El abrazo del siroco Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—Tranquilo, algo se nos ocurrirá. Ahora vamos a disfrutar de esta fideuá como se merece, sería un pecado dejar que se enfríe.

* * *

Paloma sonrió. Le faltaba el dedo meñique de la mano izquierda, sospechaba que al menos un par de costillas estaban rotas y no había parte de su cuerpo que no le doliera a rabiar. Pero sonrió. Y lo hizo porque no habían conseguido arrancarle ninguna información acerca del paradero de Aurora.

Cuando Bruno Blanchard se la llevó de la pensión Valencia para interrogarla, Paloma no podía adivinar que la retendrían durante dos semanas.

Ni que durante ese tiempo, se iban a emplear a fondo en hacer de su existencia un infierno.

Los hombres del commissaire conocían su trabajo, eso no se podía negar.

Primero la habían dejado tres noches y tres días a solas en un calabozo; allí, sola, sin agua ni comida, creyó estar a punto de perder la cordura.

Cuando ya pensó que la dejarían morir sin más, la fueron a buscar para subirla a rastras hasta una sala húmeda, sin ventanas, cuya única iluminación provenía de una bombilla que a duras penas era capaz de llevar a cabo su cometido.

La sentaron en una silla, la ataron y dejaron un vaso de agua frente a ella, fuera de su alcance.

Un hombre al que no conocía empezó a hacerle preguntas, una tras otra, pero ella ni siquiera podía comprenderlas.

Solo pensaba en ese maldito vaso de agua, tan cerca y la vez tan lejos.

Perdió el conocimiento. Lo recobró cuando le vaciaron un cubo sobre la cabeza.

Paloma levantó el rostro y abrió la boca con avidez, se lamió las comisuras de los labios.

A partir de ahí Paloma fue alternando el calabozo con la sala de interrogatorios.

La subían cada cuatro horas, de día y de noche.

Los hombres se iban turnando mientras que ella estaba cada vez más agotada.

Las preguntas eran siempre las mismas: quién era Aurora Robles, de qué se conocían, qué intenciones tenía, dónde y con quién había huido…

Se las repetían una y otra vez, sin importarles que ella siempre respondiera lo mismo: no lo sé.

Su mutismo era admirable a la vez que una temeridad, pero Paloma estaba dispuesta a mantenerse en silencio.

No iba a delatar a su amiga. Los hombres, perdida la paciencia, decidieron dar una vuelta más de rosca. Y comenzaron las torturas.

Dos semanas después de haber entrado, Paloma salía de la prisión tambaleante y con pasos inseguros. Lo hacía con el cuerpo molido pero la cabeza bien alta. Orgullosa de haberlo conseguido.

—Empeñarse en ayudar a su amiga solo le traerá problemas —le había prometido Bruno Blanchard.

—No sé a qué problemas se refiere —respondió irónica levantando su mano izquierda envuelta en un vendaje sucio para mostrar el espacio vacío donde hacía solo unos días había habido un dedo.

—Dese por avisada —fue la escueta contestación de aquel hombre, que le hizo un gesto con la cabeza que a ella le pareció un «hasta pronto».

Al distinguir los contornos de la pensión Valencia, Paloma sintió ablandarse sus rodillas. Estaba de vuelta en casa. Se sacudió la ropa sucia y andrajosa, aprovechó para peinarse con los dedos y enderezar la espalda. Poco más podía hacer por mejorar su maltrecho aspecto.

—¡Ay, Virgen santa! ¡Paloma! ¿Eres tú?

La voz de doña Tecla la devolvió a la realidad. Se giró y vio a la mujer bajando los últimos escalones de dos en dos, con el mandil aún puesto, las manos enharinadas y la cara descompuesta.

—Te he visto por la ventana y no daba crédito… ¡No imaginas lo preocupados que estábamos por ti!

Entonces, tras la buena mujer, apareció una figura menuda. Era Ginesito.

—¡Mamá!

Paloma se derrumbó sin haber llegado a dar siquiera un paso.

El corazón pareció quedársele en suspenso.

Abrió los brazos y recibió en ellos al pequeño, que había acudido raudo al encuentro de la madre y encajaba a la perfección en el hueco, como si estuviera hecho a medida para él.

Estrechó ese cuerpecito tan suyo con fuerza, hasta que el niño se quejó.

—Ay, mamá, que no me dejas respirar…

Paloma aflojó el abrazo, pero no se resistió a besarle la cabeza una y otra vez, inspirando fuerte para embeberse de su olor.

—Lo sé, hijo, es que te he echado mucho de menos. ¿Qué te parece si vamos dentro y me cuentas todo lo que has estado haciendo estos días?

Con la bendita inocencia de la infancia, Ginesito acompañó a su madre dando pequeños saltitos para reunirse con doña Tecla. Las mujeres se dieron un largo abrazo, en el que no se dijeron nada. No hacía falta. A la vista estaba todo lo que había que contar.

—Vamos, filla, entra en casa, que ahora mismo te voy a preparar un caldo que te va a entonar el cuerpo, te lo digo yo.

Doña Tecla fue la primera en desaparecer en el portal, seguida de Paloma, quien depositó en la cabeza de su hijo un último beso antes de seguirla.

Ninguna de las dos se apercibió del Renault negro aparcado al otro lado de la plaza, ni del hombre que las observaba desde su asiento trasero haciendo girar sus anillo chevalier .