientes, ya me entiendes.
Pero desde que toma la leche que necesita ni se la oye, es una bendita, y nosotras lo que necesitamos es dinero, Estrella, y el dinero no cae de los árboles.
Hay que ir a buscarlo, pues eso es justo lo que voy a hacer.
—Estoy de acuerdo… salvo en que te lleves a la niña contigo.
—¿Y qué pretendes que haga con ella? Tú llegas tarde de la relojería y, aunque María y Rafael son unas bellísimas personas y estoy segura de que accederían a cuidarla si se lo pido, no quiero que la niña esté en el consultorio con tanto enfermo entrando y saliendo.
A saber de qué podría contagiarse. Además —añadió moviéndose de un lado a otro para adormecerla, con la discusión se había despertado—, soy su madre, ¿con quién va a estar mejor que conmigo?
Estrella no contestó. Sabía cuánto le dolía a su hermana ver a su hija succionando del pecho de otra mujer y no quería decir nada que la hiriera aún más.
—Tengo que volver, Violeta me necesita, y nosotras la necesitamos a ella.
Lo que Rocío omitió fue que su regreso al trabajo incluía las citas con aquel cliente especial que todavía no había conocido.
Violeta le había explicado que se trataba de un hombre que viajaba a menudo, que solía recalar en Orán con frecuencia.
Y, precisamente, se encontraba a la espera de su próxima visita, que debía de ser en breve.
Entretanto, Rocío prefería no pensarlo demasiado.
Gracias a aquel acuerdo ella traería a casa un buen dinero con el que por fin podrían olvidar el hambre y las calamidades.
El resto no importaba. O eso se empeñaba en creer.
—Solo te pido que me des unos días más —insistió Estrella, ajena a las tribulaciones de su hermana—.
Déjame que lo hable en la relojería, monsieur Moatti está contento conmigo.
Puedo pedirle un aumento o quizá un adelanto.
Hoy mismo me han pagado una buena cantidad por arreglar un reloj de carruaje fabricado nada menos que en París.
Una preciosidad de latón con la esfera en porcelana blanca esmaltada, sonería de rueda a las en punto y a las y media…
—Estrella, por favor —la detuvo Rocío. No era la primera vez que su hermana se iba por las ramas cuando de relojes se trataba.
—Claro, perdona. A lo que iba, ¡quinientos francos!
Fíjate que hasta me ha dado apuro dejarlos en la cajita de la trastienda donde suelo guardar el dinero y me lo he traído conmigo, pero cuando se los entregue mañana, monsieur Moatti se va a poner muy contento.
Será el momento ideal para proponérselo.
Rocío se permitió soñar con que lo que prometía su hermana pudiera ocurrir.
De ser cierto, tal vez no tendría que permitir que el cliente de Violeta la manoseara.
Con un poco de suerte aquello quedaría en un mal sueño, otro más con los que la vida la atormentaba desde que una guerra le arrebató la inocencia de un plumazo.
—Está bien —accedió con la voz agotada—, pero si monsieur Moatti no está conforme, mañana mismo voy donde Violeta. Y me llevo a la niña.
Estrella se conformó con aquel acuerdo precario, le horrorizaba la idea de que su sobrina anduviera por un prostíbulo, pero era realista y sabía que no eran muchas sus opciones.
* * *
Olvido había salido de la casa con la esperanza de no volver y, sin embargo, estaba allí de nuevo.
Las mellizas discutían en el dormitorio y ni siquiera la escucharon volver.
En la entrada vio colgada la chaqueta con la que Estrella se protegía de la humedad cuando se le hacía tarde con algún encargo y regresaba ya oscurecido de la relojería.
Las hermanas seguían sumidas en su discusión, le pareció que hablaban de dinero y pensó que se trataba de una providencial coincidencia.
La puerta del dormitorio estaba cerrada y, con Estrella y Rocío al otro lado, Olvido supo que no se le presentaría una mejor oportunidad.
Con un rápido movimiento metió la mano en los bolsillos de la rebeca para registrarlos.
Sintió algo crujir entre los dedos y el corazón empezó a latirle deprisa.
Parecían billetes. Y por el volumen que adivinó al tacto, supuso que no eran pocos.
Con pulso tembloroso los sacó y un leve silbido se le escapó de entre los labios.
Justo cuando más lo necesitaba, cuando más desesperada estaba, la solución a sus problemas le llegaba de la forma más inesperada.
Contó el dinero por encima y se le iluminó el rostro.
Con un poco de suerte serviría para convencer a aquel avaro estibador de que la subiera de polizón en el barco y empezar así una nueva vida.
Sonrió satisfecha. Al fin la suerte parecía ponerse de su lado… ya era hora.
Pero entonces la voz de Estrella la acuchilló por la espalda.
—¿Me estás robando?
La había sorprendido de pie junto a su chaqueta, aún con el fajo de billetes en la mano, y supo que no habría excusa posible.
Nada de lo que dijera mitigaría la decepción en aquellos ojos que la observaban incrédulos.
En ese preciso instante, Olvido tuvo la absoluta certeza de haber cometido el mayor error de su vida.
Había traicionado a la única persona que aún creía que había algo bueno en ella.
Y lo peor de todo era que no había vuelta atrás.
—Te avisé de que a las personas buenas os pasan cosas malas —murmuró contrayendo su rostro desfigurado—, pero no quisiste escucharme.