Capítulo 24
Como si se las hubiera tragado la tierra. Así se sentía Aurora Robles cada vez que llegaban a un nuevo pueblo donde comenzaba su ya habitual ronda preguntando por sus hermanas. Nadie sabía nada. Nadie las había visto. Era como si se las hubiera tragado la tierra.
Resultaba exasperante además de agotador, pero no podía permitirse desfallecer.
La esperanza de encontrarlas era lo único que le quedaba, lo único por lo que merecía la pena vivir.
Por suerte tenía a Halima. Ella se había convertido en el puntal que la mantenía en pie, impidiendo un derrumbe que sentía inevitable.
—Alá es grande —le repetía en los momentos en los que amenazaba con venirse abajo—. No desesperes, volverás a verlas, solo tienes que esperar que llegue la hora.
—Solo esperar… Casi suena sencillo —protestaba Aurora.
—Nadie ha dicho que lo sea.
Así era Halima. Firme como las raíces de las palmeras, pero también era afectuosa y, sobre todo, poseedora de una gran sabiduría ancestral.
Gracias a ella, ante Aurora se había abierto un mundo fascinante al que se asomaba con respeto y admiración cada vez que la acompañaba en sus incursiones nocturnas tras aquel primer paciente.
Todavía recordaba cómo se acercó hasta el barrio árabe al día siguiente, antes de que la compañía abandonara el pueblo de Tlemcen, para echar un vistazo.
Necesitaba respuestas, y lo que encontró allí la dejó asombrada.
Divisó al anciano sentado en una piedra a la puerta de su casa, con los ojos cerrados y la cara vuelta al sol.
A la luz del día, el tono amarillento de su piel que delataba la enfermedad hepática que lo había aquejado resultaba evidente, al igual que su clara mejoría.
Incapaz de encontrar una explicación racional, Aurora se dio la vuelta cargada de interrogantes.
Su única certeza era que lo que hacía Halima era excepcional.
—¿Dónde vamos hoy? —susurró una noche ventosa en la que caminaban a oscuras en busca del enfermo de turno que las había reclamado.
—Enseguida lo verás.
Halima solía ser escueta en sus explicaciones. Era de ese tipo de personas que prefieren que sean sus actos quienes hablen por ellas. Y en su caso, lo hacían con una contundencia que no dejaba lugar a réplicas.
La casa no era más que una choza de cañas y barro con suelo de tierra pisada.
En pleno agosto, el calor pegajoso del día se había quedado atrapado en el interior volviéndolo asfixiante.
Si algo tenían en común las viviendas que visitaban, además de cobijar a un enfermo, era su precariedad.
Situadas por lo general en el barrio árabe, a las afueras, contaban con una estancia, dos a lo sumo, y el mobiliario más básico.
A veces ni eso. No obstante, Aurora observó que a pesar de su parquedad solían ser lugares limpios y ordenados, cuidados con mimo por alguna madre empeñada en convertirlo en un hogar para los suyos.
Aquella no era diferente, excepto por el intenso olor a heces que flotaba en su interior.
Como de costumbre, dejó que Halima entrara primero.
Solían comunicarse en árabe. Ella no comprendía una sola palabra, pero el idioma de la angustia y la preocupación no requiere traducción.
En la cama yacía recostado un hombre joven, apenas rozando la treintena, con aspecto adormilado y sudoroso.
A su lado, una mujer más joven todavía, que debía de ser su esposa, lo observaba con varios chiquillos enredados entre sus piernas, como polluelos en busca de protección bajo las alas de la gallina.
Llevaba a la cadera una criatura de dos o tres años que se había dormido con la cabeza enterrada entre los pliegues del pañuelo con el que se cubría el pelo.
Una vez más, Halima colocó sus manos con las palmas abiertas muy próximas a la cabeza del hombre, cerró los ojos y comenzó a rezar.
—Disentería —diagnosticó escueta y sin titubeos.
—De ahí el olor… —observó Aurora aún en susurros—. Pobre hombre, debe de haber bebido o comido algo contaminado.
—Solo Alá lo sabe.
Ante semejante respuesta Aurora tuvo la tentación de poner los ojos en blanco, pero se contuvo. Por nada del mundo quería ofender a Halima. Estaba allí para aprender, no para cuestionar.
—¿Puedes ayudarlo? —Aurora pensó que en España seguramente lo hubieran tratado con azufre, pero dudaba que en ese recóndito poblado pudieran conseguirlo y, de hacerlo, que la familia pudiera pagarlo.
Halima, que en ese instante rebuscaba en el ajado saco de piel de camello donde solía guardar una asombrosa variedad de plantas secas, bayas, semillas y otros remedios, se detuvo para dedicarle una elocuente mirada.
—Ya, no hace falta que lo digas… —Aurora levantó las manos en un gesto de rendición—. Solo Alá lo sabe.
Halima sonrió y devolvió su atención al bolso.
—Dime qué puedo hacer —preguntó Aurora cambiando de estrategia.
—Excremento de camello.
Aurora parpadeó un par de veces, confusa.
—¿Cómo dices?
—Si quieres ayudar, será mejor que dejes de mirarme ahí plantada y vayas a buscar excremento fresco de camello. No te resultará difícil, hemos pasado junto a un par de ellos viniendo hacia aquí. Guíate por el olfato, eso nunca falla.
Sin comprender el porqué de tan escatológico encargo, Aurora descubrió que Halima tenía razón y a poco menos de un kilómetro encontró un camello atado a una palmera.
No era extraño cruzárselas de tanto en cuando, pero aquellas bestias le seguían imponiendo un gran respeto.
Sus ojos soñadores de largas pestañas no las hacían menos peligrosas.
Eran grandes, tenían una buena dentadura y unas patas capaces de propinar una potente coz de ser necesario.
Aquel estaba dormido, tumbado con sus extremidades plegadas bajo su voluminoso cuerpo.
Por suerte no fue necesario despertarlo, pues a punto estuvo de pisar una boñiga que, a juzgar por el vapor caliente que desprendía, debía de ser bastante reciente.
—Buen trabajo —la felicitó Halima a su regreso—. Ahora presta atención.
La amazigh entonó un rezo en un murmullo rítmico y constante en tanto que removía las heces en un cazo con agua previamente hervida. Continuó con su incesante bisbiseo hasta que estas se desintegraron, dando como resultado una sopa amarilla y pestilente. Aurora arrugó la nariz.
—No sabía que fueras tan escrupulosa. —Halima no se molestó en ocultar cuánto le divertía la repulsión de Aurora.
—Y no lo soy… solo es que… —trató de justificarse—, bueno, es la primera vez que veo algo así.
Para su sorpresa, el enfermo no opuso objeción y se bebió todo el cazo de aquel brebaje inmundo sin hacer ni un solo guiño de repugnancia.
Más tarde, cuando había caído en un profundo sueño, Halima dio instrucciones a la esposa: el hombre debería ingerir aquella medicina tres veces al día, durante tres días.
Sin excepción. Y, más importante todavía, los niños no podían continuar en la misma casa, corrían un gran peligro de contagio.
Agradecida, la joven madre se arrodilló en un intento de besarle los pies, pero Halima no se lo permitió.
La obligó a levantarse y le limpió las lágrimas de agradecimiento con el dorso de la mano.
Aquella escena conmovió a Aurora, que abandonó la casa con el anhelo de que aquella familia sorteara el bache que la vida había puesto en su camino.
Algo le decía que así sería, al fin y al cabo, hasta ese momento no había habido enfermo al que Halima no hubiera logrado ayudar.
—Lo que haces es increíble. Lo sabes, ¿verdad?
No respondió y Aurora pudo estudiar su blanca silueta perfilada en medio de la negrura de la noche.
Su cuerpo tullido se movía con torpeza y, sin embargo, su mente era un prodigio que almacenaba los secretos con los que proporcionar un futuro a aquellos a quienes la enfermedad pretendía arrebatárselo.
—Jamás había visto nada parecido —insistió Aurora, sintiendo un escalofrío serpentearle por la espalda al recordar a Halima en trance con los ojos cerrados y las manos abiertas—. Lo que haces está a medio camino entre lo terrenal y lo divino.
—Alá me ayuda en mi cometido —le contestó con su habitual modestia—. Es él quien me guía.
—Ojalá yo creyera en tu Alá… —se lamentó, convencida de que de ese modo todo resultaría más llevadero—, o en cualquier otro Dios.
Halima suspiró despacio. Luego levantó la vista al cielo.
—La fe no es más que amor: no hace distinciones, no tiene límites.
Lo único que necesitas es encontrar aquello que llene tu corazón de luz.
Para mí es Alá, pero para ti puede ser cualquier otra cosa.
Búscalo y habrás encontrado tu religión, la que te dará fuerzas y abrirá camino.
Confía, solo debes mirar en tu interior.
Aurora se acostó esa noche rumiando las palabras de la amazigh. Cierto que ella no creía en dioses ni milagros, pero sí tenía algo que, como Halima le había dicho, iluminaba su alma: sus hermanas. Incluso en la ausencia, Rocío y Estrella eran el sol en torno al que ella orbitaba. Ellas eran su fe.
* * *
—Siempre es un placer verte, amigo. Pero si la invitación va acompañada de una comida en mi restaurante favorito, la alegría es doble.
Rodrigo le estrechó la mano con sincero afecto.
En el tiempo que llevaban trabajando juntos había aprendido que Bernabé Toca era un hombre que disfrutaba de los placeres del cuerpo en su máxima expresión.
Un buen plato, un buen vino, una mujer bonita…
Sin duda, Bernabé sabía apreciar la calidad y gustaba de rodearse de ella.
Y Rodrigo quería asegurarse de que el cónsul estuviera de buen humor para lo que le iba a pedir.
—Venga, suéltalo de una vez —lo animó Bernabé después de dar un breve trago a su copa de vino con los ojos cerrados y asentir complacido. A continuación, sacó su pañuelo del bolsillo y se secó el sudor de la frente.
—¿A qué te refieres? —preguntó Rodrigo alzando una ceja sobre sus ojos cobrizos con aire de pretendida inocencia.