El abrazo del siroco Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Aurora rumió aquellas palabras como había visto hacer a los camellos con su comida.

—¿Se curará? El anciano, quiero decir, ¿se pondrá bien?

—Eso solo lo sabe Alá.

Caminaron en silencio. Por algún motivo, Aurora pensaba en Risto, en su descomunal corpulencia y en su mal carácter.

Recordó el brutal bofetón que le había propinado a su esposa por atreverse a contradecirlo y sintió que un escalofrío le subía por la columna vertebral.

Ahora comprendía el sigilo con el que Halima había abandonado la sala en la que debía de haber dejado al hombretón durmiendo profundamente la borrachera, y la asombró la valentía de aquella mujer.

—Eres dueña de mi secreto —la sobresaltó Halima, como si hubiera podido leer sus pensamientos—. Mi vida está ahora en tus manos.

La joven meditó sobre lo vivido el resto del camino.

Ignoraba si lo que había hecho Halima era puro teatro, como el que ella hacía sobre el escenario, o realmente funcionaba.

Su mente racional, acostumbrada al rigor científico, le gritaba que aquello no era más que una quimera, una puesta en escena bien elaborada.

No obstante, ella había visto al hombre sentir cierto alivio tras los rezos y remedios que la amazigh le había proporcionado. Eso había sido real.

Se despidieron a la altura de la sala a la que Halima debía regresar para acostarse junto a su marido como si nunca hubiera salido de ella.

—¡Aurora! —Al oírla chistar su nombre, esta se volvió a tiempo de ver cómo las estrellas iluminaron la dentadura de Halima cuando esta sonrió—. Tú también tienes el don. Supe que había en ti algo especial en cuanto te vi. Ahora comprendo por qué Alá te ha traído hasta aquí.

Sin dejar de sopesar las últimas palabras de Halima, Aurora la observó alejarse con su vaivén marítimo hacia el lugar de donde provenían los ronquidos de Risto.

Desde que llegara a Argelia ya eran tres las ocasiones en las que había tenido que enfrentar el rechazo que, tras lo vivido durante la guerra en España, le producía la sangre y el dolor ajenos.

Parecía como si, ajenos a sus reticencias, los enfermos acabaran encontrando la forma de traerla a su lado.

Como si su destino la reclamara sin titubeos.

Aunque ya faltaba poco para que despuntaran las primeras luces del alba, Aurora durmió como no recordaba desde hacía mucho.

* * *

La firma del armisticio apenas un mes atrás había cambiado la situación de la joya del imperio y sus habitantes. Y es que a esas alturas ya nadie dudaba de que se encontraban inmersos en una guerra auténtica que nada tenía ya de broma, ni siquiera el nombre.

La prueba más reciente había acontecido apenas unos días atrás, cuando Churchill había tenido la osadía de enviar sus barcos al puerto de Mers-el Kébir, a tiro de piedra de Orán y donde se encontraba fondeada la flota francesa, con intención de presionarla para que se uniera a ellos aprovechándose de la desmilitarización a la que se había visto forzada la colonia tras la firma del armisticio por exigencia alemana.

Aun sabiéndose en clara desventaja, el almirante galo al mando había rechazado el ultimátum, lo que en la tarde del 3 de julio desembocó en un ataque por parte de los británicos, que hundieron varios buques franceses.

La ciudad de Orán tembló durante horas bajo el bombardeo enemigo y sus gentes lo hicieron con ella.

En la comisaría ubicada en la confluencia de la catedral y el palacio de justicia, muy próxima a la prisión, Bruno Blanchard daba golpecitos con la estilográfica sobre el tapete de su escritorio, pensativo.

Acababa de colgar el teléfono tras hablar con Rodrigo Morague, quien había vuelto a recurrir al ajetreo propio de la época de vendimia para excusar su retraso en la entrega del listado con los españoles empleados en sus viñedos.

Su instinto bien entrenado le decía que, si no le mentía, al menos no estaba siendo del todo sincero.

Nada de lo que hacía el commissaire carecía de intención, tampoco en aquella ocasión.

El listado no solo resultaría útil para controlar de cerca a una población que, de rebelarse, podía favorecer los planes de Franco de recuperar el Oranesado para España, sino que también serviría para comprobar hasta dónde alcanzaba la lealtad del hombre con el que en breve emparentaría.

Le disgustaba su reciente amistad con el cónsul Bernabé Toca que, además de español, había demostrado ser un incordio con sus inagotables reclamaciones a la Administración francesa por asuntos relacionados con el trato que recibían sus compatriotas.

Si por él fuera, los mandaría a todos al infierno, al cónsul el primero.

Hacía falta mano dura para limpiar la colonia de aquella escoria: comunistas, judíos, masones, extranjeros…

Ahora que los alemanes se habían hecho con el control de la mitad de la metrópoli y la otra media la manejaba el Gobierno títere de Vichy, no cabían deslices.

La victoria nazi estaba próxima, de eso Bruno Blanchard no albergaba duda alguna.

Y eso que aún eran demasiados los países que se negaban a rendirse ante la grandeza del Tercer Reich.

Tal era el caso de Inglaterra, donde había acudido en busca de refugio el antiguo presidente de la república De Gaulle quien, desde Londres, había lanzado por radio un llamamiento a la resistencia de los franceses que, por fortuna, no había sido secundado en Argelia por una población que, alejada como estaba de la metrópoli, apenas empezaba a tomar conciencia de la magnitud de cuanto estaba sucediendo.

El commissaire detuvo el tamborileo de su estilográfica y levantó el auricular de su teléfono para dar unas escuetas instrucciones a su secretario.

En solo media hora se encontraba en el asiento trasero del Renault negro que la Administración ponía a su servicio junto a un chófer cuyos nudillos velludos estrangulaban el volante y al que tan solo había escuchado pronunciar algún gruñido.

— Au quartier de la Marine —ordenó.