Capítulo 24 #2
Estaban en la mesa más retirada del Gandía, que nada tenía que ver con las modernas brasseries de los boulevards, pues se trataba de un local con solera estrecho y mal ventilado en el barrio de la Marina.
El dueño, oriundo de la localidad que daba nombre a su negocio, se negaba a retirarse a pesar de regentarlo desde hacía más de cincuenta años y la fama de sus fideuás era más que merecida.
—No eres el único que a estas alturas sabe de qué pie cojea el otro.
—Ya veo… —admitió Rodrigo divertido—. De hecho, no andas desencaminado —se demoró unos instantes en prender un Bastos antes de retomar la palabra. Cuando lo hizo no quedaba rastro de su gesto distendido—. Necesito más pasaportes —anunció sin rodeos.
—Rodrigo…
—Lo sé, lo sé. —El tono reprobatorio del cónsul le escoció—. Hazme un favor y no me repitas lo mismo otra vez.
—Pero es que no puedo decirte otra cosa, bien lo sabes.
Rodrigo exhaló una nube blanquecina y espesa que ascendió hasta sus ojos.
Los entornó sin retirarlos de los del cónsul.
Lo que había comenzado por mero compromiso, por devolverle el favor al proporcionarle el paradero de las hermanas de Aurora, había acabado por convertirse en una especie de obsesión.
Algo en lo que volcar la frustración y la rabia que lo reconcomían por dentro cuando aflojaba la adrenalina que el peligro bombeaba en sus venas.
—Se me remueven las tripas, Bernabé. No concibo cómo son capaces de encerrarlos como si fueran asesinos cuando su única culpa es haber perdido una guerra.
Estamos hablando de abogados, escritores, periodistas, ingenieros, maestros…
joder, ¡son miles y son españoles! —Hizo un esfuerzo por controlar el volumen de su voz—.
Los tienen construyendo una maldita línea de ferrocarril en medio del desierto a pleno sol, mal alimentados, sin agua ni unas mínimas condiciones de higiene, vigilados por esos senegaleses que más parecen perros guardianes.
Se mueren de miseria, de malos tratos y de pena.
¿Desde cuándo se ha perdido la humanidad?
—Me temo que nunca hubo esa humanidad de la que hablas, amigo.
No era la primera vez que aquel tema salía a colación, pues ambos compartían el mismo sentimiento de repulsa hacia los campos del desierto.
Rodrigo se resistía a permanecer de brazos cruzados, por lo que a petición suya recientemente habían desarrollado una red gracias a la cual algunos de aquellos infelices lograban escapar de semejante infierno y eran acogidos en el viñedo de la familia Morague donde, además de comida, cama y ropa, recibían una nueva identidad con la que poder continuar su camino.
El plan era simple pero efectivo. Aprovechaban una reciente circular que el Ministerio del Interior había enviado al gobernador general, en la que se establecía que los presos con conocimientos agrícolas podían ser reclamados y enviados a otros puntos del territorio a fin de suplir la escasez de mano de obra, un problema que se había incrementado tras las movilizaciones.
Que el propietario de uno de los mayores viñedos del Oranesado hubiera recurrido en repetidas ocasiones a esta nueva y ventajosa dinámica no levantaba sospecha alguna.
Con todo, ni Bernabé ni Rodrigo obviaban que su colaboración era tan eficaz como arriesgada.
El cónsul saludó con la cabeza a un par de parroquianos que entraron en ese momento y luego devolvió su atención a la conversación interrumpida.
—¿Y qué pretendes, Rodrigo? Sabes tan bien como yo que cuento con inmunidad diplomática, pero no es tu caso.
Te estás exponiendo demasiado —contestó en un murmullo—.
Hace solo un par de semanas que el nuevo gobernador general Abrial desembarcó en Argel; por lo que he podido averiguar, luchó en Dunkerque y lo hicieron prisionero.
Tal vez por eso odie a los ingleses y, claro está, el asunto del ataque de Mers-el Kébir no es que haya ayudado a que se ganen su simpatía.
También me dicen que es católico y conservador.
En fin, dejemos pasar algo de tiempo antes de mover ficha, veamos de qué pie cojea.
—Esperar no va a solucionar nada.
—Por supuesto que no —le concedió Bernabé Toca con temple, sin duda más curtido en asuntos como aquel—.
Pero corres un riesgo inmenso con cada nuevo hombre.
Mírate: un francés emperrado en salvar españoles que vende vino a los alemanes.
Estás jugando a tres bandas y si se enteran de que se la estás jugando en sus narices…
Pero —se resignó al comprobar en el rostro de Rodrigo que no estaba dispuesto a ceder— tú eso ya lo sabes, así que venga, dispara, ¿qué es lo que pretendes exactamente?
—No olvidar a quienes el resto del mundo ya parece haber olvidado —anunció a bocajarro Rodrigo, sintiendo de nuevo el mordisco que le provocaba el recuerdo de la última mirada que le había dedicado Aurora.
En realidad, ella era el motivo de todo aquello.
Y no solo porque por su causa hubiera conocido a Bernabé.
Lo que ocurría era que a Rodrigo le dolía su rechazo con la misma contundencia que una bofetada.
¡Al cuerno con Aurora!, se decía y, aun así, no conseguía dejar de pensar en ella.
Lo necesitaba tanto como el humo del cigarro que se llevó a los labios para aspirar con ansia.
El despecho había resultado ser un acicate que lo llevaba a arriesgar cada vez más y más.
Bernabé se tomó unos segundos para responder.
—No hace falta que te repita que, si algo sale mal, las consecuencias para ti serían catastróficas. Ni siquiera yo podría ayudarte, ya lo sabes.
—No voy a abandonarlos a su suerte.
—Ni yo te pediría que lo hagas, ya eres mayorcito para saber dónde te metes —suspiró Bernabé, un profundo cansancio asomaba en sus ojos—.
Solo te digo que no te dejes cegar por la rabia y mantengas la templanza.
Es la única manera. Entre tanto, ya sabes que cuentas con mi respaldo.
Seguiré proporcionándote pasaportes para que esos pobres diablos puedan continuar con sus vidas.
Y me las arreglaré para sacar alguno más, pero no me pidas lo que de antemano sabes que es imposible.
Rodrigo ahogó su decepción con una profunda calada.
No podía culpar a Bernabé. De sobra sabía que hacía todo cuanto estaba en su mano para ayudar a los españoles que lo necesitaban.
Si había demostrado una gran habilidad al utilizar las vías diplomáticas, aún más lo había hecho cuando se trataba de las extraoficiales.
—Tú intenta conseguirme toda la documentación posible —exhaló—, ya me ocuparé yo del resto.
—Hace relativamente poco que nos conocemos, Rodrigo, pero me has demostrado que eres un hombre de los que escasean en estos días en los que cada cual mira por sí mismo. Por eso mismo te pido prudencia. Prométeme que no vas a dejarte arrastrar por el corazón, que vas a mantener la cabeza fría.
—¿Y cuándo no lo he hecho?
Con una enigmática sonrisa, Bernabé levantó su copa para brindar como única respuesta y Rodrigo lo imitó.
Como bien habían dicho al principio, se conocían demasiado bien.
Durante los siguientes minutos los dos hombres fumaron en silencio, perdidos en cavilaciones y temores.
Al final fue Bernabé quien retomó la conversación justo después de que una lozana camarera les dejara los platos rebosantes sobre el mantel a cuadros.
—¿Y cómo va el asunto del listado que te pidió tu suegro? —se interesó.
—He conseguido algo de tiempo, como me pediste.
—Bien hecho.
—Pero Blanchard no es estúpido… ni tampoco paciente, no podré retrasarlo mucho más.