Capítulo 23
Rocío estaba desesperada. En sus pezones se habían formado unas grietas tan profundas que mordía un trapo para no gritar de dolor cuando su hija se enganchaba al pecho.
Lo había intentado todo, pero cada día que pasaba resultaba evidente que algo no iba bien.
Aunque menuda, la niña había nacido sana y rosada.
Sin embargo, desde entonces no había ganado peso y se estaba poniendo de un tono amarillento que terminó por alarmarla.
En esos momentos, Rocío echó de menos a su hermana Aurora más que nunca.
Con sus conocimientos de matrona, de haber estado con ellas, seguro que habría podido ayudarlas.
Pero Rocío estaba sola y su bebé necesitaba ayuda.
En su ausencia, la aparición de María, la enfermera, fue como una bendición caída del cielo.
—Pobre criatura, ¿por qué no me has avisado antes?
—Lo cierto es que bajé a veros, pero me encontré con la consulta cerrada y Estrella tampoco os localizó en casa.
—¡Cuánto lo siento! Tuvimos que ausentarnos de Argel unos días para solucionar unos asuntos, ya sabes, con esto de las movilizaciones y las listas estamos todos con el alma en vilo.
Pero de haberlo sabido, me habría vuelto de inmediato.
Pero no te preocupes, que ya estamos aquí y nos vamos a ocupar de vosotras.
Rocío volvió a llorar, esta vez de alivio. Permitió que María cogiera a la bebé y la examinara con detenimiento. Vio cómo la pesaba en su báscula portátil, luego estudió su piel apagada y el interior de sus párpados.
—Esta niña tiene hambre, Rocío.
—¿Hambre? ¿Cómo puede ser si la tengo todo el día al pecho?
—¿Me permites? —preguntó dejando a la niña boca arriba en la cama y señalando al escote de Rocío, que asintió de inmediato.
Tras un breve examen, María se irguió para dar su veredicto.
—No has tenido subida, Rocío, no tienes leche.
Al principio Rocío no reaccionó, se miró ambos senos y sacudió la cabeza, incrédula.
—¿Que no tengo leche? Pero si me pongo mucho a la niña, como me dijiste, para estimular…
—A veces ocurre. Algunas madres no consiguen producir suficiente leche.
—Pero ¿por qué? ¿Es que he hecho algo mal?
—¡Por supuesto que no! Realmente no se sabe a ciencia cierta la causa. Puede que sea algo fisiológico o hasta por algún disgusto.
Como si fuera consciente de lo que estaba ocurriendo, la bebé había dejado de llorar y Rocío sintió el vacío en los tímpanos con tanta intensidad que resultó doloroso.
—Lo importante ahora es que coma, está débil y tiene que hacerlo cuanto antes.
—Si ni siquiera soy capaz de alimentar a mi hija, ¿qué clase de madre soy?
—No te angusties, esto tiene solución. Lo importante es actuar rápido.
Mira, por quince francos puedes comprar en la pharmacie unos botes pequeños de leche cálcica, pero si te soy sincera, lo que mejor le va a venir a esta pequeñina es la leche materna…
Si tú no tienes, mi consejo es que la consigas.
—Ante la mirada de desconcierto de Rocío, María se explicó—.
¿Conoces a alguna madre con niños pequeños?
¿Alguien que esté dispuesta a hacer de ama de cría?
—Yo sí.
Tras ellas la voz de Estrella sonó clara y decidida.
—La mujer del Tato parió un par de meses antes que Rocío. Hace poco pasó por la relojería y su criatura tenía un aspecto lozano, eso garantiza que tiene buena leche, ¿no?
María evitó explicar que entraban en juego muchos otros factores, lo importante era que habían dado con una solución al problema y Rocío tenía dibujado en el rostro el alivio que solo una madre puede sentir.
—Perfecto, acércate ahora mismo a avisar a esa mujer. Cuanto antes empiece esta criatura a comer, mejor.
La esposa del Tato se llamaba Encarna, era madre de cuatro vástagos y contaba con unos pechos descomunales.
Al conocerla, Rocío temió que aplastara a su pequeña con una de aquellas moles, pero no se atrevió a decir nada.
La vio sacarse la teta por el escote de la blusa y acercar con maestría un pezón oscuro a la nariz de su hija.
Esta respondió de inmediato abriendo la boca, buscando ansiosa, hasta que Encarna le embutió el pezón y empezó a succionar con avidez.
Rocío no pudo ver más porque las lágrimas le enturbiaron la visión.
—¿Por qué lloras, mujer? —preguntó Encarna, intuyendo el torbellino de emociones que azotaba a Rocío por esa empatía que solo las madres comparten.
—Porque estoy muy feliz —balbuceó.
Lo que se calló es que, además de felicidad, sentía algo más.
Algo muy feo. Celos por no ser ella quien saciaba así a su hija, por no ser capaz de darle lo que necesitaba.
Por la facilidad con que se había prendido al pecho de una desconocida, sin extrañarla a ella, que se consumía en una culpa viscosa por unos sentimientos tan ruines.
Apartó la vista mientras Encarna se la cambiaba de pecho.
—Y muy agradecida —se obligó a añadir casi en un susurro.
Si bien Encarna se había negado en redondo a cobrarles, Estrella sabía por el Tato de los apuros que estaban pasando en la alfarería.
Al hablarlo con Rocío, esta no dudó y empezó a llevar a casa de la nodriza fruta fresca, huevos y casi toda la comida que podían conseguir.
Al fin y al cabo, alimentar a Encarna era lo más parecido a alimentar a su bebé que podía hacer.
Y su torturada conciencia parecía encontrar en ello cierto alivio.
La pequeña no tardó en ganar peso y recuperar el tono rosado de su piel. Ya no lloraba día y noche y empezó a sonreír cuando se quedaba dormida con el estómago bien lleno. Una semana después, María sonrió satisfecha tras acudir para hacerle el seguimiento.
—Esta niña se está recuperando de maravilla —confirmó—. Es una luchadora, como su madre.
Rocío no contestó, un rugido de su estómago delató el hambre que le retorcía las tripas y ella se apresuró a acallarlo con un vaso de agua.
Se sintió mejor. Saber que la pequeña saldría adelante era lo único que necesitaba.
Trató de llenar su mente con esa certeza para no pensar en la última vez que comió o, lo que era aún peor, en cuándo sería la próxima.
En su obsesión por nutrir a la niña a través del ama de cría, Rocío estaba llevando su propio cuerpo al límite.
Era consciente de que Estrella hacía el mismo sacrificio que ella y se lo agradecía en el alma.
También sabía que aquella situación no podría durar o serían ellas las que acabarían por enfermar.
Al despedir a María con una sonrisa en la puerta, Rocío tomó una dolorosa decisión. La más difícil de su vida.
* * *
Olvido apenas hablaba durante el día, pero con la llegada de la noche sus alaridos estremecían a Estrella. ¿Qué clase de pesadillas podían torturarla así?
Cada vez que esto ocurría, Estrella abandonaba la comodidad de su lado de la cama compartida con Rocío y se acoplaba con delicadeza junto a Olvido, que gruñía y temblaba hasta que, al poco de sentir su cercanía, se relajaba y caía en las profundidades de un sueño tranquilo.
Y, en todas esas ocasiones, Estrella despertaba sola en el sofá del salón.
Olvido se escabullía al amanecer, como si le avergonzara que su vieja amiga acudiera a calmarla en la oscuridad y quisiera evitarse preguntas o miradas incómodas al día siguiente.
Nunca le dio las gracias, pero tampoco le prohibió que siguiera haciéndolo.
—¿Sabes de dónde vengo?
El inesperado ataque llevado a cabo por la armada británica a la francesa fondeada en el puerto de Mers-el Kébir había hundido el acorazado Bretagne, averiado otros tres navíos, acabado con más de un centenar de vidas y provocado una reunión urgente.
Olvido se encogió de hombros con indiferencia, pero Estrella se percató de que fijaba sus ojos en ella, desvelando una curiosidad mal disimulada.
Entonces se lanzó con ilusión a hablarle de las reuniones de los viernes en el salón del doctor Rafael Lozoya.
—Tal vez te gustaría acompañarme algún día —sugirió Estrella, con la esperanza de que aquello pudiera devolverle las ganas de vivir, al igual que los relojes habían hecho antes con ella.
—¿Estás loca? No cuentes conmigo.
La frialdad de la respuesta la descolocó.
—Pero si antes te apasionaban estos asuntos. ¡Fuiste tú quien me llevó a mi primer mitin!
—Eso ocurrió antes de… bueno, de que todo cambiara.
—Ol vido se dio cuenta de que había hablado de más, de que su respuesta podía atraer preguntas, y rápidamente añadió—: Lo que me asombra es que pierdas el tiempo con eso.
En lo que a mí respecta, si quieres seguir creyendo en cuentos de hadas, allá tú.
Pero no me vuelvas a hablar de una política que me ha destrozado la vida.
Esto —dijo señalándose la cara— es por culpa de esa gente que cree que puede dirigir el destino de los demás, llevándolos a la muerte mientras ellos están cómodos y seguros en el exilio.
Así que no vuelvas a nombrármelos, ¿te queda claro?
Estrella inspiró con fuerza. Ni siquiera se molestó en preguntarle qué creía ella que podían tener en común el Tato o Jaime con esos políticos de los que hablaba.
Las súbitas explosiones de Olvido la seguían desconcertando.
No comprendía cómo una joven alegre y risueña podía acabar así, tan resentida que cualquier palabra desataba un ataque de furia que lo arrasaba todo.
—¿No me contarás nunca lo que te pasó?
Una carcajada seca y áspera emergió de la garganta de Olvido.
—No quieres saberlo.
Estrella seguía queriendo a su vieja amiga. Pese a las veces que Rocío había insistido en que no se fiaba de Olvido, que hacían mal en acogerla en su casa, ella no dejaba de buscar cualquier argumento al que aferrarse para no dejar de hacerlo.
—Por supuesto que sí.
Olvido la observó durante un largo minuto en el que Estrella llegó a creer que iba a contárselo todo, a confiar en ella. Pero se equivocó. Otra vez. Su mirada se volvió opaca y Estrella adivinó que no le diría nada.
—Lo mejor para ambas será que lo dejes estar, hay heridas que no tienen cura.
Viéndola marcharse, Estrella supo, sin lugar a dudas, que Olvido no se refería a las de su rostro.
* * *
Rocío era consciente de que no podían seguir entregando casi toda su comida a Encarna.
No podían permitírselo. ¿Quién cuidaría de su hija si a ellas les ocurría algo?
Necesitaba seguir viva y sana, ya no por ella, sino por su pequeña.
Nunca antes su propia supervivencia le había importado tan poco y tantísimo a la vez.
Muy a pesar suyo, debía encontrar una solución.
Con este pensamiento en mente, se dirigió hacia El Jardín para hablar con Violeta.
—Siento mucho que estéis pasando apuros, Rocío. Te lo digo de corazón —le dijo la madama—. Pero, aparte de retomar tu antiguo empleo, no veo cómo podría ayudarte.
—He pensado que tal vez haciendo algunas horas más, o que podrías adelantarme algo de mi sueldo…
—Ya sabes que esto es un negocio, y que si me ablando con las historias personales de cada una de mis chicas, no tardaría ni seis meses en arruinarme. ¿Lo entiendes?
Rocío asintió. Por supuesto que lo entendía. De hecho, no tenía ni idea de qué otra cosa esperaba acudiendo allí.
—No obstante… —La voz de Violeta la detuvo—. Hay una manera muy sencilla de solucionar tus problemas.
Rocío alzó las cejas, dando forma de corazón a su bello rostro.
—Creí que eso ya lo habíamos dejado claro, Violeta.
—Sé que no es lo que quieres oír —contestó Violeta alzando los brazos—, pero al menos déjame que te explique.
Cuando hizo ademán de marcharse la madama la retuvo por la muñeca.
—Tratándose de una situación delicada como la tuya —continuó—, podríamos arreglarlo de modo que no lo tengas que hacer de la forma habitual, ni siquiera tendría por qué ser aquí, en El Jardín.
Verás, tengo un cliente especial y él, bueno, digamos que busca un servicio también especial.
Es un hombre con mucho dinero, Rocío, mucho.
Y estaría dispuesto a ser generoso si le consigo lo que quiere.
Rocío había empezado a sudar copiosamente, unos cercos oscuros se marcaban en su blusa bajo las axilas y el pelo se le pegaba a la nuca de una forma que la exasperaba.
No quiso seguir escuchando a Violeta, no podía soportarlo.
Se levantó de golpe y casi tiró la taza de té con hierbabuena que la madama le había preparado a su llegada y que ella ni siquiera había probado.
Con los latidos retumbando alocados en su pecho, se encaminó hacia la puerta sin ni siquiera detenerse a despedirse.
—Te digo más, Rocío, con las movilizaciones cada vez hay menos hombres, lo que significa menos trabajo. Y mucho me temo que las cosas no van a mejorar a corto plazo. ¿Comprendes lo que te digo? ¡Piensa en tu hija!
La voz de Violeta le llegó a traición por la espalda justo antes de abandonar El Jardín.
Por supuesto que lo comprendía, Rocío no era estúpida.
Significaba que, de dar su conformidad, podría sacar adelante a su bebé sin estrecheces, sin la angustia diaria por llevarle a Encarna más comida, sin noches en vela por culpa del rugido de su estómago vacío, sin darle vueltas a lo que ocurriría si ella o Estrella caían enfermas. Significaba todo lo que ansiaba.
Sin darse cuenta, Rocío había alcanzado la calle y ascendía con prisa los escarpados escalones entre paredes encaladas.
Se detuvo a tomar aliento, los brazos en jarras.
No se había percatado de ello, pero estaba llorando.
Lanzó al aire un gemido desesper ado que asustó a un burro atado a una ventana cercana.
No se creía capaz de soportar que las manos de un desconocido se apropiaran de su cuerpo, de su dignidad y de su orgullo, una pesadilla que la seguía acosando muchas noches y ahora amenazaba con volverse realidad. No, otra vez no. No lo resistiría.
Y, sin embargo, sabía que no le quedaba otra opción.
Secándose con furia las lágrimas de los ojos, dio media vuelta y desanduvo sus pasos.
Entró al salón de El Jardín como una tromba, despeinada y con las mejillas encendidas.
Violeta no dijo nada, se limitó a cruzar los brazos bajo el pecho y escuchar sin disimular una media sonrisa por lo que sabía que vendría a continuación.
—Avisa a tu cliente especial de que acepto.