El abrazo del siroco Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Tal vez aún no tuviera claro de qué pie cojeaba Rodrigo Morague, sin embargo, para cuando el vehículo se detuvo, Bruno Blanchard estaba decidido a arrancarse otra espina con nombre propio que lo martirizaba desde hacía semanas: Aurora Robles.

Solo había un inconveniente, y era que aquella pequeña zorra había desaparecido.

Ya no planchaba para los Morague ni tampoco actuaba en el Alhambra.

De un día para otro se había esfumado, lo cual había avivado en Bruno las ansias del depredador que se remueve inquieto antes de iniciar la cacería.

El rastro se perdía en la pensión Valencia, por lo que ese fue el lugar elegido por Bruno para comenzar el rastreo.

En ausencia de la propietaria fue una joven de rostro caballuno quien abrió la puerta.

Notó cómo sus mejillas palidecían nada más verlo y eso le gustó.

Lo había reconocido, como debía ser. Y resultaba evidente que le inspiraba temor, también como debía ser.

—Busco a una muchacha española, más o menos de su edad. Espero que pueda ayudarme a encontrarla.

—Lo siento, no me suena —pretendió escabullirse sin soltar la hoja de la puerta—. Si me disculpa, tengo una cazuela al fuego.

—La acompaño a la cocina mientras recuerda. Me vendrá bien un café.

Bruno Blanchard empujó la puerta con firmeza ante la impotencia de Paloma que, sin capacidad para reaccionar, se vio forzada a franquearle el paso.

En la cocina, se movió con torpeza al servir el café. Lo hizo sobre la encimera, de espaldas al commissaire, para evitar que advirtiera el temblor de sus manos. Bruno reprimió la sonrisa lobuna que aquel inútil gesto le provocaba.

—¿Está segura de que no sabe de quién hablo? —insistió él. Sus ojos barrían el espacio buscando algo, o tal vez solo estuviera intentando ponerla nerviosa—. Me consta que se alojó aquí hasta hace no mucho.

—¡Ah! Sí, claro. Por supuesto, ahora caigo… —Consciente de haber sido descubierta en un renuncio, Paloma se esforzó por hacerse la olvidadiza—. Se marchó un día de repente, ni siquiera nos dijo adónde.

—Qué poca educación… —murmuró Bruno al acercarse la bebida a los labios. El vaho empañó sus lentes y, con parsimonia, se quitó las gafas para limpiarlas con un impoluto pañuelo que sacó de su bolsillo.

Le gustaba dilatar el tiempo. Era consciente del efecto que causaba en sus presas y no dudaba en utilizarlo para tensar los nervios.

Supuso que a aquella joven la saliva empezaba a espesársele en la boca por cómo la vio hacer un esfuerzo para tragar.

Sin duda habría escuchado historias sobre el feroz commissaire y temía comprobar en su propia piel si eran ciertas. No dudó en aumentar la presión.

—¿Sabe? Sería una lástima que por querer ayudar a esa amiguita suya acabara saliendo perjudicada —soltó atento al efecto de su amenaza—. Estamos al tanto de su pequeño negocio de jabones… pequeño e ilegal. No me costaría más que una llamada acabar con él.

Ambos sabían que aquello supondría su ruina, pues no disponía de otro medio para ganarse la vida. Aun así, vio cómo Paloma apretaba los labios. Al parecer, por encima de aquellas tribulaciones, estaba su lealtad para con su amiga… pese a las consecuencias que eso tuviera para ella.

—Le juro que no sé dónde está —respondió con toda la firmeza que fue capaz.

Bruno Blanchard llevaba demasiados años en aquello como para no haber desarrollado un olfato especialmente sensible.

Y Paloma olía a miedo. Un miedo ácido, de los que raspan la garganta y aflojan las piernas.

Un miedo imposible de esconder. Decidió que ya había sido suficiente; por mucho que disfrutase con el juego del ratón y el gato, el tiempo apremiaba y él necesitaba una respuesta.

En ese instante, toda la fingida cortesía que había desplegado hasta el momento desapareció.

Su voz se tornó grave y sus ojos empequeñecieron tras las gafas.

Su mandíbula se tensó. Pilló a la joven del todo desprevenida cuando se levantó para sujetarla del cuello con fuerza.

—¿Dónde está Aurora Robles?

Paloma boqueó en busca de oxígeno y él aflojó la presión para permitirle tomar unas pocas bocanadas que le supieron a vida. Tal vez fuera eso lo que le infundió un repentino valor.

—No se lo diré jamás.

Bruno sonrió mostrando unos dientes perfectamente alineados, y aquella terrible mueca resultó más aterradora que cualquier otra cosa.

—Oh, petite salope espagnole, por supuesto que lo harás —sentenció.

Paloma se estremeció bajo su garra. Se dejó arrastrar fuera de la pensión a sabiendas de que nada podía hacer por resistirse.

En la calle aguardaba el coche negro. Al verlos llegar, el gorila grande y velludo abrió la puerta de atrás para empujarla al interior sin miramientos.

La joven cayó de bruces, pero no hizo esfuerzo alguno por incorporarse.

Así tumbada, escuchó al conductor sentarse tras el volante y al commissaire hacerlo a su lado.

Arrancaron y pronto la pensión Valencia quedó atrás.

Lo que Paloma no podía imaginar era que la pesadilla solo acababa de comenzar.